miércoles, 30 de abril de 2014

UNA VISIÓN NO BINARIA: TEORÍA DE CONJUNTOS DIFUSOS DE SEXOGÉNERO


A NON BINARY VISION: SEXGENDER FUZZY SET THEORY

Por Kim Pérez

Actualización: 14.V.2014

Licenciado en Historia con Grado, Universidad de Granada
Profesor Encargado de Curso, Universidad de Granada (1969-1971), Profesor de Formación Humanística y Ética, en el Centro Ameinon, y también, como Profesora, de Filosofía, en el Centro Ramón y Cajal, de Granada (1976-2006) y en un Curso de Posgrado de la Universidad de Granada (2013)
Premio Granada Entiende, Nos, 2001, Premio Hegoak, 2005, Mención Especial, Cogam, 2005, Premio Pluma 2010, de la FELGTBI, Premio Adriano Antinoo, 2014


La noción de lo nobinario de sexogénero fue expuesta por Anne Fausto-Sterling, en "The Five Sexes: Why Male and Female Are Not Enough". The Sciences, March-April, 1993, pp. 20–24. El uso de los términos “binario” y “no binario” comenzó a extenderse en el siguiente decenio:  Riki Wilkins, “GenderQueer: Voices from Beyond the Sexual Binary”, 2002. “Nobinarismo”, definido para entender el sexo en general, como una suma de continuos, de conjuntos difusos, es un término  que está surgiendo aquí y ahora, desde Córdoba, 2000, como opuesto al Código binario de género, desde 2001.

SUMARIO

Teoría nobinaria de los conjuntos difusos de sexogénero, 2009 y ss
Variabilidad de la experiencia transexual en su expresión en menores, 2013


TEORÍA NOBINARIA DE LOS CONJUNTOS DIFUSOS DE SEXOGÉNERO


Fundada en el concepto de “más o menos” aplicado a la feminidad (“¿Mujer o trans?”, ponencia de Kim Pérez en las Jornadas Feministas Estatales, Córdoba (España), 2000; que fue recogida en “Anthology of Transfeminism”; publicada en “Menos Lobos”, verano 2001, en cuya contraportada empleé la palabra “binario”; inspirada en conceptos sexológicos (continuo homosexual/heterosexual de Kinsey), feministas (diferencia entre sexo y género, procedente de Robert  Stoller, 1960) y de la Teoría Queer (no cerramiento de las identidades ni de los roles ni de las orientaciones); hacia 2001, ya usé los conceptos de Código de Género, no “un sexo-un género”, ambigüedad y seis continuos (sexo, sexualidad, orientación, rol, identidad de sexo e identidad de género) en una conferencia en la Facultad de Psicología de Sevilla; luego formulados articuladamente conforme a la Teoría de Conjuntos Difusos de Lotfi A. Zadeh, de 1963 y la noción de Atractor Extraño de Eduard Lorenz, 1965.

Dio lugar al grupo de Conjuntos Difusos de Granada, cofundado por Kim Pérez y Amets Suess, Granada, junio de 2009, con el apoyo de la Asamblea de Mujeres de Granada, incorporándose Pablo Vergara Pérez. Presentada públicamente en las Jornadas Feministas Estatales, Granada, diciembre de 2009. Inspira el Proyecto de Ley Integral de Transexualidad de Andalucía, presentado por Izquierda Unida al Parlamento de Andalucía, 19 de diciembre de 2012, consensuado por la Asociación Conjuntos Difusos y la Asociación de Transexuales de Andalucía y elaborado principalmente por Ángela Gutiérrez Hermoso y Pablo Vergara Pérez. Es por primera vez uno de los contenidos docentes del curso de la Escuela de Postgrado, en la Facultad de Educación de Granada, impartido por Stefano Barozzi y Kim Pérez desde el 12 de marzo de 2013. Ha sido expuesta a un auditorio más generalista en la entrega de premios de la Asociación Adriano Antinoo el 27 de abril de 2014, Sevilla. Ha sido recogida por “Materials d'Educació afectivosexual. karicies.”, 1 de mayo de 2014.

Es la primera formulación teórica sobre la sexuación humana que procede del medio transexual,  partiendo de la posición de la transexualidad, que es central y no marginal.  Robert Stoller, cisexual, formuló también su visión de la diferencia de sexo y género a partir de la existencia de las personas transexuales.

Los criterios que sigo son un biologicismo zarandeado por el nobinarismo. El 1 de mayo de 2014 le digo a quien le interesó en una red social: “El punto de vista sobre el esencialismo es diferente entre feministas, lesbianas y gays, por un lado, y trans por otro. El primer sector vive todavía la crítica antibiologicista que nació de su rechazo a verse biologizadas binaristamente... Pero (al menos yo) parto de que la biología es nobinaria... y el género cultural más nobinario todavía... y eso nos deja espacio natural y cultural a las/los/les trans, explica nuestra existencia, nos sitúa en el centro del nobinario de sexogénero...”

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Temas fundamentales: Matemáticas y materia; continuo difuso mujer-hombre; atractores y variaciones; identidad como forma de conciencia variable, afinidad; código de género cultural: discontinuo en dos conjuntos cerrados como forma de dominación.

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(Prólogo)

La sexuación humana, remotamente descendiente de una reproducción asexual, se hace a partir de una feminidad básica y común a todos, mediante la androgenación diferenciada en la edad prenatal.

La feminidad básica es en potencia bivalente: dos mamas en cada cual y un tubérculo clitorideo/peniano, que se desarrollarán como alternativas; cromosomas XX cuya mutación, prehumana, dio lugar al XY.

La androgenación consiste en flujos, o chorros, variables, difusos, un más o menos; las menores, determinan la permanencia en formas y conductas definidamente femeninas; las intermedias, formas o conductas intersexuales; las mayores, formas y conductas definidamente masculinas.

Por tanto, la feminidad es básica, lo fundamental en todas las criaturas humanas; la masculinización es emergente en más o menos.

La androgenación no sólo es diferente individualmente, sino en los planos de la sexualidad de cada individuo (fenotípica, cerebral…) Yendo más lejos, la cerebral aparece probablemente diferenciada en alguna forma en la que cuente la temporalidad de sus formaciones.

En general, la androgenación por planos es bastante coherente en cada individuo, haciéndole permanecer mayoritariamente o bien en la feminidad básica o masculinizándolo. Esta coherencia puede no darse en algunas  personas, que se aprecian más claramente, en anatomía o conducta, como intersexuales.

En los seres conscientes, las determinaciones biológicas se juntan con las innovaciones adquiridas, todo ello en forma difusa, abierta, no cerrada.

La biología se relaciona con la conducta sexual innata, o sexualidad, pero sólo predispone, no determina, unida con la biografía, a la conducta sexual aprendida, o género. La feminidad o masculinidad de género,  dependen por tanto de dos factores articulados, biología + biografía.

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(Condicionamiento y decisión )

Todo lo que voy a decir, se debe leer por tanto bajo esos dos factores articulados, el del condicionamiento biológico y el de la resolución biográfica.

Dicho de otra manera, el del pasado y el del presente que prepara el futuro. O el de lo dado y el de lo querido,  o los límites y la libertad.

Al hablar de conjuntos difusos de sexogénero y de sistema nobinario de sexogénero estaré hablando de condiciones que se preparan desde antes de nuestro nacimiento y, durante los primeros años de nuestras vidas, nos envuelven como un  medio ambiente del que no tenemos apenas conciencia ni capacidad de decidir, pero que en los sucesivos van dependiendo de nuestra capacidad de decisión.

Ya la palabra “difuso” o la expresión “no binario” retratan más propiamente la realidad que los conceptos que contradicen, los de “cerrado” o “binario”, aplicados al sexogénero y que son los que nuestro ambiente cultural nos ha enseñado hasta anteayer.

Lo difuso, lo no binario, lo no cerrado, quiere decir que todos los humanos (todes les humanes) tenemos elementos comunes como las dos tetillas y el tubérculo genital, y a partir de esta realidad todes podemos cambiar de mujeres a hombres o de hombres a mujeres o de unas y otros a intersex.

O dicho de otra manera, todes somos más o menos mujeres o, correlativamente, menos o más intersex y menos o más varones y podemos ser más o menos distintes de lo que somos ahora. 

Este principio de más o menos es lo que abre la realidad de sexogénero a la libertad.

Nuestra libertad frecuentemente se expresa a partir de los condicionamientos bióticos. Pero hay que recordar la soberanía humana sobre sí misme.

Una historia personal de feminidad XY o masculinidad XX (realidades en sí nobinarias) puede conducir a la transgeneridad o la transgenitalidad, pero también éstas pueden surgir sin esa historia previa, por una visión de futuro que sólo la persona podrá valorar.

De la misma manera, una historia personal de feminidad XY o masculinidad XX pueden cancelarse en más o menos cuando la persona que las ha vivido ve surgir una variante con la que no había contado; de nuevo, sólo ella puede decidir el peso de sus decisiones y sólo ella podrá darles un valor definitivo o no.

Las demás personas podemos sin duda opinar y aconsejar. Pero impedir la libertad humana es como querer poner puertas al mar.

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(Matemática biológica)

La  matemática es la infraestructura de la materia (Pitágoras, Platón, Galileo, Newton, Einstein, Planck, Heisenberg) Algo inteligible, intemporal, “lo que no cambia”, organiza lo sensible, temporal, “lo que cambia”. Números bióticos permiten la consciencia o, al variar,  la deshacen; o forman la sexuación, que depende de las cantidades de andrógenos.

Para hablar de ciencia es preciso hablar de matemáticas.

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Los conjuntos difusos de Lotfi A. Zadeh se definen porque sus elementos tienen un grado de pertenencia de +/- (mientras que los conjuntos cerrados se definen por sí/no {1, 0})

La matemática Teoría de Conjuntos Difusos sirve para hacer cálculos sobre flujos y otras realidades variantes en +/- (afluencia al metro, tallaje de prendas, etc) o para entender mejor ciertas realidades en la teoría y la práctica social.

La realidad del sexogénero se puede entender como un sistema de conjuntos difusos, ya que empíricamente sabemos que las personas somos +/- viriles, +/- femeniles. Todos encontramos un lugar dentro de un sistema de transiciones (+/-)

Hay también dos atractores estadísticos abstractos, F y M (femenino y masculino), realidades pensables, no corporales, a los que se acercan +/- todos los elementos. Este concepto se forma a partir del de “atractor extraño”, de Eduard Lorenz, que describe una serie de curvas espirales más o menos cercanas a un espacio vacío, que conforme se alejan comienzan a gravitar en otro igualmente vacío que forma un par con el primero. Los atractores F y M son espacios vacíos puesto que no existen hombres puros ni mujeres puras y las personas reales orbitan más o menos cerca (o más o menos lejos) de ambos, en un sistema único.

Pero bien podemos usar para hablar de sexogénero el nombre matemático de atractor, porque de hecho tienen una fuerza de atracción enorme que llama a casi todas las personas XY masculinas y XX femeninas, sino a muchas personas XY femeninas y XX masculinas e intersex, que desean ajustarse lo más posible a las abstracciones de máximos que representan; sin embargo hay también una cuantiosa minoría  de personas reales que prefieren mantenerse más o menos entre medias de un atractor y el otro.

(Por eso hablo de las trans femeninas, los trans masculinos y les trans intersex)

Puede entreverse  una estructura del sexogénero humano formada por una infraestructura biológica inconsciente y una superestructura biográfica (psicoafectiva, tecnoeconómica –sigo a V. Gordon Childe-, consciente)

La infraestructura biológica, natural, se puede hipotetizar así:

Sobre una morfología inicial asexuada (dos tetillas + tubérculo genital) la diferencia XX o XY (el cromosoma Y surgió de una mutación del X) puede determinar una androgenación menor o mayor (-/+) del humano en gestación. Si hay androgenación -/+ cercana a 0, evoluciona en forma -/+ cercana al atractor F; si es -/+ cercana al máximo conocido, evoluciona en forma -/+ cercana al atractor M (Existen también algunas personas XX que se desarrollan como hombres y personas XY como mujeres)

Los flujos +/- grandes de andrógenos llegan en distintos momentos: formación de los genitales (-/+ desarrollo del tubérculo genital), configuración del cerebro diferenciada en formas relacionadas con la temporalidad de los flujos: -/+ masculinización de cada una de ellas.

Tomemos como referencia de conducta sexual preconsciente, a los mandriles que, al trasladarse, trazan  dos círculos en torno a los hijos: uno externo, por los machos, de defensa indirecta, agresiva frente a ataques externos, y otro interno, por las hembras, de defensa protectora y directa de los hijos.
                                                                                               
Los flujos mayores y los menores en los humanos dan lugar a conductas de círculo externo en las personas definibles como varones y a conductas de círculo interno en personas definibles como mujeres.

Este esquema abstracto está fundado en las diferencias androgénicas. Como éstas forman un continuo, se puede pronosticar que en los dos círculos habrá líderes y seguidores jerarquizados, más o menos androgenizados o androgenizadas. Pero la observación real mostrará que hay también personas XX que se incorporan al círculo exterior, personas XY que se incorporan al círculo interior, otras personas XX o XY que se sitúan permanentemente entre ambos, y que las personas XXY, XXX, X0, etcétera, se sitúan bien en los círculos definidos, bien entre ambos.

La biología hipoandrogénica en personas XY o afines, y la hiperandrogénica en personas XX o afines, la biología en abstracto, son eficaces para condicionar conductas imprevisibles entre ambos círculos de manera algo indefinida; pero hace falta pensar en la biografía personal y la cultura ambiente para entender las identidades definidas resultantes. 

La complejidad de las diferencias interindividuales en la androgenación cerebral se hace mayor en el plano individual.

Nos damos cuenta de que en algunas personas, tanto XX como XY, hay por ejemplo una tendencia a la sumisión sexual compatible con la independencia y aun dominancia racional, que parece hablar de rasgos más profundos, casi animales, y otros más racionales.  O una orientación  táctil androsexual (debe de haber un centro cerebral poco androgenizado) compatible con una orientación visual ginesexual (debe de haber otro centro cerebral más androgenizado)

Todo ello tiene que ver quizá con distintos planos cerebrales androgenizados en diferentes momentos  y con una intensidad desigual. En ambos casos, parece verse que la sumisión erógena, y lo táctil, son más profundos que la independencia o dominancia y lo visual, más arcaicos y que las diferencias en la androgenación de los centros cerebrales han ido en el tiempo de menor a mayor.

Eso tiene que ver con la famosa hipótesis de David MacLean acerca de los planos arcaico, medio y moderno (o reptiliano, paleomamiférico y neomamiférico) de nuestro cerebro, que permitía pensar que pudieran haberse androgenizado diferentemente durante la gestación, dando lugar a conductas sexuadas contradictorias que se situarían en tres continuos, uno arcaico (poder = dominancia/sumisión), otro medio (orientación) y otro moderno (amor personal) Parece que esta hipótesis no se ha comprobado, pero el modelo de MacLean es útil para explicar otros.

Los planos de la sexuación aparecerían por tanto como cuantificables por un +/- dentro de un continuo general, el que va de Mujer a Hombre. De hecho, cada persona los vería entrar en contraste en sí misma, aunque en la mayoría fueran más convergentes que divergentes y sólo en una minoría fueran claramente divergentes.

Las personas que se encontraren en esta situación de divergencia, dentro de una cultura como la nuestra que sólo entiende la convergencia y no tiene apenas conceptos (palabras) para explicar e integrar la divergencia, sentirían su naturaleza sexuada como fragmentada, rota, mientras que la cultura nueva  podría entenderla mejor como irisada.

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(Identidades)

Los fenómenos biológicos, infraestructurales, y los epifenómenos psicoafectivos, socioeconómicos, biográficos, que son superestructurales, se hacen conscientes en las identidades, que son hechos de conocimiento de sí con valor afectivo, afirmativo o negativo.

Las identidades de sexogénero surgen como sentido interno del ser, irrefutable, como se comprobó en la dramática refutación (historia John/Jean) de la hipótesis de John  Money de que todo el género fuera aprendido, imitado, inspirado desde fuera, externo. Pero también existen identidades confusas o intermedias o cruzadas, lo que muestra que se manifiestan como hechos del lenguaje simbólico y por tanto de consciencia, sujetos a los límites del vocabulario disponible y al error.

Como tales hechos de conocimiento consciente, las identidades evolucionan, se transforman; no son irreversibles a partir de los tres años, como suponía Kohlberg, aunque tienen un elemento de memoria de los afectos, sino que pueden desarrollarse y variar como todo conocimiento; como son conscientes, son históricas.

Las identidades, hechos de conocimiento, dependen en gran parte de intuiciones, más que de razonamientos, y las intuiciones son de por sí incomunicables; por eso es ilusorio e imposible que una persona ajena intente definir la “verdadera” identidad de otra persona.  La identidad, como intimidad, es inaccesible e incomunicable en su intensidad, connotaciones, etc

Como las realidades psicosexuales son muy complejas, las identidades se clarifican mediante actos de voluntad: por ejemplo, “soy una persona XY algo femenina pero quiero serlo lo más que pueda”.

Por tanto, hay identidades del ser, e identidades del querer o no querer ser.

Las identidades personales se agrupan espontáneamente por afinidades. Recordando los atractores de Lorenz, la mayor parte de las personas se sitúan cerca de los atractores vacíos. Pero minorías importantes se sitúan más y más lejos de cada uno de ellos, pudiendo formar otros subconjuntos de afinidad.

En un continuo, todas las identidades que se den en él representan conceptos funcionales, prácticos, de una lógica informal o borrosa; esto se puede decir de las identidades de hombre, mujer, intersex, transexual, travesti, etc, todas las cuales se pueden entender como difusas dentro del mismo “más o menos”.

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La identidad es a la naturaleza como el concepto a la realidad. “La adecuación de la inteligencia a la realidad”, definición de la verdad por Aristóteles, se puede dar más o menos plenamente. Hay un margen por tanto entre una y otra. 

Hay personas XY muy femeninas  o XX muy masculinas, que forman en edades muy tempranas una identidad cruzada de género (que corresponde a una naturaleza cerebral cruzada respecto a la del resto del organismo)

En otras personas, la identidad de género es vacilante,  quizá en relación con una naturaleza cruzada menos definida.

En otras personas más, la feminidad o masculinidad cerebral no se traduce en una identidad cruzada, de manera que asumen como identidad la naturaleza del resto del organismo.

Es decir, la naturaleza no se traduce necesariamente en identidad, como los conceptos, en general, no se forman directamente de la realidad; pueden darse o no.

En las personas de naturaleza cruzada, en culturas que la niegan, se suele dar un sentimiento de miedo cuando comprenden la presión social que pueden encontrar. Entonces suele darse una “fase larga de negación” que puede durar años, decenios o toda la vida. En ella, se niegan los sentimientos o experiencias cruzadas, bajo reflexiones como “esto son chiquilladas, que se me pasarán con el tiempo” que conducen a integrarse mejor en los estatutos socialmente admitidos de varón o mujer.

Esta fase larga es distinta sólo cuantitativamente de las fases cortas de negación, que han sido llamadas “purgaciones”, que suelen acompañar a los procesos transexuales y durar unas semanas o unos meses. En ellas se suele tirar todos los elementos de género que acompañan las afirmaciones de identidad cruzada (ropas, maquillajes, prótesis, etc), con grandes sentimientos de culpa familiar o religiosa, consecuencia de un código social de género muy interiorizado.

Suele seguir una conducta convencional, afectivamente gris, que parece masculina o femenina o incluso hipermasculina o hiperfemenina. Teniendo en cuenta que la orientación sexual es un hecho que también forma parte de un continuo (Kinsey), distinto de la identidad de género, en algunas personas conduce a enlaces heteros, y a la procreación,  en otras a una soltería práctica y en otras a enlaces homos.

La conducta homosexual puede surgir de motivaciones muy diversas y tener formas muy diferentes, desde una profunda camaradería hasta relaciones de dominancia/sumisión. Se encuentra en ella muy a menudo, no siempre, una naturaleza cruzada originaria, seguida de una fase larga de negación, para la que las relaciones externamente homosexuales pueden ser internamente, cerebralmente, heterosexuales.

Se puede expresar en frases como “yo me siento mujer, pero no necesito vestir de mujer” o recuerdos de una infancia muy femenina o masculina, en la que ya se sintieron enfrentamientos familiares o sociales, empezando a menudo por figuras tan significativas como la del padre o los hermanos y siguiendo por la escuela. El sufrimiento pudo ser tan intenso que en la edad de la adolescencia pudo surgir una fase larga de negación que ya duró toda la vida.                 

Aparece entonces con claridad que en muchas personas homosexuales, no en todas, se han dado experiencias afines a las de las personas transexuales, en cuanto a naturaleza, identidad y fases de negación. La diferencia entre unas y otras parece ser sólo cuantitativa, en cuanto a la intensidad de la naturaleza cruzada, de los conceptos de identidad y de las mismas experiencias sociales que han llegado a la fase larga de negación. Al ser cuestión de más o menos, se integran en un conjunto difuso o continuo. 

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Por naturaleza, la transexualidad es una de las numerosas formas de intersexualidad, puesto que corresponde a una diferencia entre el sexo cerebral y el del resto del organismo. Gilbert-Dreyfus recogía los numerosos planos en los que la intersexualidad es posible: el genético, cromosómico, de los conductos internos, de los conductos externos, el hormonal… Hay que añadir, a partir de lo que vamos sabiendo (Guillamón) esta intersexualidad en el plano cerebral o neurocentral.

Por identidad, la transexualidad puede entenderse por identidades femeninas o masculinas (“soy una mujer como otra cualquiera”, “soy un hombre como otro cualquiera”) o ambiguas (“no soy hombre ni mujer”)

Esta concepción resuelve la cuestión de la patología. La intersexualidad no es una patología sino una variante natural, dentro de la extrema variabilidad de la naturaleza, que interesa adaptativamente, es decir evolutivamente. Puesto que la transexualidad es una forma de intersexualidad, no es una patología, sino también una variante natural. No ha lugar a patologizarla ni, por consiguiente, a intentar curarla.

La variabilidad natural  no sucede teleológicamente, es decir, con un fin predeterminado, aparte de la misma variabilidad, que es buena y útil de por sí. Quiero decir que las variaciones surgen dentro de una plantilla de posibilidades y algunas pueden ser perjudiciales y otras beneficiosas, algunas no adaptativas y otras adaptativas.

En este punto debe mirarse cara a cara la realidad. Objetivamente, las intersexualidades dificultan la formación de pareja y la procreación. Puesto que pueden deberse a diferencias en la androgenación, ¿puede preverse que en un futuro inmediato, el análisis prenatal de la situación hormonal de la criatura en gestación dé lugar a un tratamiento médico con andrógenos o antiandrógenos?

Sí, es posible. En ese futuro eugenésico podría pensarse que se prevendrían y se corregirían, vía médica, la intersexualidad, la homosexualidad y la transexualidad. Pero este criterio humano limitaría la variabilidad natural, sería homogeneizador, no respetaría las posibilidades de desarrollo de cada individuo. La formación de parejas y la procreación son necesarias para la supervivencia de la especie, pero no para la de todos sus individuos, para cuyo desarrollo sólo es imprescindible la ayuda familiar y social, la alimentación y el cobijo. Las circunstancias reales son mucho más complejas y variables que las previsiones aparentemente racionales, si son unificadoras (no adaptativas) Entre las razones por las que los naturales de Juchitán, en México, se alegran de tener una hija muxe (transexual) figura el tener una ayuda para los padres en su vejez. Para otras personas, tener una pareja transexual significa la ventaja, en ciertas circunstancias, de no tener hijos. Todo ello es singular, puede darse o no, pero  es individualmente adaptativo. 

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(Represión)

El Código Penal de Género vigente en la civilización del Occidente es distinto de los vigentes en otras: la islámica, en especial, comparable en extensión y en fuerza de rivalidad, y otras formas más pequeñas, supervivientes, como la de Samoa o la de Juchitán, en México. Estas diferencias nos hacen percibir que el Código de Género no traduce directamente realidades biológicas (que son comunes a toda la especie humana), sino sus manifestaciones socioeconómicas, históricas, variables.

 Se entiende por Código de Género el de carácter  consuetudinario o escrito, que comprende las normas relativas al sexo y al género en una sociedad determinada (por ejemplo, la prohibición del incesto)

Este Código constituye la columna vertebral variable de cada sociedad, puesto que, después de la división biológica por edades, la división sexogenérica del trabajo, que procede no de la primitiva sociedad recolectora, sino de la siguiente cazadora, constituye la primera de las superestructuras históricas.

Puede entenderse, a veces, como una Carta de Derechos, y otras, como un Código Penal, según el carácter fundamentalmente permisivo o represivo de la sexualidad en cada cultura.

El  carácter penal básico de nuestro Código de Género se observa en que está constituído por una serie de transgresiones y sanciones muy graves, que pueden ir de la irrisión o burla social (como mínimo) a la expulsión de la familia o del trabajo, y en algunas épocas y culturas, a la cárcel o a la muerte, en la horca (en Irán, hoy) o en la hoguera (la antigua nuestra)

Su carácter penal evidencia que es una forma de dominancia, de mandamiento/castigo: en la sociedad de cazadores organizados, la primera división social del trabajo fue sexual, entre cazadores/guerreros y recolectoras/cocineras: sociedad patriarcal, senatorial, en la que los varones dominantes, hiperandrogénicos, subordinaron a las mujeres, excluyeron a otros varones, hipoandrogénicos, y creó las costumbres y leyes superestructurales.

La prueba de que la división fundamental se hacía por las condiciones personales asociadas a la hiperandrogenia e hipoandrogenia, más que por la mera existencia de genitales masculinos o femeninos, está en que las sociedades cazadoras indoamericanas se aceptaba a petición propia a personas XX hiperandrogénicas como varones cazadores y guerreros y a personas XY hipoandrogénicas como mujeres.

Nuestro Código Penal de Género divide en consecuencia a las personas en conjuntos cerrados de sexo, definibles por sí/no: ¿Varón? Sí/no; ¿mujer? Sí/no; también en su conducta de género: ¿Masculino? Sí/no; ¿femenina? Sí/no.
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Se supone que son alternativas perfectas: quien no es hombre será mujer; quien no es femenina, será masculino.

Sólo se admite socialmente esta alternativa perfecta. El Registro Civil, el Documento de Identidad, admiten hasta ahora sólo dos casillas: Hombre o Mujer (empiezan a admitirse tres, en Australia, India, Alemania...)

Las personas intersex deben ajustar sus naturalezas y sus identidades a estas casillas, aunque no les correspondan. En general, los que viven diferencias intensas respecto a este sistema de sí/no son ignorados o tratados o marginados o negados o criminalizados; incluso aprisionados o ejecutados.

El Código Penal de Género habla por tanto de “mujeres” y “hombres” como  abstracciones que corresponderían a los espacios realmente vacíos del interior de los dos atractores. El carácter general, universalizador, de las normas del Código de Género, que son válidas para “todos”, muestra que está dirigido a estas abstracciones y no a personas concretas, en su inmensa variedad.

El análisis del  Código de Género muestra un núcleo fijo y una serie de consecuencias. La lógica del núcleo fijo se funda en las capacidades diferenciadas de “mujeres” y “hombres”, en abstracto, respecto a la procreación.

Se supone que las “mujeres” (palabra usada en general, abstracción) conciben y, dado que nuestra especie es mamífera, quedan preñadas, amamantan o cuidan; forman el círculo interior de defensa de los hijos (físico en los mandriles) Pero sería más concreto hablar de la función de madres y no de mujeres en abstracto.

Se observa como hecho real, al margen de abstracciones, que el círculo interior llega a ejercer un cuidado colectivo, pero directo, ejercido por mujeres o varones, que se suma al cuidado  personal de los propios hijos. Ese cuidado colectivo directo puede verse en la enseñanza; en la cocina colectiva;  en la pediatría; en la geriatría…

Los “hombres”(palabra usada en general, abstracción) engendran y quedan libres; forman el círculo exterior de defensa de los hijos (físico en los mandriles) Sería más concreto hablar de la función de padres, y no de hombres.

Se observa como hecho real, al margen de las abstracciones, que el círculo exterior incluye los trabajos duros y a distancia que pueden ser inviables para las madres, así como las actividades de defensa armada. De las sociedades primitivas, muy dependientes para su supervivencia de la fuerza física y personal, se pasa en las sociedades evolucionadas a que la supervivencia dependa del acceso a la cultura, compartible por todos, que se sitúan por tanto en el círculo exterior, cuyas relaciones con los niños son más lejanas.

Las personas reales nos integramos en órbitas espirales más o menos cercanas a esos espacios vacíos de Feminidad y Masculinidad abstractas, los dos Atractores Extraños. Los Códigos de Género represivos niegan o prohiben estas variaciones reales; los Códigos de Género permisivos pueden afirmar su legitimidad.

En la medida en que los Códigos de Género represivos niegan la realidad y obligan a reprimir a toda la sociedad para conformarse a ellos y a penalizar a una parte considerable de los componentes de esa sociedad, deben ser sustituídos por un sistema de Libertad de Género en el que cada persona se sitúe socialmente donde se sienta más adecuada.

Por tanto, los actuales Códigos de Género vigentes en cada sociedad, deberán ser sustituidos por una Carta de Derechos de Género, preparada por estudios de Libertad de Género.

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(Adaptabilidad)

Utilidad objetiva de la realidad difusa del sexogénero: las variaciones mejoran la capacidad de adaptación social a un medio variable, y tienen por tanto valor evolutivo. En las condiciones históricas primitivas: utilidad prioritaria de los varones muy hiperandrogénicos o físicamente muy activos y las mujeres muy hipoandrogénicas o maternales o físicamente pasivas; en las condiciones contemporáneas: el primer lugar adaptativo corresponde a las personas –varones, mujeres, intersex- que sean mesoandrogénicas, reflexivas, analíticas, capaces de muchas horas de estudio sedentario y por tanto con mayor acceso a la cultura matemática, científica, humanística, de la que depende nuestra técnica, que requiere largos estudios; de manera complementaria para las necesidades sociales, las personas físicamente muy activas encuentran su lugar en actividades al aire libre, manuales, el ejército o los deportes; las personas muy cuidadoras, en actividades como las del hogar, relaciones interpersonales, comercio cara al público, enseñanza, pediatría, geriatría, etcétera.


Utilidad subjetiva de la Teoría de Conjuntos Difusos de Sexogénero: Mejor comprensión de la realidad sexogenérica humana; racionalización de las actitudes abiertas; aceptación de formas muy variadas de ser y de convivir; profundización en la autonomía personal, o autodeterminación de género (yo soy yo), no en la inclusión forzada en el modelo de conjuntos cerrados de sexogénero (M o F, sí/no)

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VARIANTES DE LA TRANSEXUALIDAD Y SU EXPRESIÓN EN  MENORES


 “Tendrás todo mi apoyo para hacer el camino que tú veas que debes hacer en tu vida, porque tú lo sabrás mejor que nadie. Tú vas a hacer las experiencias que necesites para encontrarlo. En algunas puedes acertar y en otras equivocarte, y eso es lo natural, cuando se hace una experiencia, que puede salir que sí como que no. Me vas a tener siempre a mi lado para preguntarme, y también tendrás que oírme cuando yo te diga algo que sea necesario porque tú no lo sepas. Te abriré siempre todas las puertas, tanto las masculinas como las femeninas o las ambiguas, para que tú elijas. Apartaré de ti los obstáculos que esté a mi alcance quitarte.  Educarte será prepararte para que tú tomes la mejor decisión”.

Es preciso dejar que se expresen las personas menores variantes de género, primero verbalmente, luego con hechos. Es preciso también aprender a oírlos. Saber oírlos consiste en dejarles hablar, sin interrumpirlos ni contradecirlos, dejarles la confianza de saber que van a tener ocasión y tiempo de decirleo todo, de desahogarse, en una palabra, y si lo necesitan, de experimentar con su género.

La lógica nos dice o expresión o represión.  O la persona menor puede expresarse o hay que reprimirla en todo o en parte. La primera forma de expresión que necesita es la verbal ante sus genitores.  A continuación, puede decir que desea vivir de manera cruzada a su genitalidad. Una vez comprobado que este deseo permanece asentado en el tiempo, debe saber que para ella será posible. Quizá, graduadamente. Primero, el uso de algunas prendas en casa, de un diminutivo ambiguo como hay muchos (en español, terminado en –i, por ejemplo), para que todo se vaya estableciendo como costumbre.  Después, la salida a la realidad externa, al medio escolar, que debe hacerse protegidamente.

Primero, lo deseable, por la ley. Pero lo social puede estar lejos de lo legal. Será preciso hablar con la dirección del centro escolar, con el tutor o tutora, asegurarse de que todos los docentes están de acuerdo en proteger el derecho de expresión de la persona menor, pues uno solo que fuera reticente o burlón podría crear estragos en su día a día con la clase.

Todas las personas participantes deben saber que se trata de un ensayo experimental cuyos resultados estarán permanentemente abiertos. Siendo muy conscientes y haciendo muy  consciente al menor de que está haciendo una experiencia,  éste podrá experimentar todo cuanto necesite, sin comprometerse prematuramente, porque la niñez, la adolescencia, la juventud son edades en las que el ser humano necesita sobre todo experimentar, como forma de definir su vida.

No hay una decisión todavía en cada paso, hay un ponerse a prueba. Puede ansiarse, por parte de la madre o el padre, menos incertidumbre, pero según vayan comprendiendo que en una persona menor en desarrollo todavía no han aparecido todas sus posibilidades, ellos mismos decidirán que no serán sus sentimientos lo que cuenten, sino los del menor.

Así, es experimental el cambio de ropa; el de género; el de nombre. Para todo eso habrá que contar con la cooperación familiar y con el sistema escolar. Hoy, todavía, hay que explicarlo todo a todos. Dentro de unos años, no habrá que explicar nada, estará perfectamente entendido por todos.

Llegado el momento de la pubertad, puede también experimentarse una ayuda médica. En estos tiempos, las más importantes asociaciones profesionales del mundo, The Endocrine Society, de los Estados Unidos, y la Sociedad Endocrinológica Europea, están de acuerdo en unos protocolos que dejan el margen abierto de que son recomendaciones. Se prescriben bloqueadores de la pubertad, para los que hay que esperar al primer signo de la misma, que son recursos puramente experimentales y reversibles en cuanto se deje de tomarlos. Conforme el o la menor va avanzando en edad y experiencia, puede empezar a probarse, a partir de la edas recomendada de dieciséis años, con una hormonación cruzada, primero reversiblemente, luego irreversiblemente, con el acuerdo de madre y padre y oyendo siempre al o la menor. Si hay un deseo de operación, se recomienda esperar a los dieciocho años, mayor edad legal.

Repetiré que hay que contar con que la persona menor, por definición, no ha desarrollado todas sus posibilidades. No sabe, con ocho años, cómo va a ser con dieciséis ni con dieciocho. Y sobre todo, puesto que todas las personas somos más o menos nobinarias, la persona menor transexual puede ser especialmente no binaria, de manera que en ella no se puede suponer que todas sus reacciones serán las de uno de los sexos, entendidos binaristamente, sino que a veces se podrá ver en su plenitud la libertad natural de las variaciones nobinarias.

La persona menor que está ensayando su feminidad o masculinidad, desconoce los efectos de las nuevas realidades que va a vivir en su propio cuerpo. Su personalidad puede seguir igual en lo fundamental o puede transformarse radicalmente, y en esa transformación puede rechazar lo que está viviendo, o aceptarlo de buen grado.

Es posible  que un menor que ha seguido hasta entonces el modelo de una mujer, sin dificultades, encuentre que las transformaciones de su pubertad le empujan en otra dirección, justificándose así que muchos menores que han sido muy femeninos de género, lo sigan siendo en género pero valoren ahora su genitalidad masculina, llegando a ser homosexuales feminizantes.

O es posible que la genitalidad masculina les resulte inaceptable para su personalidad y persistan en su identidad femenina e incluso la refuercen.

En todo caso, será siempre la persona menor la que tendrá que ir decidiendo, a medida que se vaya conociendo más profundamente en sus transformaciones. Sólo ella sabrá lo que pesan en sí misma unos sentimientos y otros. Sólo ella sabrá lo que quiere.

En toda experimentación hay que enfrentarse con la incertidumbre. El resultado puede ser uno u otro, a veces previsiblimente y otras sorprendentemente.

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Mantengo que no se puede hablar de menores transexuales ni homosexuales, dada la extrema plasticidad de esa edad, en la que algunas actitudes parecen ir madurando con el tiempo. Por tanto, hablaré de menores variantes de género, para no predeterminar el futuro.

Y por la misma razón, no les llamaré todavía tan definidamente como masculinos ni femeninas, aunque parezca evidente que lo son, sino masculinizantes y feminizantes.

Hablando de orientación, tampoco hablaré de heterosexuales u homosexuales, para evitar las complicaciones que surgen al preguntarse si hablamos del género de origen o el de destino, sino que, más concretamente, hablaré de orientación ginesexual (que ama a las mujeres), androsexual (que ama a los hombres), personasexual (que ama a las personas, sea del sexo que sean), o asexual (cuyo amor no es sexual)

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(Causas de la transexualidad)

Después de Swaab, ahora Guillamón está exponiendo las posibles causas biológicas de la transexualidad, que residirían en una configuración cerebral parecida a la de las mujeres en las trans femeninas e igual a la de los hombres en los trans masculinos. Puede haber causas biológicas, que consisten en las diferencias que puede haber en la androgenación del nuevo ser durante su gestación. Si un ser XY recibe menos andrógenos que la media masculina, o el ser XX recibe más andrógenos que la media femenina, habrá una permanencia en la feminidad de base mayor o menor, en el primer caso, o una masculinización mayor o menor en el segundo.  En la condición XY incluyo otras realidades cromosómicas, como XYY, y en la XX, otras como X0, para simplificar la realidad, que es muy compleja.

Ambas condiciones se verán después en la conducta de género, espontánea, instintiva, y en la orientación, androsexual en XY o ginesexual en XX, y darán lugar a una identidad o concepto de sí, femenino en XY o masculino en XX.

También puede haber causas biográficas, no biológicas, que se ven incluso en la mayoría de las  personas XY, que no parecen ser biológicamente femeninas, pero son transexuales porque no pueden identificarsae con los varones, por lo que llegan a una identidad feminizante.

 Es también útil, aunque requiere mayor trabajo de comprensión, la visión de Jacques Lacan, que se integra en la psicología profunda o psicoanálisis, aunque no es necesario aceptar todo el sistema psicoanalítico para aceptarla, y de la que encuentro vestigios en mí misma, aunque no es la causa fundamental, que en mí es biótica nobinaria, sino una concausa o una causa de hechos secundarios. Yo transformo a mi manera la formulación inicial de Lacan. Partiendo de que todas las personas necesitamos sentirnos en una Unidad que nos dé el Ser y el Poder, se puede decir que la mayoría de las personas XY priorizan el Poder (lo que les da un interés por la dominancia y liderazgo, los motores, los juegos de guerra, etc), mientras que la mayoría de las personas XX priorizan el Ser (lo que les da un interés por su propia imagen y su proyección personal)

Según esta teorización, las personas XY transexuales femeninas seguirían un modelo femenino, priorizando su Ser (y su Parecer), mientras que las personas XX transexuales masculinas seguirían un modelo masculino, priorizando su Poder.


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(Predictibilidad de las fases de negación y de negación de la negación en menores)

En menores feminizantes androsexuales son frecuentes los desistimientos en la pubertad, para experimentar la homosexualidad.

En estas personas, pese a ser muy femeninas,  con una conciencia de feminidad notable hasta los once o doce años, no perturbada por ninguna inquietud,  al llegar a la pubertad, se encuentran con que su amor más o menos difuso por los varones se convierte en deseo, a la vez que se les hacen visibles las dificultades que pueden encontrar si, como muchachas trans, son rechazadas por muchos heteros y muchos homos.

Entonces pueden poner en una balanza lo uno y lo otro, y poner el deseo por delante de la identidad. El planteamiento de la fase de negación puede ser incluso  “Yo me siento mujer, pero no necesito vivir como mujer”, que he oído a un muchacho de apariencia masculina, gay.  Puede que también intente conseguir una hipermasculinización. Pero siempre subsistirá como nostalgia el paraíso en que vivió como mujer, y puede dejar más adelante la fase de negación y volver a su identidad primaria.

Un artículo de Jane E. Brody, en The New York Times, de 16.XII.1986, “Boyhood Effeminancy and Later Homosexuality”, se refería al estudio del Dr. Richard Green, profesor de Psiquiatría, sobre seguimiento de menores muy afeminados,  que Green caracterizaba como, muchos, habiendo querido ser niñas,  y muy generalmente, evitando los juegos violentos y los deportes, y  jugando con muñecas, y a casitas, en las que tomaban papeles femeninos, vistiéndose de niñas e imitando a sus madres; mencionaba también a otros menores menos femeninos.

Sobre una pequeña muestra de 44 niños muy femeninos que empezó a estudiar quince años antes, tres cuartas partes habían evolucionado como homosexuales o bisexuales, y un cuarto como heteros; sólo una fue transexual.

En estos niños, había por tanto una tendencia innata o natural a la “homosexualidad”, que Green reconocía; de hecho, este estudio sirvió para afianzar el biologicismo, frente al psiquiatrismo o psicologismo que llevó a la noción de “enfermedad mental”, pero no sacó la consecuencia lógica, que habría sido la naturalidad de la feminidad de esos aparentes niños.

Reflexionando sobre lo que se lee entre líneas, se descubre que también parecía natural la represión;  los aparentes niños habían sido llevados a consulta, y se observó que cuando los padres o el “aconsejamiento” psicológico eran disuasores, las tendencias “homosexuales” disminuían… aunque no desaparecían.

Esto era lo previsible cuando padres y profesionales reprimen a una persona menor indefensa frente a ellos… y el estudio no registra la neuroticidad subsiguiente.

Por eso, mantengo que si esos aparentes niños hubieran crecido en libertad, queriendo ser niñas y jugando a juegos de niñas, el resultado habría sido una decisión mayoritaria por alguna de las formas de expresión trans… acorde con su naturaleza.

Para llegar a esto es posible, que dada la necesidad infantil, adolescente y juvenil de experimentar su propia existencia, muchas de estas personas, ya habituadas a vivir su feminidad de manera cotidiana e incluso rutinaria, querrían ensayar la homosexualidad masculina, es decir, desistir al menos temporalmente de su experencia como mujeres; algunas, al comprobar que no se ajustaban a la intensa valoración de la masculinidad que se vive en la homosexualidad, desistirían de su desistimiento, y para otras sería más convincente seguir en esa nueva identidad.

De hecho, entre las personas menores que conozco, ya a mediados del segundo decenio de los dos mil, empieza a ser posible hacer este ensayo; y puede ser que, libremente, se decida una identidad masculina; y puede ser que, libremente, se decida una identidad femenina.

El convencimiento de que muchos de los desistimientos son sólo temporales, anejos al proceso de experimentación, y que son seguidos más adelante por retornos a la identidad primera,  me lleva a sustituir el concepto de desistimiento por el de fase de negación, que puede ser definitiva o ir seguida por una fase de negación de la negación.

Tomo este nombre de la filosofía dialéctica, puesto que la persona trans dialoga de continuo consigo: a una fase de afirmación del sexogénero sentido (tesis) le puede (o no) suceder una fase de negación del mismo (antítesis), a la que puede (o no) seguir una fase de negación de la negación (síntesis), que permite la entrada en una expresión nueva y personal.

La fase de negación, para menores adolescentes, también puede entenderse como una necesidad de exploración de la realidad, no sólo la del sexogénero reasignado sino la del sexogénero asignado o quizá la de la negación de todo sexogénero.

Una vez producida, puede durar meses, años y aun decenios. Puede hacerse cierto balance de las preferencias, poniendo por ejemplo las posibilidades para encontrar compañía de sexogénero, por delante de cualquier cuestión identitaria. Es obvio que debe ser respetada la decisión de cualquier adolescente que desee explorar la realidad.

Pero  también puede (o no) ser seguida por una fase de negación de la negación, de retorno a la primera expresión de deseo de cambio de sexogénero o de búsqueda de una expresión no practicada, la de su masculinidad o feminidad de asignación.

En este sentido hay que decir que los estudios de seguimiento se han solido detener en la primera fase de negación, entendiéndola erróneamente como desistimiento. Hipotetizo que quizá por eso sea  baja, en las muestras de población estudiadas, algo menos de un  tercio, la persistencia en las actitudes anteriores, y alta, alrededor de dos tercios, la apariencia de desistimiento. A medida que se sigan realizando más estudios de seguimiento que lleguen más lejos, y puedan incluir las negaciones de la negación, entonces supongo que descenderá el número de los negadores.

En menores trans XY feminizantes, ginesexuales, que llegan a una fusión con la Imagen de la mujer, puede ser que esta fusión sea fluctuante en intensidad.  Estas fluctuaciones entre el deseo de fusión y la atonía, toman la forma de fases cortas de afirmación y fases de negación, en las que se puede llegar a la purgación o arrepentimiento e intento de olvidarse de todo. Se llega a un vaivén continuo entre ambas fases, que hace muy probables los desistimientos y los retornos tras los desistimientos. Para evitar estos vaivenes sería mejor seguir un modelo no-binario de vida, que insista en la conciencia de ambigüedad personal.

Para tratar de los menores XX que pueden definirse como trans masculinos, tengo que advertir que mi condición de persona XY trans femenina me ha permitido tener sólo unas percepciones externas que me dejan llegar a reflexiones más generales, menos detalladas. Espero que este estudio se vea completado por otro procedente de trans masculinos, los únicos que pueden hablar de sí mismos y no necesitan preguntar a otros (como me sucede por ser trans femenina como  más en general, a otros profesionales y teóricos que sean cisexuales)

Los menores trans XX masculinos ginesexuales pueden tener experiencias no exentas de orgullo por su integración natural entre los varones androgénicos, a los que con frecuencia superan en decisión, temperamento activo, deportes de equipo, etcétera. Al llegar la pubertad, pueden encontrar con facilidad a mujeres adolescentes heteras que se sienten atraídas por ellos, y a quienes desean proteger (fantasía de Tarzán y Jane) 

Esta experiencia de expresión de los propios sentimientos y profunda adecuación a la realidad puede ser tan grata y satisfactoria que no parece probable una fase de negación.

Los menores XX trans masculinos androsexuales o personasexuales, pueden encontrar en su expresión de sexogénero las muchas alegrías correspondientes a la perfecta evolución de sus caracteres masculinos secundarios, como en el caso anterior y a su perfecta inserción social. 


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(La variedad no-binaria de las historias personales de sexogénero)

Los hechos trans pueden empezar inconscientemente, sin formar un concepto de lo que se es. Un niño genital puede actuar como una niña, una niña genital como un niño, sin formar un concepto, una identidad sobre su ser.

Además, estos hechos pueden expresarse en toda la conducta, o en parte de ella. Pueden actuar de manera enteramente femenina o masculina, o tener una conducta que sea parte y parte.

Es la interacción humana la que permite empezar a formar los conceptos sobre sí; a veces, esa manera de ser es tan definida que la interacción con madres y padres se define enseguida; otras veces es más ambigua, y la interacción familiar no llega a definirla, y es preciso empezar la interacción social que la define más, tanto por parte de la persona menor, que no se encuentra a gusto en el género asignado, como por parte de los demás, que suelen clarificar la naturaleza, aunque sea ambigua.

 Por tanto, así se forma la identidad.

La identidad es el concepto/sentimiento sobre sí que forma libremente cada persona, considerando su realidad corporal, sus afinidades, sus deseos, sus aspiraciones; es un “soy” + un “quiero”; puede haber por tanto un “soy” + un “no quiero”, realidad más juicio negativo sobre la realidad; se podría hablar de identidad/contraidentidad.

El estudio de Natacha Kennedy, de 2012, sobre 121 personas adultas (aunque sólo 11 FtM), muestra que los hechos de identidad trans suelen empezar desde la niñez. Sus tomas de conciencia se dieron  en una persona desde el primer año de vida, unas siete  veces más desde los tres, y veinte veces más a los cinco, edad que constituye la moda estadística; desde ahí descienden en una curva cóncava, con algunos altibajos, hasta los quince años, con frecuencia de una persona,  igual a la de un año; la media de edad se encontró en los casi ocho años; sólo tres personas empezaron a tomar conciencia desde más de dieciocho años.

A partir de este principio de análisis, es fácil distinguir enseguida algunas variantes de la experiencia trans, tales como las de identidades definidas personalmente como de hombre o mujer, e identidades indefinidas, como la de trans o la de persona ambigua, las de orientaciones androsexuales, ginesexuales, personasexuales o asexuales, las de propósitos operatorios o no operatorios…

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Expongo, más detalladamente, la variedad transexual, a través de cuatro esquemas simplificados,  que en la realidad forman una serie abierta a otros más, que todavía no comprendo. Me resultan más conocidas las experiencias transexuales feminizantes, por lo que las detallaré mucho más que las masculinizantes, en la espera de recibir más información.

Los dos criterios fundamentales con los que está escrita esta serie son:

=Primero, la mayor o menor feminidad conductual y la menor o mayor masculinidad conductual,
que se pueden definir

=intuitivamente,
o, todavía sólo deductivamente, por
=la menor o mayor androgenación conductual (cerebral) [Swaab, Guillamón, et c.]
Esta androgenación diferenciada, permite que personas XX y XY y variantes X0, etc, se encuentren más o menos cercanas o alejadas de cada uno de los dos atractores estadísticos, abstractos, en los continuos humanos de

=receptividad/acometividad
=timidez/audacia
=introversión/extraversión
=docilidad/dominancia

Por tanto, podemos ver personas XX muy androgenizadas conductualmente, muy masculinas, y personas XY poco androgenizadas conductualmente, muy femeninas, y todos los grados intermedios.

=Segundo, el otro criterio para elaborar estos esquemas está en la orientación sexual, que forma también un
=continuo androsexual-ginesexual.
La situación de cada persona XX, XY o variantes puede estar más o menos cerca de cada atractor estadístico o lejos de uno y otro.

El peso de estos criterios depende primero, de la feminidad/masculinidad conductuales y después de la orientación sexual.

Esto es lo esencial de mi tipología trans. Me parece que lo fundamental es la variabilidad de la androgenación individual, el continuo hipoandrogenia/hiperandrogenia, y después viene el continuo de la orientación androsexual/ginesexual. Sé que muchas personas XY que han sido muy femeninas en su niñez son androsexuales en la edad adulta, y tal como era teóricamente previsible, sé también que hay algunas personas XY que han sido muy femeninas en su niñez y son femeninamente ginesexuales en la edad adulta.

Por tanto, lo determinante, lo operativo durante la primera niñez, es la posición en el continuo hipoandrogenia/hiperandrogenia.

De las variantes de la androgenación derivan primero el conjunto difuso o continuo de género, luego el de sexualidad, o conducta sexualmente determinada, que incluye la genitalidad y el de androsexualidad/ ginesexualidad empieza a tomar fuerza desde la pubertad.

Se trata, por tanto, de una variante básica de la que derivan otras tres variantes (género, sexualidad o genitalidad, y orientación), que a su vez pueden ser divergentes entre sí. La variedad personal es inmensa.

En este punto de vista, transformo el modelo tipológico de Ray Blanchard, el primero y el único que conozco, que distingue las diferencias basándose en la orientación, entre transexuales que llama “homosexuales” y “no/homosexuales o autoginéfilas”, creyendo que de esta distinción derivan todas las que se pueden observar en la conducta transexual (Blanchard, R. (1989). "The classification and labeling of nonhomosexual gender dysphorias". Archives of Sexual Behavior 18 (4): 315–334)

No es así, sino que, como digo, el continuo hipo-/ hiperandrogenia es el decisivo, hasta el punto de que las personas transexuales muy hipoandrogénicas son tan femeninas, que carece de sentido llamarlas homosexuales en su androsexualidad; el sexo masculino es para ellas el otro sexo.

Otro subconjunto transexual estaría formado por personas ginesexuales que toman a la mujer más como modelo de vida que como objeto externo de deseo. Para estas personas, Blanchard ha acuñado el término de “autoginefilia” (autós = sí; giné = mujer; filía= amor; amor de sí como mujer, o amor de la mujer en el sí)

Tanto  Blanchard, como Anne Lawrence y J. Michael Bailey, que lo han seguido, en 1997 y 2003 respectivamente, entienden este concepto como una reacción erotizada sin más, parecida a una parafilia, que deja al margen la identidad personal. Esto quizá (tengo dudas) sea cierto en la feminofilia, antes llamada transvestismo, pero no en la transexualidad ginesexual en la que la propia identidad está comprometida en el proceso transexual, deseándose arrebatadoramente haber nacido mujer.

Los criterios de Blanchard/ Anne Lawrence/ Bailey fueron interesantes para empezar a organizar los conceptos, pero por ser también binaristas,  no pudieron tampoco tomar en cuenta la escala de Kinsey, que es en realidad el primer continuo descubierto en Sexología (1948), entre los atractores estadísticos de  heterosexualidad/homosexualidad; para ser insertado en la realidad nobinaria, es necesaria  una visión nobinarista, que sólo desde los alrededores de 2000 empieza a extenderse.

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Simplificando necesariamente,  puedo exponer aquí algunas maneras de ser transexual:

ESQUEMA I

=Personas XX, muy hiperandrogenizados (androgenación); por tanto, pueden ser muy o bastante masculinos (género); penetrativos (sexualidad), casi siempre ginesexuales y pocas veces androsexuales.  

Muestran desde su niñez una conducta de género muy masculina,  una identidad masculina también muy temprana (“soy un niño”), prefieren en su niñez los juegos combativos, de equipo, y la compañía de los niños varones;  se suelen sentir espontáneamente atraídos por las mujeres, con matices protectores, muy masculinos, por ejemplo en la forma del arquetipo de Tarzán y Jane.

La hormonación con andrógenos aumenta mucho su libido, acometividad y dominancia, obligándoles muchas veces a aprender a controlar racionalmente estas tendencias. El recurso a la cirugía es más frecuente para  conseguir la mastectomía, que es muy a menudo su primera urgencia, y la histerectomía, por razones prácticas, quedando la metaidoioplastia, o desarrollo del tubérculo genital, y la faloplastia, por sus todavía medianos resultados, a la espera de una mejora de las técnicas. 

Cuando son ginesexuales, suelen formar parejas muy estables, incluso intertrans, en las que ejercen un papel dominante.
Cuando son androsexuales, pueden sentir una admiración absorbente por los varones, que lleva a querer ser como ellos, a estar con ellos,  audaz, compañero de audacias. Su vida sexual resulta complicada, pero posible, precisamente con estos compañeros, que pueden valorar sobre todo el sexo de camaradería.

Catherine Millot ha creído ver en ellos una tendencia aparente a pasar inadvertidos y entenderse como “hombres grises”, encarnaciones del varón medio. Puede ser que esta tendencia provenga en realidad de la percepción del poder masculino como requiriendo ser indiscutible; su voluntad de poder les llevaría a evitar discusiones en las que pudieran encontrarse en una situación desventajosa. Sin embargo, la evidencia de que algunos trans masculinos no eluden el primer plano, muestra que esta tendencia es sólo cultural.

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ESQUEMA II

=Personas XY muy hipoandrogénicas desde su primera niñez (androgenación), muy femeninas (género); receptivas, pueden desear una reasignación genital o no necesitarla (sexualidad), frecuentemente androsexuales aunque también pueden ser ginesexuales (orientación)

Pueden haber dicho  “soy una niña” o “quiero ser una niña”, desde su primera niñez. Han jugado con niñas y a juegos de niñas. Han tomado como modelos a su madre o a otras niñas o personajes femeninos del cine. Viven la feminidad desde dentro, sin pasión pero con gusto y con realismo.

Han sido a menudo rechazadas o acosadas en el medio escolar. Esto hace que, con frecuencia, según avanza su socialización, intentan corregir su naturaleza y su identidad, esforzándose en ser más viriles, incluso hipermasculinizándose; los impulsos de la pubertad, cuando son muy androsexuales, les ponen en el dilema práctico de cuál es su prioridad,  su identidad o su orientación.

Por ser muy femeninas desde la primera niñez, su identidad es más de género que genital, por lo que pueden contentarse con los efectos desmasculinizadores de la hormonación, sin llegar a la operación (aunque a veces, también pueden desearla)

Siguen un modelo femenino (ser),  que desde su niñez se traduce en  una conducta de género muy femenina y muy natural, a la que puede acompañar o una identidad femenina muy temprana (“soy una niña”), o una identidad neutra, o incluso una identidad masculina, algo desvaída, desde los dos-tres años.

Tienen una identidad femenina tan profunda, que si optan por una seudoidentidad masculina como soporte de su androsexualidad, no dejan de observar cierto distanciamiento respecto a ella, que puede llegar hasta un placer transvestista paradójico al llevar ropas masculinas, que ha sido llamado homovestismo.

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ESQUEMA III

=Personas XY  hipoandrogénicas (androgenación), conductas algo femeninas pero identidades ambiguas (género), receptivas (sexualidad) vagamente ginesexuales, sin llegar al deseo genital o androsexuales (orientación)

Pueden haber sentido adoración por su madre, que les lleva a imitarla casi inconscientemente en gestos, actitudes, palabras… Sus relaciones con su padre pueden ser problemáticas.

Más que una identificación con las mujeres, pueden sentir un desajuste o desidentificación con los varones, un “no quiero ser”. Si su desidentificación llega a lo genital, pueden rechazar fuertemente unos genitales que no entienden y ansiar la operación. Su identidad, una vez operadas, es más genital que de género, por su naturaleza ambigua, por lo que pueden renunciar a veces al cambio de género.

Pueden sufrir un intenso rechazo o acoso escolar, que acentúe su desidentificación con los varones.

Su ginesexualidad puede hacerles sentir una fascinación o Deseo de Fusión con la Imagen de la Mujer.

Con la hormonación y la operación, esta fascinación disminuye, pero el proceso transexual subsiste por su motivación identitaria.

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ESQUEMA IV

=Personas XY mesoandrogénicas (androgenación), conductas no muy femeninas pero identidades femeninas (género),  penetrativas (sexualidad) muy ginesexuales, desde la niñez; Es como una experiencia estética, en la que la orientación se convierte en identidad. Klimt: “Soy color… soy pintor” (orientación)

En estas personalidades, las diferencias de androgenación no son significativas, por lo que las identidades surgen de otra manera. En personas XY no trans, tanto heteras como homo, el amor propio como varones genera una barrera de afectos que impide esta fascinación absoluta; en cambio, en estas mujeres trans, tal barrera no  existe.

Por haber sido aparentemente masculinas, pueden no haber sufrido rechazo ni acoso escolar e incluso haberse incorporado a los juegos con los niños, aunque sin sentir afectos de compañerismo con ellos.

Pueden llegar a operarse como medio de expresar la perfección de su ginesexualidad y llegar a una aparente absorción narcisista en su figura transformada.
 
                                    
La absorción sin límites en la mujer significa que todas las cosas relacionadas con ella le parecen maravillosas y le deparan identidad. La ropa femenina no es una simple necesidad, sino un resplandor. Lo mismo que los juguetes de niña, vistos como encantadores, los únicos que se desea contemplar. El interés por la ropa, seguida con atención, puede llevar a descubrir sus mil matices, toda su expresividad.

La intensidad de la identificación puede producir un deseo de fusión con la imagen de la mujer en el espejo; el verse como mujer suscita una contemplación tranquilizadora, y una necesidad de reflejarse en espejos, escaparates, fotografías, incluso en la sombra,  que es común también en la mujer, pero resulta particularmente frecuente. Puede parecer un narcisismo, una obsesión de la persona por sí misma, pero es un sentimiento más parecido al “yo soy tú”, del amor perfecto.

El espejo se convierte en el hogar natural de la persona feminizante, allí donde se ve como se quiere ver, y las fotografías son los equivalentes del espejo, más objetivables, que se pueden guardar, analizar, compartir y recordar; pero como esta pasión no exime de la soledad, puede llevar a un deseo de la mujer como compañera, que es relativamente fácil de conseguir y de conservar, superando la soledad.

(Es preciso explicar siempre lo que se siente, excluyendo el “esto son chiquilladas, me caso y se me acaban, no tengo ni que contarlo”,  y por parte de la pareja, excluyendo también el “conmigo se le pasará”; dos aspiraciones que no son realistas, porque es una realidad estructural, estable)

La feminidad como aspiración puede suscitar un alejamiento paterno, o la exclusión y acoso por parte de los compañeros varones; esto puede generar en estas personas también una reacción muy femenina: la necesidad de ser querida y valorada, el deseo de ser bella para ser aceptada.

La hormonación/operación puede colmar su necesidad identitaria, pese al descenso de su libido (Anne Lawrence), porque no es sólo cuestión de libido, sino también identitaria; lo puedo constatar en la historia de una amiga, operada, que sigue ansiando la felicidad en la compañía de una mujer, aunque su ideal es permanecer junto a ella, sólo tomada de las manos; pero otras veces, cuando se desea sobre todo llegar a la plenitud de la fusión mediante un orgasmo, se puede constatar que es menos fácil que antes, y lamentar profundamente haberse operado. 

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Se trata por tanto de personalidades cercanas, pero distintas de las que actualmente se llaman feminófilas y antes transvestistas, que afirman su identidad masculina hetera y no piensan desde luego en hormonarse ni operarse, recurriendo sólo a técnicas cosméticas, de resultados a veces espectaculares pero voluntariamente efímeros, que se desvanecen como figuras de arena en la playa.

La diferencia entre feminofilia y transexualidad ginesexual está en la presencia, en la feminofilia, de una suficiente identidad masculina o afinidad con los semejantes, en este caso los varones,  que forma una barrera identitaria que impide justo el deseo de fusión con la mujer; y en la transexualidad ginesexual,  de un  vacío más o menos intenso de identidad masculina; tal barrera faltaría, la masculinidad no sería valorada, llegándose incluso a la androfobia. 

Son muy diferentes las perspectivas de feminofilia y transexualidad ginesexual; para la primera, las derivadas de una masculinidad hetera, que si realizara una operación de genitales se sentiría mutilada; la segunda pudiendo ver la operación de genitales como fusión deseada con la Imagen de la Mujer. Si en una persona concreta fuere difícil distinguir una de otra, sería necesario ser muy prudente en cuanto al paso quirúrgico, porque no se llegará más que efímeramente al éxtasis esperado.

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Esta serie de esquemas está abierta, especialmente en lo relativo a los hombres XX, a quienes conozco menos.

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Estadísticamente, en mi grupo de amigas y conocidas más cercanas, en España, formado por 31 mujeres trans (4 de ellas extranjeras), 15 son androsexuales y 16 ginesexuales, casi mitad y mitad, a diferencia de los estudios anglosajones, que dan una gran mayoría a las ginesexuales. De las primeras, 10 son operatorias,  dos tercios, y de las segundas, 5, sólo un tercio. Con estos datos, ya empiezan a vislumbrarse por lo menos frecuencias y actitudes ante la operación.

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En una novela, de la que desgraciadamente no guardo en la memoria el título ni el nombre del autor, italiano, se manifiesta una parte de este sentimiento de una  manera muy bella. Un adolescente está enamorado de su prima. En un carnaval, buscando un disfraz, sube al cuarto de ella, busca en su armario, y encuentra uno de sus vestidos. Se lo pone y se mira en el espejo y en ese instante ve en él la imagen de su prima, pues se le parece mucho.

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(Certezas y dudas)

En cuanto a la certeza de ser, o querer ser, o no ser, o no querer ser, la mayor duda puede darse cuando se observa que la orientación discrepa de la identidad, en un esquema binario. Se supone, dentro de este esquema, que si yo soy mujer tienen que atraerme los varones y si soy varón tienen que atraerme las mujeres. Pero si salimos de ese esquema y entramos en el terreno de lo no-binario constatamos que este esquema no es válido siquiera para los varones y mujeres por asignación, que pueden ser gays o lesbianas, y mucho menos para trans, cuya estructura afectiva es mucho más compleja.

Socialmente resulta más fácil explicarse a sí mismo como gay o lesbiana, pero yo prefiero decir, con mayor precisión, hombre XX androsexual o mujer XY ginesexual, porque las estructuras de los sentimientos son diferentes.

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Para menores XY variantes androsexuales y XX variantes ginesexuales puede no haber apenas dudas en el subperíodo de su niñez, sobre su identidad. Son tan femeninas o masculinos que para sí mismas o mismos o para sus familias o compañeros de colegio es evidente lo que sienten.
 
Sin embargo, la llegada a la pubertad suele producir dudas acerca de si es prioritaria  su orientación, y vivirán como gays (“yo me siento mujer, pero no necesito vivir como mujer”), o su identidad, viviendo como trans femeninas. Factores de esta duda pueden ser la conciencia de mayores dificultades para el amor de los hombres como trans que como gay, o la de las mayores complicaciones que se encuentran en la vida de trans.

Esta duda sólo se puede resolver mediante la práctica. Puede dar lugar a muchos aparentes desistimientos, como explico en el siguiente apartado, o fases de negación de la transexualidad, que me parece que irán, en su mayoría, seguidos por una negación de la negación, o retorno a la primera identidad.

Para la inmensa mayoría actual, que no hemos transitado en nuestra niñez, la duda está en cuándo salimos del armario. La respuesta empírica que puedo dar es la que dio un querido amigo a sus propias dudas sobre el armario homosexual: cuando la necesidad de salir te hace decir un “¡basta ya!”

Esta decisión es la única que puede poner audacia junto a la necesaria prudencia. 

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La hormonación también puede crear muchas dudas. Pero se pueden resolver si se la ve como un ensayo general, pero que durante mucho tiempo es reversible. Las dudas pueden darse en cuanto a la subsistencia de la libido y los orgasmos, que efectivamente disminuyen aunque no hasta cero. Experimentar con la hormonación supone la experiencia personal sobre si se acepta esta evolución de la sexualidad o se para o se modula (según técnicas selectivas sobre el tipo de hormonación que ya se emplean)

La hormonación debe hacerse siempre bajo supervisión médica. Es inútil y contraproducente la automedicación, sobre todo en grandes dosis, cuando el exceso de hormonas no es asimilado por el cuerpo, como el exceso de azúcar queda sin disolver en el té o el café; pero este exceso puede fatigar excesivamente al hígado. Por otra parte, el equilibrio endocrinológico de cada persona es sutil: una amiga desarrolló, en medio de su transición, un exceso de prolactina, una hiperprolactinemia; su médico interrumpió de momento la hormonación, corrigió la hiperprolactinemia, y siguió adelante.

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Las decisiones sobre la cirugía de genitales son las que deben meditarse más. Hablo de ella aquí, en la medida en que hay menores que la desean, aunque creo que, en general, deberían esperar hasta comprobar su necesidad.

Puede hacerse un experimento mental: Supongamos que puedo operarme, pero me ponen la condición de que tengo que irme después a vivir en una isla desierta el resto de mi vida. ¿Lo haría?

La respuesta “sí” indica que la primera motivación es completamente personal, de que “lo haría sobre todo por mí”, fuera de cualquier consideración social. Esto permite despejar dudas, pues se puede comprobar que la voluntad de operación es firme, entendida como una adecuación a los propios sentimientos, no como una mutilación.

La respuesta “no” en cambio aconseja no operarse, puesto que las consideraciones sociales pueden ser fluctuantes y, en cambio, se emprendería un cambio corporal no deseado por sí mismo, que podría  sentirse en el futuro como una mutilación.

La respuesta “sí” la dan también las personas que, no pudiendo permitirse el cambio de género por cualquier circunstancia social (hijos en la adolescencia, responsabilidades económicas, etcétera), emprenden sin embargo la operación, que será por tanto conocida sólo por ellas mismas, y entendida como el mínimo suficiente. Yo misma hubiera emprendido esta operación de no poder cambiar de género, como temía, y hubiera significado una profunda alegría para mí, muy equilibradora; esa circunstancia  permite comprobar además que para las personas que sentimos así, el cambio de genitales es mucho más importante que el cambio de género.

Equivale también a estas cuestiones otra, que corresponde a las dudas reales de muchas personas trans (aunque la realidad es más suave) : ¿Estarías dispuesta a operarte si supieras que perderías todas las posibilidades de orgasmo; o si supieras que ibas a perder la libido absolutamente?

La respuesta “sí” indicaría que la voluntad de ablación genital prepondera incluso sobre el deseo. Insiste en la idea de que, cuando se siente, esta voluntad está por encima de cualquier otra consideración, incluso sobre la propia vida, con frecuencia arriesgada mediante la mutilación (yijras de la India)

Cuando se insiste en las dudas sobre este punto, me parece que se está expresando una voluntad presionada socialmente y que no la desea por sí misma, personalmente. Que voluntad personal, sea cual sea, es lo más importante en las transiciones trans. Es la que puede permitir sentir que se está haciendo lo que se desea y la que puede dar esa sensación de paz y bienestar que produce la experiencia trans. Es estrictamente no-binaria, como toda la transexualidad es no-binaria, está fuera del Código de Género que manda que sólo se puede ser hombre o mujer por asignación externa, no por decisión interna.











jueves, 24 de abril de 2014

Androfobia y genitofobia



Al despertarme, tarde, poco después de las doce y cuarto, después de una noche desvelada, y un duermevela en el que pienso una y otra vez que, junto a la “a” y la “o”, la “e” es la mía, comprendo que los sentimientos que me definen sexualmente son, hacia los varones que no me quieren, la androfobia, y desde mi pubertad, la genitofobia, sin excepciones, incluso hacia las mujeres.

En una persona intersexual conductualmente, como soy yo, es natural una afectividad singular, que no se explique con arreglo a los modelos mayoritarios; sin embargo, educada en una cultura binarista, he querido entenderme binaristamente como varón hetero o como mujer hetera, por lo que he tardado hasta los 73 años en comprender que mi manera de ser no es de varón, ni de mujer, ni siquiera de persona ambigua o intermedia, sino completamente diferente.

Androfobia y genitofobia dan sentido a mis recuerdos. Debajo de ellas, que son sentimientos, efectos de algo más profundo, hay una naturaleza femenina conductual, derivada de que mi madre tuvo que tomar un estrógeno muy fuerte para que yo llegara y no me muriera.

De mi relativa feminidad no tuve conciencia en mis primeros años (llorica, lánguido, actitudes que eran mías, pero a las que no le di nombre), por tanto no generó una identidad femenina, pero me costó la desafección de los varones, a la vez que los rechazaba, mientras resplandecían como refugio afectivo la adoración hacia mi madre y la admiración incondicional hacia mi padre. Y el cariño hacia otros hombres que fueron buenos conmigo.

Tengo recuerdos de choques morales, una verdadera aversión hacia los varones desde los cuatro años, luego desde los siete, cuando salí del ámbito familiar y, sobre todo, desde los doce, cuando empecé a tener conciencia de la genitalidad masculina y a rechazarla en ellos y en mí; la extrañeza por mis genitales, el deseo de verme libre de ellos, empezaron a definirse en mi conciencia; no la formación de unos genitales femeninos, sino la pura emasculación.

Y en ese momento aparece ante mí la imagen de una mujer con pecho lleno, envuelta en una combinación somera, y me digo con ansia: “Quiero ser como ella”.

Y veo al hombre a quien ella mira y le fascina y a mí me gusta, pero no me fascina, y me digo: “Quisiera amarlo”.

Por tanto, no me ajusto a las formas mayoritarias de masculinidad ni de feminidad, ni a las homos, ni heteras, ni tampoco a las de las trans femeninas que han podido afirmar su naturaleza y su identidad desde pequeñas; soy trans porque he apartado mis genitales y porque anhelo una identidad femenina en la que pueda desear a los varones, aunque no lo consigo del todo.