martes 1 de enero de 2008

Test de los Reyes Magos


Publicado previamente en http://CarlaAntonelli.com , con el título "Trans en la Juguetería" y una redacción ligeramente diferente.


Empezaré por un acto de humildad. Lo que sigue no es una tesis, una afirmación debidamente comprobada; es sólo una hipótesis, una sugerencia que debe ser comprobada. Pero creo que cada cual, cada persona disfórica o transexual, puede comprobar la validez, en su caso, de una suposición que diría algo así como "los juguetes que hemos amado y los que no nos han interesado nos hablan de nuestra naturaleza masculina o femenina o ambigua". Diré, para situar debidamente mi posición, que no comparto los postulados de la "teoría de género", hoy dominante, de los que se deduce que toda la sexualidad está culturalmente determinada. Yo sostengo, más prudentemente, que una parte es innata y otra es aprendida; una parte es biológica por tanto y otra, cultural.

Puede ser que la aplicación de este test sea clarificadora para algunas personas y desconcertante para otras; sólo puedo proponer a quienes se sientan desconcertadas que se pongan en contacto conmigo, por medio de los comentarios a esta entrada, para analizar sus razones.

Me parece por tanto haber descubierto que los juguetes que en nuestra niñez hemos deseado, hemos amado, nos han gustado, nos hablan de los matices de nuestra identidad, de nuestras proyecciones de futuro, y nos permiten comprendernos mejor para andar con mayor firmeza por los torbellinos de la disforia de género. De esta manera el recuerdo sobre nuestros juguetes se convierte en un test que cualquiera puede hacer sobre sí y al que llamo de los Reyes Magos por el momento en que, en nuestra tradición, esperábamos que nos llegaran para alimentar sentimentalmente todo un año.

Voy a dar un rodeo para aclarar lo que son los juguetes y lo que es el juego; pero este rodeo es necesario para entender lo que han sido los juguetes para las personas transexuales que hoy son adultas y lo que nos enseñan y lo que no nos enseñan sobre nosotras mismas; fundamental, en los dos casos.

Que un niño pueda elegir sus juguetes es lo más importante; el juego es el único momento en que es soberano y dueño de su vida. Son sus sueños y sus fantasías los que pone en el juego; se va conociendo a sí mismo mediante ellos.

El juego no es un juego; es una actividad muy seria y verdadera en la que se expresan las perspectivas de futuro, ya que el presente está para los niños sumamente limitado. Es la naturaleza del niño, su inconsciente y su consciente, lo que aparece en sus juegos. Los juguetes los elige como medios para expresar lo que quiere decirse a sí mismo y decir a los demás.

Por eso es tan importante que los adultos no interfieran en los juegos de los niños. Con buena intención, sé que se pretende lo mejor para ellos. Pero lo mejor para ellos es dejar que cada cual despliegue en el juego lo que hay dentro de sí, tan profundo y delicado, y de lo que el adulto no tiene la menor idea, como nadie sabe lo que hay en la mente de otra persona.

Cuidar de que el niño no se haga daño y que no haga daño a otras personas; ahí terminan las competencias del adulto.

Hay una opinión generalizada hoy que supone que los adultos educan a los niños mediante los juguetes que les dan o les niegan; por ejemplo, que si se les regalan juguetes bélicos los niños serán belicosos. Esto es falso.

Todo ser humano tiene de su herencia biológica cierta dosis de agresividad, necesaria para la supervivencia. El niño que pide un arma de juguete, simplemente necesita expresar esa agresividad básica, que es simplemente un hecho interior. Si se le niega, pondrá por delante la inmensa creatividad infantil y usará un bolígrafo para hacer disparos imaginarios; para que en el futuro controle su agresividad no bastará con que se la niegue, sino que deberá ser educado en los medios y los fines de una vida verdaderamente humana.

Lo mismo pasa cuando se pretende enseñar el no sexismo mediante juguetes no sexistas. Esto viene del antiguo supuesto de que la mente humana, al nacer, es “tam quam tabula rasa”, es decir, como una tabla lisa en la que otro puede escribir lo que quiera.

Desde Kant se sabe que esto no es cierto, que el ser humano nace ya con ciertos condicionamientos mentales, predispuesto a ver ciertas cosas y a no ver otras; gracias al lenguaje informático, podemos decir que viene programado para ciertas funciones y no para otras.

Esto es verdad también sexualmente; la feminidad o neutralidad o ambigüedad primera de los embriones se rompe cuando el cromosoma Y induce en la gestación un chorro de andrógenos, variable de intensidad, eso sí, que predispone más o menos a la personilla XY a unas actitudes distintas de las de la personilla XX.

Esto tiene que ver con la elección de juguetes, pues ya hemos visto que el juguete expresa lo inconsciente y lo consciente, las pulsiones que hay dentro de cada cual, más o menos confusas o evidentes.

Lo puede saber esto el feminismo llamado de la diferencia; no lo sabe el feminismo de la igualdad, que insiste en que la sexualidad es también una “tabula rasa” o lo que es lo mismo, que el ser humano es todo cultura, todo dependiente de lo que haya aprendido y se le haya enseñado, olvidando que es verdad que somos en gran parte cultura, pero también somos naturaleza.



Ya vamos llegando a la sexuación de los juguetes y a sus variantes en las personas transexuales. La ideología feminista de la igualdad piensa que los niños y las niñas eligen determinados juguetes porque se les enseña a elegirlos y se les niegan otros. Pero el niño no recibe ciertos juguetes y después aprende a jugar con ellos. El niño desea ciertos juguetes, los pide afanosamente antes de haberlos recibido. La prueba de esta afirmación se encuentra en nuestro interior y en nuestros recuerdos: el amor con el que miramos ciertos juguetes y el desinterés por otros.

Generalmente, los juguetes que se piden son conformes con el propio género, pero otras veces son neutros o cruzados. Es verdad que en este tercer caso, los padres suelen negarlos; pero creo que es porque no entienden lo que está en el alero.

Ahora vamos a hacer ya el recorrido por la juguetería para ver cómo se clasifican los juguetes en masculinos, femeninos y neutros, y cómo las personas transexuales elegimos unos y otros; quizá elegimos algunos masculinos, algunos femeninos y algunos neutros.

Está el anaquel de los juguetes que se clasifican como masculinos porque los pide la mayoría de los niños y literalmente sueñan con ellos: en él se encuentran primero los vehículos de todas clases –autos, camiones, trenes, aviones, barcos-; luego las armas y los disfraces de guerrero; también los edificios para juegos de guerra, como los castillos o los barcos piratas armados hasta los dientes; las construcciones por piezas, como las arquitecturas y mecanos; los balones; y, lo último pero no lo menor en nuestro tiempo, los videojuegos, especialmente los que representan combates de mil maneras y estilos o carreras en que los autos virtuales se lanzan a toda velocidad.

Todo ello expresa pulsiones muy arraigadas en la mente masculina: acción; agresividad y combate, directos o simbolizados en los deportes; y por lo que respecta a las construcciones, la intensidad de la pulsión de análisis, que es la misma que lleva a un niño chico a romper el cochecito que se le acaba de regalar: para ver cómo está hecho.

No sé lo que otras personas pueden saber de lo que vivieron; lo que sí puedo decir es cómo pasó delante de aquel estante el niño que fui yo: maravillado por un avioncito que me compró mi padre, que volaba de verdad, con un resorte, y en la caja se le veía entre unas nubes grises; habiendo soñado, una noche, con un tranvía amarillo y todo, de un metro de largo y casi medio metro de alto, que me ilusionó mucho; habiéndome hecho yo mismo barquitos de pesca con grandes corchos y mástiles de caña. Interesado, en otras palabras, por la sección de vehículos de todas clases que hubiera en aquel estante.

En cambio, me habría repelido literalmente toda la parte de guerra. ¡Qué feos son los muñecos guerreros, supermusculados y agresivos que les gustan a tantos niños! ¡Qué latazo y qué aburrido que en un videojuego que tiene a lo mejor verdes prados y hermosos palacios no haya más remedio que combatir y hasta destruirlos!

Lo más curioso es que sé que soy una persona agresiva; pero o lo soy menos de lo que creo, comparativamente, o no necesito fantasear con ello o no estoy programada como los videojuegos.

Las pelotas, para qué decir: nada. Me hubiera deprimido que alguna vez los Reyes Magos me hubieran traído una e inmediatamente la habría arrinconado en un armario, para no verla. No hay en mí nada de esa necesidad de formar bandos y de combatir y sudar durante dos años que apasiona a tantos varones hasta hacerles tocar el cielo.

En cuanto a las construcciones por piezas, tampoco nada de particular. Me interesa el resultado final, el palacio hecho con aquellos tacos de madera de colores, pero quisiera dejarlo hecho. En cuanto a los mecanos con los que se hacían las que me parecían horribles máquinas desnudas, nada de nada; más bien, bajo cero, bastantes grados, repulsión, vamos.

Paso por delante del estante de las niñas, porque sus juguetes les interesan a la mayor parte de las niñas.

Veo en ellos bebés. Nada, cero. Los bebés me aburren. Un bebé concreto, un sobrino, me enternece, pero de ahí a soñar con los bebés en general, a querer tener un bebé, hay una distancia por la que yo no paso.

Hay cerca unos caballitos, rosados o celestes, con grandes crines rizadas y doradas. Son una mezcla de caballo, bebé y adolescente. A muchas niñas les deben fascinar, porque los fabricantes los hacen; si no, no seguirían fabricándolos. El juego con ellos, en general, debe de consistir en peinarlos, una acción que les gusta a muchas niñas.

A mí esos colores desvaídos, esa blandura excesiva, esas melenas en vez de crines, me producen desolación; no ya ternura, sino también repulsión; en fin, no están hechos para mí, no estoy hecha para ellos.

Las muñecas, propiamente dichas. Con vestidos para ponerles, con pelo para peinarlo. Son amigas, para compartir la vida, o proyectos de futuro. Su dueñecita querría ser un día como ellas.

Yo recuerdo que las de mi hermana no me interesaban. Nunca jugué con ellas. Menos me hubieran interesado los aditamentos, generalmente rosados, que hay ahora, piezas de otro mundo para mí.

Quizá con algún muñeco me hubiera sentido compañero y amigo querido. Tuve un Teddy Bear, un osito con chaleco y pantalón, al que tuve cariño, pero tampoco mucho.

De lo de los peinados salen las peluquerías. En general les gusta a muchas niñas todo lo que sea peinar porque es una forma de acariciar a otra persona y a la vez de ponerse guapas.

Si a muchos niños les gusta la acción, a muchas niñas les gustan las relaciones personales, la protección a los bebés, soñar con que son atractivas y queridas. También es verdad que a otras les traen sin cuidado esas cosas, como a una hermana mía, a la que le gustaban los autos y jamás jugó con muñecas. De mayor es una magnífica madre.

Pero yo andaría caviloso por aquellos estantes, hasta que llegando al final vi ¡una casita de muñecas!

Me gustan; no sí si más o menos que los avioncitos y los barcos, pero me gustan. De pequeño, además, vi en el jardín de una casa de Almuñécar una casita de verdad, con habitaciones de metro y medio de alto y puertas de un metro, por las que pasaban los niños, se asomaban a las ventanas de verdad y subían por una escalerita hasta un cuarto que había en el piso alto, también con su ventana. Era una preciosidad.

Me gustaría tener una casita de juguete, a condición de poder elegir su mobiliario, de amueblarla poco a poco para que expresase lo que yo quiero, de que tuviera una fachada como a mí me gusta.

Vamos, me gustaría tanto, que se me acaba de ocurrir que debería comprármela –a la vejez, viruelas- y ponerla como a mí me gustaría.

¿Ponemos este juguete entre los neutros? No; yo creo que es más bien de niñas, por su delicadeza, por la paciencia que es precisa para cuidarlo, por la expresión de sentimientos que se ve en él. Cualquier niño bruto lo machacaría en un pispás.

Este gusto por las casitas es hasta el punto de que en las redes de trenes de juguete, me gustan mucho más las estaciones y las maquetas, las casas tirolesas, los abetos, los caminos, las vacas, que las vías o los propios trenes. Vamos, levantaría las vías por mi gusto.

Los juguetes neutros, de verdad, son los de sobremesa: los puzzles, los tableros de juegos… Les gustan por igual a muchos niños y a muchas niñas. A mí me aburren, porque no dejan lugar a la imaginación y a mí me gusta que los juguetes dan pie para fantasear.

Al recapacitar, me doy cuenta de que me pasa algo parecido a lo que sentí con los juguetes de niños: que no me interesa la mayoría de los muy sexuados –de guerra o muñecos- pero me interesa una clase de juguetes de cada estante: los avioncitos y los barcos; las casas de juguete.

Esto me dice, claramente, que tengo una naturaleza ambigua. Me lo confirma, no queda lugar a dudas, porque me expreso a mi manera, un poco como los niños, un poco como las niñas, pero distinto de unos y otras.

He pretendido que otras personas trans reflexionen sobre sus recuerdos, para conocerse mejor. He leído que una trans, ya avanzada su transición, pudo reconocer que le encantaban los trenes de juguete, con lo que pudo ser más fiel a sí misma.

Otras trans dirán: “Me han gustado siempre las muñecas. Ahora tengo mi cuarto lleno de muñecas por eso”. Eso significa que serán menos ambiguas, más femeninas que yo. Pero ellas tienen derecho a ser como son y yo a ser como soy.

También puede haber las que digan: “¡Pues a mí me han gustado siempre todas las cosas de niño, cochecitos, armas, balones, videojuegos muy guerreros! ¿Qué soy yo?”

Yo creo que el detonante de la transexualidad no está en la ambigüedad, ni en la masculinidad, ni en la feminidad, sino en el conflicto. Si la naturaleza de cada cual se vive sin conflicto, no habrá transexualidad. Si lo hay, relacionado de alguna manera con el género, habrá transexualidad, sea la persona masculina, femenina o ambigua.

O sea, que yo a estas últimas que dicen que sus juguetes eran todos masculinos, les diría: “Tú eres trans”.

Y luego añadiría: “Y partes de un conflicto, como todas. Analízalo para ver a dónde te lleva y a dónde no te lleva”.

Y a mis queridos amigos, los transexuales masculinos, con su gusto por el anonimato, les diría: “Muchas veces, vosotros ni os lo preguntáis. Os gustaron siempre los juguetes de niño y rechazásteis con energía los de niñas. Luego os gustaron las compañeras de clase y luego deseásteis a las mujeres. En vosotros suelen estar las cosas más claras, porque la hiperandrogenia no engaña. El conflicto básico que vivisteis fue la contradicción entre lo que deseábais y lo que se suponía que debíais desear”

Pero puede haber personas, trans femeninas o trans masculinos, cuyos recuerdos con los juguetes sean distintos de los que pongo aquí. Si quieren hablar de ellos conmigo, aquí estoy.

domingo 9 de diciembre de 2007

Experiencia personal: Ida y vuelta de una transición




Publicado previamente en http://carlaantonelli.com/
Texto ampliado






Hago este balance de mi transición a los dieciséis años de haberla empezado, por mí, porque necesito saber dónde estoy, pero también por quienes puedan reconocerse más o menos en mí. Desde luego, el titulo indica que ya no estoy de ida, sino de vuelta, aunque quiero explicarme y explicar hasta qué punto estoy de vuelta. En todo caso, la idea de la relativización de la transexualidad, por lo menos en mí, se me reafirma. No se trata de verme igual que una mujer, sino de verme como soy, aceptando mis elementos masculinos y mis elementos ambiguos.

Perdonadme que haga el comentario hablando de mi experiencia, pero es que me parece que es necesario que se cuenten más experiencias y las teorías no se queden en el aire. Por otra parte, estoy segura de que habrá mucha gente que se reconocerá más o menos en lo que digo, de manera que ésta no es sólo mi historia, sino que puede ser parecida a la historia de otras personas.

Sobre todo, para quienes están empezando el camino de ida, puede ser interesante leer lo que dice alguien que está de vuelta, a dónde he llegado y a dónde no, y lo que he aprendido por el camino. Pues adelante.

Yo he tenido toda mi vida oscilaciones identitarias. Pero en 1991, ya no podía más y por eso empecé a dar los pasos que poco a poco me llevaron a hacer la transición.

Sabía todo lo que no había en mí de femenino, pero esperaba que la condición de mujer estuviera en mí reprimida, y que según avanzara el cambio, se decantase también la feminidad en mi manera de ser.

Sin embargo, el nombre lo elegí porque era ambiguo; me recordaba a la vez a Kim Novak, que me había fascinado en “Me enamoré de una bruja” y a Kim Philby, un espía doble de la Guerra Fría; me hubiera encantado ser espía; moverse sin que te vean.

Empecé la transición en condiciones muy difíciles; creía que mi trabajo, que era la enseñanza, me impediría hacerlo públicamente. También veía obstáculos insuperables en mi estatura, en el tamaño de mis pies, en mi voz, en mis entradas.

Estaba dispuesta, de todos modos; había pasado tantos años de represión que cualquier paso era suficiente para mí. Empecé sin pedir mucho: siendo trans entre trans. Fue muy grande entrar en contacto con Transexualia. Aunque fuera con ropa masculina, poder hablar con Mónica, Jenny, Nancy, Miriam, Juana, Raquel, era muy suficiente para mí. Y que ellas me considerasen trans.

Presentarme en público como trans, aunque fuera en petit comité, tuvo una consecuencia inesperada: había tenido en mi juventud un amigo homosexual –por carta- que fue la vida para mí; y ahora me gustaron los homosexuales en general. Hasta entonces había tenido con ellos un sentimiento desengañado: “No soy como vosotros”. Pero ese verano de 1991 estuve en Cogam, en Madrid, y me presenté como transexual, es decir, diciendo en voz alta para ellos y para mí: “No soy homosexual”. Y establecer esa barrera de seguridad, fue suficiente como para que me diera cuenta de que eran un tipo de hombre distinto: tiernos entre sí, cariñosos, se saludaban con besos, se acariciaban los brazos, nada prepotentes, nada jactanciosos. Un modelo de hombre que no tenía los defectos que en mi niñez me habían echado atrás de los hombres. Pensé que me gustaban, sentimentalmente, y de que si hubiera tenido un amigo gay en mi niñez, quizá, por sentimentalismo –no por sexo- hubiera sido gay y no transexual.

Desde entonces eso es tan fuerte que mi mejor amigo es gay, que me encanta estar con gays, que me echo a llorar leyendo novelas de amor gays y me ha encantado cuando he tenido la ocasión de besar a un gay o de sentir su mejilla pinchuda o suavemente barbuda o de que me acaricie el brazo. Y no hay sexo en nada de ello, nada más que sentimiento:

Porque los veo como si me viera a mí mismo, en mi adolescencia gentil, esbelta, triste y extraviada. Ellos también han estado estupefactos de descubrirse gays y con frecuencia se sintieron solos y luego marginados y ridiculizados. Sois como yo.

Cuento esto con detalle, porque ha sido fundamental para que a lo largo de estos años empezara a aceptar la especial masculinidad que hay en mí. Soy como vosotros.

Pero de momento, preferí obviar este descubrimiento. Mi voluntad fundamental seguía siendo cambiar de género.

Encontré en 1993 a mi amiga Merche, que me fue importantísima, porque estuvo junto a mí. Gracias a ella, mi transición no fue a solas.

Pero me seguía pareciendo que tenía que ser limitada. Empecé a hormonarme –bajo supervisión médica, desde luego- pero opté por la ropa unisex. Le llamaba así por ejemplo a los chándales. Poco a poco me decidí a completarla con collares, pendientes, maquillaje y cabellos cuidados –por Merche, que es peluquera- y teñidos. La imagen que me importaba era la que tenía ante mis ojos, pero no me cuidaba de la imagen a los ojos ajenos, lo que hubiera debido hacer, porque la idea, en sí, era buena pero mi imagen era torpe y rara –lo vi al hacerme unas fotos.

Ya trabajaba así, vivía así, y mi trabajo se mantenía sin demasiados problemas gracias al respeto y el cariño de mis estudiantes. Por entonces, simplemente yo me estaba feminizando, con gran alegría y grandes esperanzas. Seguía tratando a muchas trans y era feliz entre ellas.

Para mí, todo culminó el 5 de enero de 1995, cuando me operé. Había estado dispuesta incluso a operarme aunque nadie lo supiera, simplemente por mí, para que lo supiera yo. Hubiera sido también suficiente para mí; una isla de salvación en el negro océano de desesperación en el que había vivido durante decenios.

De acuerdo con mi manera de ver las cosas seguí vistiendo ropa unisex, aun operada, casi dos años más, hasta que la evolución de las cosas sociales me convenció de que sería mejor dar un paso más, y lo di: en octubre de 1996 me puse falda para empezar el curso.

Ya por entonces me maquillaba y pintaba todos los días, llevaba medias y ropa interior apropiada, usaba bolso, me puse una peluca para mejorar mi aspecto, formaba nuevos hábitos que se volvían naturales. Entraba decididamente en los aseos de señoras (hasta entonces, mis entradas habían sido furtivas, y deseando que nadie me viera), porque ahora eso era lo lógico.

Sin embargo, la plena identidad como mujer no llegaba. Además, cada vez me interesaba menos.

Uno –uno- de los resortes que habían empujado mi transición era la autoginefilia, la fascinación por la imagen de la mujer superpuesta sobre la propia, el erotismo del espejo. Había sido suficiente que la libido bajara por la hormonación para que la autoginefilia empezara a ceder.

Me habían fascinado los pechos y los sujetadores, hasta el punto de que mis fantasías se centraban en ellos; ya no; dejé de usar sujetadores, un latazo y ahora me fastidia tener pechos. Después, lentamente, a lo largo de años, dejó de interesarme el maquillaje, y dejé de maquillarme: desde entonces, la cara “lavá”. Hace poco, me he aburrido de los bolsos; salgo a la calle con la cartera en la mano; es más cómodo.

Por otra parte, miro mi historia, y veo a un joven varón, alto, delgado, tímido, melancólico, sensible. Algo ahusado de silueta, manos de dedos largos, facciones suaves, expresión soñadora. Consciente de ser distinto desde los ocho o los nueve o los diez años y contento de ser como soy aunque con el sufrimiento de ver que diferencia significaba no integración. Lo veo ahora haciendo juego con tantos homosexuales que son como él aunque tambén se distingue de ellos en el deseo; no desea como ellos desean.

La experiencia de Cogam me ha hecho aceptar lo que soy. También veo que la transexualidad fue un recurso para no ahogarme, cuando pensaba que nadie me quería y que yo no era digno de amor: era demasiado torpe y tímido. Pero el amor es una verdadera necesidad para cualquier persona, un hambre.

Pero también soñé en mi adolescencia ser un joven príncipe del que nadie sabía su condición y de pronto se revelaba y surgía la admiración de todos por él; o ser un niño, tan guapo como yo lo fui, a quien un viejo pescador hubiera querido como un padre y enseñado a ser grumete; proyectos que tenían en común que no requerían un cambio de género, pero que resultaban inviables. Ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de que en estos dos deseos- deseos de ser amado, a fin de cuentas- me figuraba siendo varón. Y eran dos a uno, en relación con el deseo de cambiar de sexo.

Sé que, si de alguna manera hubiera podido hacerlos realidad, si hubiera resultado que, por lo menos, fuera el nieto de un marqués o hubiera podido ser marino, gran parte de mi afectividad se hubiera lanzado por estos medios de ser admirado y querido de la manera que yo quería y quizá no hubiera sido tan importante cambiar de sexo.

Cuando veo todo esto, es como si apareciera ante mí la clave de mi transexualidad, como si descubriera su realidad, hecha de inseguridad, de necesidad de valoración y de aprecio, pero necesidad angustiosa, del recurso continuo a distintas posibilidades que me permitiesen resolver mis conflictos, ganar esa estimación ajena que no encontraba: y para eso, cambiar de sexo, o ser un príncipe, o ser un grumete. Y de estas tres posibilidades, cuya fuerza es simbólica, la única que resultó posible, por raro que parezca, la única que podía calmar mi angustia en la práctica era cambiar de sexo.

Angustia, inseguridad. Era un niño, un adolescente sensible, introvertido, distinto de los demás, pero no femenino. Y la sensación de ser distinto intensificada por la falta de aprecio hacia mi manera de ser que era lo que encontraba. Rechazado, tampoco podía querer, ni admirar, ni sentirme uno más. Sólo rechazaba. Rechacé la imagen de varón, sólo me quedaba la imagen de la mujer. Y su fascinación.

Hasta que la convivencia con los homosexuales me hizo ver que hay una manera de ser varón que me gusta. Y más cuando descubrí que los muchachos a quienes he admirado y querido eran o son precisamente la imagen de lo que yo hubiera querido ser.

Por fin veo que está formándoseme una identidad estable que es a la vez masculina y ambigua.

Me gusta ser masculino y ambiguo, porque es ser como soy. Para entenderme, tengo que decir que es muy importante la parte de ambiguo, casi tanto como la de masculino.

Ser ambiguo para mí significa tener algunas cualidades como la sensibilidad, hasta la melancolía, la vulnerabilidad, la comprensión por encima de todo, la delicadeza, el temperamento de artista, cosas que también pueden ser propias de muchos hombres pero que en general se dan entre los menos androgénicos. Y yo soy sin duda hipoandrogénico. Haber sido lector, soñador, llorica, tímido, cobarde, en mi niñez, y no deportista, realista, descarado, audaz, valiente, es uno de los resultados normales de la hipoandrogenia. Ésta es una de las claves de mi realidad y bien visto, me gusta y me enorgullezco de ser así.

Algunos de los matices de mi hipoandrogenia tocan como es natural lo biológico. Soy básicamente heterosexual, en el sentido de que me agradan espontáneamente las mujeres, que las miro con agrado, es la palabra, pero mi heterosexualidad es difusa. Cada vez que he intentado centrarme en ese agrado, que me guste una mujer concreta, he sentido poderosas resistencias. Inmediatamente le encuentro defectos insuperables. Tampoco tengo ni siquiera sentimientos por la mujer tan fuertes como el compañerismo, la emoción y la ternura que siento por los homosexuales.

Tampoco siento la pulsión de la sexualidad activa. Tuve que leer una vez, por casualidad, los impulsos que sienten los hombres, para enterarme, no sin extrañeza y poco interés por ellos.

Eso explica que la salida de mi sexualidad haya sido la autoginefilia, una reacción de muchas personas transexuales, no de todas (autós = sí mismo; giné = mujer; filia = amor; amor a la mujer en sí mismo) en la que el interés por la mujer, en general, se vuelve sobre la imagen de la mujer en sí mismo, la imagen de la mujer en el espejo. Pero ahora, como digo, hasta la autoginefilia ha volado.

Quizá –pero sólo quizás- mi hipoandrogenia explique que lo único que permanece bastante estable después de estos años, en mi caso, sea el desagrado por los genitales masculinos.

Me imagino como si estuvieran de nuevo en mi cuerpo y me desagradan; me agrada más estar como estoy, francamente, tocar con mi mano esa región y ver que no hay nada; me tranquiliza.

El desagrado es físico y simbólico; no me agrada imaginar su forma; y tampoco me gusta lo que representan, que imagino únicamente como poder y temor.

Pero, para precisar más mis sentimientos, en esta hora de recapitulación, tengo que decir que mis genitales me parecían algo sencillo, tierno y natural en mi infancia; desde luego, imaginaba entonces que sólo servian para hacer pis, una necesidad menor; es decir, que mis sentimientos negativos no son absolutos; incluso pienso que empezaron después de la operación de fimosis que tuve que hacerme con unos nueve o diez años, cuando al descapullarse, el resultado me pareció brutal y feo.

Luego, en la pubertad, llegó el trauma ante su funcionalidad y sobre todo ante el hecho de que ésta me igualara con la sexualidad naciente de mis compañeros, que empezó antes que la mía -era un año menor- y que no comprendía y rechazaba con vehemencia. Entonces comenzó la obsesión y el no.

Pero ahora puedo reconocer que es verdad que, para alguien que no esté traumatizado, los genitales masculinos pueden representar algo tan dulce como el caño por el que pasa la vida; o la seguridad de sus familiares; o la firme bondad. Hay hombres que son buenos y amables; la mayoría; son paternales, llegado el momento; imaginarlos como padres, como buenos padres, es lo más justo que se puede decir de ellos; quizá yo podría reeducarme para pensar eso, incluso para haberlo pensado de mí cuando estaba a tiempo; quizá ese sentimiento y esa esperanza –ser un día como mi padre o como mi abuelo- me hubiera compensado suavemente, gradualmente, de mis sentimientos de rechazo, me hubiera hecho sentir cierta ternura por mi cuerpo tal como era, en su integridad.

Podría haber aprendido a ser hombre plenamente, a lo mejor, a perdonar a mi cuerpo por ser como era. No lo sé; eso queda ya dentro de lo futurible. Pero, incluso estando como estoy, estoy aprendiendo esa manera de ser masculina, delicada y amable.

Pero también es verdad que esto es sólo quizás y que quizás yo no hubiera sido capaz nunca de esa virilidad, por tierna y amable que fuere, puede ser verdad que si no he tenido una esposa y unos hijos es porque no podía tenerlos y también puede ser verdad que mi mente hipandrogénica prefiriese el vacío como expresión de su realidad, mejor que unos genitales cuya funcionalidad en el fondo no entiende y sólo con esfuerzo podría entender y aceptar como propios. No lo sé, es dudoso, pero, por lo poco que hoy sabemos, puede ser.

Por eso, dentro de mi manera de pensar y de sentir, el estar emasculado –que es la palabra técnica que representa lo esencial de mi estado- es de hecho hoy por hoy una manera de expresar la parte sensitiva, vulnerable y frágil en la que tanto me reconozco y tanto me define a mis ojos y quiero que se vea en mí.

“Un hombre emasculado por su voluntad”, podría ser en todo caso una de las descripciones actualizadas de mí, que no deja de contener un elemento dramático que responde a largas y penosas realidades.

Lo que pasa es que en todo caso necesitaba que eso se percibiera, que lo supieran todo, no sólo los que estuvieran al corriente, como en general los hombres que están contentos de serlo o no tienen problema con serlo lo manifiestan con sólo su manera de vestir.

Por eso me resisto a ponerme de nuevo pantalones, ni siquiera pantalones de mujer, porque con mi complexión corporal, con sólo ponerme un pantalón paso a parecer simplemente un hombre, un hombre como otro cualquiera, y yo quisiera que todos viesen, nada más verme, mi especificidad y mi singularidad; quiero que me vean como soy y como me siento, un hombre ambiguo, que necesita que todos entiendan esta segunda palabra con todo su significado.

Por eso mismo no puedo entrar en un aseo de hombres, primero, porque sólo imaginarlo despierta todas mis fobias (aunque supongo que con tenacidad podría reeducarlas, comprendiendo a los hombres como deben y pueden ser y no como son muchos de ellos), pero segundo, porque entrar o salir por esa puerta no afirma mis matices, tan importantes, que aun en un mundo de hombres perfectos yo quisiera afirmar, porque son los míos. En este apartado, la solución, para mí, estaría en los “aseos neutrales” que ahora se están ensayando en los Estados Unidos para quien quiera usarlos, a condición desde luego de que fueran voluntarios y no obligatorios. ¡Entrar por una puerta por la que también entrasen gays, camioneras y drag queens! Para mí, perfecto.


Aunque veo que poco a poco mi identidad masculina parece consolidarse y aceptar lo que hace pocas semanas parecía inaceptable. Puedo verme con orgullo semejante a los muchachos a los que he querido, a Walter, a Philippe, a Jorge. Entonces, mi genitalidad (de antes), mi masculinidad me parecen naturales y aceptables porque me hacen compañero de estos varones que quiero y admiro.

Puedo comprender ahora que aquella imagen que me fascinó, la del muchacho ambiguo, sensual y delicadísimo, vestido de negro, al que vi un momento en el Café Flore de París, me atrajo intensamente porque era la imagen idealizada de mí mismo, de mi ambigüedad. No me atrajo por diferente, sino por semejante.

Me tengo que preguntar entonces qué queda de mi transexualidad o del deseo de transición de género, más ampliamente. Queda la necesidad de afirmarme como ambiguo. Lo puedo hacer, simbólicamente, incluso mediante el recuerdo de mis años de expresión transexual, mediante formas que me acercan a los rompegéneros que he visto, a aquel que iba por Londres con vestido de zíngara y barba de ocho días o aquel transformista de un documental que paseaba por un paseo marítimo, antes de su actuación, con su niño tomado de la mano.

En este sntido, llevar falda, es para mí sólo un acto simbólico, una forma de expresión, que me da además un margen de seguridad, un refugio, un asilo, una tranquilidad. Ya no quiere significar que yo sea una mujer, sino sólo que necesito o me viene bien usar en público prendas de mujer. ¿Es provocador? Sí, lo es, pero si no hubiera provocación no se transformarían las actitudes sociales. Y ahora yo quiero llamar la atención sobre el hecho de que algunos varones somos ambiguos y conscientes y decididos a serlo.

Si para demostrarlo fuera posible no ponerse falda, yo no me la pondría. Si consiguiera que todos vieran en mí lo que yo veo por dentro. Por otra parte, no me identifico ya con las mujeres deslumbrantes y jóvenes, que no me deslumbran,`pero me encuentro cerca de las que son de mi edad, cariñosas, cordiales, acogedoras, habladoras, sobre todo me encuentro parecida a las solteronas, porque muchas, cuando han abandonado la voluntad de seducción, son un poco asexuales, de manera que no me disgusta que me cuenten entre ellas. Un cabello gris y recogido, una ropa gris y sin forma, una vida casera y solitaria, una proyección emocional en las plantas que riegan, una evasión intelectual en la pintura, o la literatura, una manera de ser cariñosa y acogedora con todos. "Tía Kim".

En resumen de los resúmenes, ahora posiblemente me gustaría usar pantalones –me imagino con gusto esos actuales de faena o de campaña, llenos de bolsillos a lo largo de todo el pernil-, que además son ropa unisex, sobre todo si en mí parecieran unisex; pero no lo parecen.

Por eso me pongo falda y me dejo el pelo lo más largo y rizado que puedo, porque es la única manera de que todos vean lo que hay en mí, mi ambigüedad, mi hipoandrogenia, lo que miro con ternura porque es lo mío, de que les guste y hasta de que se sientan un poco protectores conmigo, lo que necesito, lo que me encanta.

Por lo menos, con mi aspecto actual, el cabello natural, rizado y blanco con grandes entradas, un jersey o una chaqueta vaquera, un gran chaquetón medio militar en invierno y la falda, que suele ser recta, también medio militar, los que me ven pueden decirse: “Un hombre vestido de mujer”.

Hay que recordar que quienes hablan así lo dicen por las apariencias (en este caso, mi estatura, voz, entradas, etcétera) y que muchas veces las apariencias engañan, pero en este caso, en mi caso, corresponden a la realidad, aunque no a toda la realidad.

Aunque sea duro, tengo que decirlo. Soy un varón ambiguo que necesita expresar lo que es, en los dos sentidos. Soy un travesti, palabra ambigua que también amo, y que despierta todos mis recuerdos y mi ternura, género indefinido o poco definido. En el matiz de las dos cosas que quiero expresar, que es mi vida, está mi orgullo, porque es lo que corresponde a mi manera de ser.

Necesito unos símbolos que expresen mi ambigüedad, eso es todo. Amo mi ambigüedad, tiene mucho sentido para mí, y necesito que se vea y se sepa. He necesitado operarme, pero eso no afecta al fondo de mi ser. He aceptado ciertas formas de la feminidad, pero no todas, como lo hacen las drags y a veces los homosexuales o algunos homosexuales, desplegando su pluma.

Hasta ahí llego yo, hasta aquí puedo hablar por lo que sé dentro de mí. Desde fuera, sé que hay transexuales que se sienten del todo mujeres y nada más que mujeres, que se han identificado en su niñez con las mujeres, encontrado iguales a ellas, reconocido como ellas, que necesitan hacer vida de mujeres; no hablo por ellas, como es natural, hablo por mí. Y me gusta ser como soy.

martes 13 de noviembre de 2007

El conflicto puede ser la base de la disforia




La razón por la que muchas personas que luego serán transexuales empiezan por decir que no a su sexo físico hay que ponerla en un conflicto fuerte y duradero sufrido en su niñez o preadolescencia.

Muchas veces, las dificultades vienen de cierta androginia (hipoandrogenia en varones, hiperandrogenia en mujeres) que impide que los demás lo acepten plenamente como uno de los suyos y que el niño pueda aceptarse como parte de quienes le resultan diferentes (y hostiles); pero la androginia no es la única explicación posible; los problemas también pueden venir de otras causas, como los malos tratos por parte de un padre agresivo o por los compañeros hasta producir una indefensión.

En particular creo que los conflictos más fuertes vienen de no encontrar suficiente amor o aceptación en el medio en que se vive; padre lejano, compañeros hostiles que se ceban en el menos agresivo; de aquí viene una inseguridad básica, baja autoestima y la correspondiente necesidad de ser querido, aceptado y valorado; necesidad que puede quedar frustrada durante años.

La situación de conflicto persistente significa una gran angustia, en una edad en que no se puede ni identificar ni expresar exactamente lo que se siente, al niño no le queda más recurso que su imaginación para evadirse de él.

Las construcciones de la imaginación son libres, verdaderas creaciones comparables a los sueños o a la dramaturgia: la amenaza real de una paliza puede inspirar una fantasía de sumisión en la que se reequilibran las relaciones humanas de una manera menos angustiosa; por otra parte, la falta de afecto masculina puede generar el deseo de ser mujer para verse querida y admirada; la baja autoestima puede compensarse con un deseo de ser un príncipe. Estos ejemplos, reales, muestran que la solución imaginada no siempre tiene que ver con el género, pero a veces se escogen los símbolos en el sistema sexogénero.

En la medida en que estas soluciones tienden a superar un conflicto angustioso, se las puede considerar reacciones adaptativas. Algunas pueden resultar practicables y otras impracticables, pero unas y otras revelan la actividad psíquica de la mente tratando de hallar respuestas a situaciones insoportables y en este sentido resultan naturales y sanas, de por sí.

Aunque sus contenidos puedan ser unos más realistas que otros y el cambio de sexo resulte de los menos realistas en principio, hay que recordar que lo más realista y urgente es encontrar una solución a un conflicto que atenaza a un niño o adolescente, que se ve hostigado incomprensiblemente, aislado sin saber a quién recurrir y que tiene que encontrar algo que le permita salir adelante; aunque sea un sueño con el que tranquilizarse en la soledad de su pupitre.

La imagen de la mujer en el espejo, al travestirse, le fascinará y le hará creer que esta fantasía se puede convertir en realidad. La fuerza de la imagen, su atractivo, su fascinación, harán que muchas veces ésta sea la respuesta que se asiente.

Reconozco que esta interpretación del proceso, si es así, es desmistificadora, pero no me ha ahogado; lo que desmistifica es la interpretación de toda la transexualidad como mujer en un cuerpo de varón o varón en un cuerpo de mujer; puede ser que haya personas que sean así, pero yo estoy hablando de otra experiencia. Se trataria en estos otros casos de reacciones que toman el lenguaje del género con fines de defensa y que pueden darse en la misma persona entre otras que no usan el lenguaje del género y que tienen el mismo fin; el éxito final de unas u otras dependerá de su capacidad defensiva y para alcanzar una autoestima suficiente.

Si el conflicto resulta temporal, la reacción también será efímera; si el conflicto es persistente, la reacción puede asentarse y llegar a formar una parte de la personalidad. No creo, como los psicoanalistas, que baste con entender este complejo proceso y comprobar que sus causas ya se han desvanecido, para que quede solucionado. A mi entender, la reacción transexual, cuando es ya parte de la personalidad, es una solución compleja a una compleja red de heridas, por lo que no puede prescindirse de ella sin arriesgar que todas se abran.

Pero sí se puede relativizar esta reacción, sin entenderla como expresión de la más profunda verdad interior, sino sólo como un recurso que tuvo una utilidad determinada y que, andando el tiempo, puede verse con cierto distanciamiento y abrir el paso así a una comprensión más profunda de sí, a la que no habrá que tener miedo, porque la verdad es siempre apaciguadora.

Puede emerger el varón infantil, que se sintió y vivió en los primeros años, a la vez que se reconoce a veces la realidad de su androginia, o hipoandrogenia, en su justa medida; ni en más ni en menos; puede nacer el recuerdo y la compasión propia por todo lo sufrido; la conciencia de la disforia real y la evidencia de su permanencia, del horror por ser contado entre los varones más estereotípicos. "Varón hipoandrogénico disfórico...", puede ser la descripción que lentamente se vaya alumbrando de sí mismo, en una visión que arrastra la melancolía por lo sufrido, pero que permite relativizar los propios sentimientos y crear nuevas maneras de expresarlos, dejando incluso a un lado la secuencia triádica psicólogo-endocrino-cirujano, que hasta ahora parece la única opción.

domingo 7 de octubre de 2007

Nueva redacción de "Filosofía de la transexualidad"




Puede parecer excesivo plantear la filosofía que se va a seguir en un sencillo manual, pero precisamente por ser manual, este libro tiene un carácter práctico, y todo lo práctico requiere una filosofía que lo sostenga y lo vea convertido en una ética. Muchas veces esas filosofías son implícitas, por sabidas, o por ser las dominantes en un momento, pero la cuestión de la transexualidad es tan audaz que requiere que se explicite la filosofía que sigo.

Los humanos nacemos sujetos a dos clases de leyes que están más allá de las humanas: las verdaderamente morales y las naturales.

Las verdaderamente morales son pocas, pero obligan íntimamente a cualquiera: por ejemplo, la vida humana debe ser racional, porque somos racionales; o los humanos debemos vivir libres, porque somos libres. (Está claro que hay pretendidas leyes morales que son irracionales y por tanto no deben ser respetadas)

Las naturales nos sujetan, pero no nos obligan. De hecho, la historia humana es un continuo ejercicio de soberanía sobre las leyes naturales, hasta el punto de que se puede enunciar una ley moral que es la de que la coducta humana debe sobreponerse libremente a la naturaleza, respetando la racionalidad y la responsabilidad.

Lo hacemos, por ejemplo, al curar las enfermedades, hechos naturales que nos sujetan y de los que debemos liberarnos.

Tengo que ser más explícita, por sus consecuencias morales sobre nosotros, al criticar la filosofía escolástica que la Iglesia Católica ha hecho cuasi oficial. En esta filosofía, el término "ley natural" que yo entiendo como "ley racional" significa "respeto a las leyes de la naturaleza", a la que se diviniza entendiéndola como manifestación visible de la voluntad de Dios.

Pero si fuera así, la naturaleza sería moralmente intocable y el hombre no debería transformarla ni en un ápice para atender a sus necesidades, como ha venido haciendo a lo largo de toda su historia.

Tampoco se entenderían las multiformes calamidades naturales, ajenas al hombre, o a la voluntad humana, que contradicen el orden natural al perturbarlo o destruirlo. Si es voluntad de Dios que exista, ¿debe entenderse que la voluntad de Dios lo contradiga y que por tanto Dios se contradice continuamnte a sí mismo?

Hace falta también constatar que el respeto moral a la ley natural sería el respeto a un orden hecho de colmillos, garras y cuernos que, cuando se ha querido respetar tal cual, ha conducido lógicamente a una moral del poder y la imposición, próxima a Nietzsche y a us peores derivaciones.

No; los hechos naturales son sólo hechos, no prescripciones morales. No hay una moral de la natura y la contra natura. La única moral es la de que existe la razón, que tenemos uso de razón, y que debemos usarla para atender racionalmente a nuestras necesidades.

Si una persona es homosexual, eso no es bueno ni malo; es. Pasa lo mismo si es disfórica. Ante los hechos, el ser humano debe actuar racionalmente para ponerlos a su servicio. Si la homosexualidad o la disforia fueran reversibles, probablemente muchos elegirían su reversión, dadas las dificultades o imposiblidades que tenemos que sufrir en otros hechos tan sensibles como la procreación, por ejemplo.

Pero si no son reversibles, hace falta aceptarlas como hechos y ponerlas en lo posible al servicio de los seres humanos que somos.

Aunque hay otra dimensión: los homosexuales a menudo se sienten orgullosos de su manera de sentir y de amar y las personas disfóricas de su identidad, hasta el punto, por nuestra parte al menos, de afirmar la paradoja de que "si volviera a nacer querría ser transexual", y no hombre ni mujer.

Esto se debe a la conciencia de la singularidad de nuestra experiencia, que es la de la transición y al orgullo del desafío a los convencionalismos y a los límites que otros creen que son propios de la condición humana.

Eso equivale a afirmar que la condición humana no tiene límites naturales, pero sí limites morales, que sin embargo son enaltecedores, puesto que a lo que nos obligan precisamente es a superar nuestras condiciones y limitaciones.

En ese sentido, la transexualidad es un ejercicio de soberanía razonada sobre la naturaleza en un terreno que los no transexuales tienden a creer irreversible, una limitación natural que convierten en fundamental y por tanto no sólo es buena sino que es excelente como emblema de la condición humana que es dominio sobre la naturaleza y ejercicio racional de este dominio.

Las personas transexuales somos socialmente un ejemplo límite de soberanía sobre un hecho natural que todas las demás creen indiscutible porque se acomodan bien a él, que es la sexuación. Nosotros situamos la sexuación como uno más de los hechos naturales que pueden ser transformados racional y responsablemente.

No hay que preocuparse por las consecuencias naturales del hecho transexual. La inmnsa mayoría de las personas no son disfóricas y prefieren con naturalidad seguir en su sexo de nacimiento. Pero si alguna persona es disfórica, está señalando a las demás los límites del sistema sexogénero y las demás deben respetar que ella esté fuera.

Por tanto, no es que pretendamos que todos sean transexuales, pero sí ejercemos, antes de todo reconocimiento público, el derecho a serlo, que es racional cuando se dan determinadas condiciones de hecho. En cuanto a nuestra responsabilidad, la ejercemos mediante la apelación a la racionalidad de nuestra conducta.

Terminaré exponiendo que este criterio es precisamente el del Génesis. Los humanos tenemos el derecho de comer de todos los árboles y sólo una obligación: no comer del árbol del bien y del mal, o no pretender decidir por nosotros mismos lo que está bien y lo que está mal. Por ejemplo, no podemos decretar sobre la racionalidad que sea mala. Tampoco podemos decidir que la libertad sea mala y la falta de libertad sea buena. Todo eso nos haría "como dioses" y no soms dioses.

Pero se nos ha entregado la soberanía sobre toda la naturaleza y eso es parte de lo que está bien para nosotros. Y con esta soberanía limitada por el bien y el mal, la responsabilidad moral sobre lo que hagamos con ella. Y la sexuación, como la vegetación, o los planetas, no son realidades divinas, sobrehumanas, sino naturales, sometidas a la racionalidad humana.

lunes 1 de octubre de 2007

Cortocircuito o parafilia



Añado al Manual este texto, resumido, en lenguaje más técnico, del que hoy he publicado en http://carlaantonelli.com/



En el proceso de la transexualidad disfórica en personas XY de orientación ginéfila se produce lo que se puede llamar un cortocircuito de la libido que requiere una comprensión de su dinámica que puede resultar subjetivamente muy desconcertante.

Puede describirse como sigue: la persona disfórica encuentra un vacío o debilitamiento de su identidad de género que, desde su adolescencia, se compensa mediante lo que se ha llamado una “imagen de la mujer en el espejo”, de gran fuerza libidinal.

Primero se forma mediante las imágenes objetivas de las mujeres que pueden resultarle atractivas, que producen la transformación del deseo en envidia, hasta que la persona disfórica llega hasta el espejo, en el que, al transvestirse, una imagen de mujer se superpone sobre la suya.

En ese momento, se produce el cortocircuito, al volverse la libido sobre el propio sujeto de la libido, oculto bajo la nueva imagen, la cual cumple dos funciones: proponer una posible identidad y estimular la libido.

Disforia se ha unido a eros y juntos alcanzan una gran potencia.


(Parafilia)


En ese momento, el placer repentino del descubrimiento lleva a la excitación y a la repetición del estímulo, que acaba consolidando la respuesta como parafilia (solución simbólica a un problema real, que es placentera por ser una solución, pero debe repetirse porque es sólo simbólica).

Puede haber también una conciencia más o menos clara de la precariedad de la solución parafílica, en forma de rechazo de la excitación, que se ´puede ver correctamente como un automatismo masculino y por eso mismo rechazable, pero a cuya presión como solución momentánea resulta muy difícil resistir.

Por eso, la reacción parafílica produce una y otra vez agotamiento, vergüenza y tristeza. Pero se ha descubierto un canal que conduce también al placer y al consuelo. La imagen de la mujer en el espejo se vuelve necesaria y casi consustancial con la misma persona disfórica.


(El fin de la parafilia)


En caso de que la disforia lleve al tratamiento endocrinológico o a la cirugía de reasignación genital, la correlativa bajada de andrógenos produce una disminución de la libido que disuelve el proceso parafílico.

Desaparece entonces gradualmente la potencia de la imagen de la mujer en el espejo y de su eficacia protésica.

Al faltar también ese poderoso estímulo, puede ser que la persona disfórica se sienta en ese momento, y después de haber tomado decisiones muy radicales, entristecida y hasta carente de identidad de nuevo.

Ésta es la situación que hace necesario el conocimiento de la dinámica de la parafilia. La salida de la situación puede estar sólo en el conocimiento del proceso disfórico.

(Después de la parafilia)


La parafilia surgió al superponerse dos elementos: la disforia y el eros.

La disforia fue el fundamental, la causa básica y estable de todo el proceso. La fascinación por la imagen de la mujer en el espejo fue coyuntural y añadida.

Puede establecerse entonces una identidad como persona disfórica que resulta profundamente verdadera aunque tenga que afrontar la debilidad de la escasez de modelos objetivos.

Para conseguir estabilizar estos modelos, conviene en primer lugar excluir todos los asociados con la parafilia (mujer joven y bella) tomando conciencia de otros que pueden ser más profundos y eficaces, relacionados con otras clases de feminidad o bien con la ambigüedad intersexual.

miércoles 26 de septiembre de 2007

Conceptos de "purga" y "negación"

Purga. Período breve de negación compulsiva que sigue a la afirmación, también compulsiva, en el ciclo disfórico.

Negación. Actitud duradera, frecuente en la transexualidad no compulsiva, en la que se las personas XY con identificación primaria cruzada intentan superar el proceso transexual mediante una actitud hipermasculina. Se diferencia de la purga en su larga duración, usualmente de años.

Transexualidad en personas XY no disfóricas




Uno. Empieza por una identificación cruzada con la madre en la primera infancia (antes de los tres años) Por su carácter primario es muy estable y no va unida a disforia alguna.

Dos. Al llegar a la adolescencia, es frecuente que esa identificación se considere una niñería y se entre en una fase de negación en la que se puede seguir un estereotipo hipermasculino, por decisión reflexiva y no compulsiva: barba, gimnasio, relaciones sexuales con mujeres, incluso matrimonio e hijos.


Tres. La identificación cruzada primaria subsiste bajo la apariencia hipermasculina incluso muy reprimida, por lo que puede emerger en cualquier crisis intensa (conyugal, económica, cansancio por estrés, etcétera) El impacto emotivo del resurgimiento de la identidad cruzada puede ser muy intenso, pero se resolverá reflexivamente.