domingo, 24 de enero de 2016

PSICOLOGÍA DE LA FEMINOFILIA

Kim Pérez

Feminofilia es una palabra que me parece que ha surgido en el ámbito lingüístico hispano; significa “amor a la mujer” en un contexto transgenérico. Con mayor precisión, le corresponde la palabra autoginefilia, que en el ámbito científico significa, empezando por el final, “amor a la mujer dentro de sí”, empleada por Ray Blanchard, psicólogo clínico, en 1989.

Para muchas personas XY en especial resulta muy difícil adaptarse a la masculinidad ambiental. Esto puede suceder porque algunos temperamentos, incluso masculinos, se consideran incompatibles con una masculinidad excesivamente competitìva, acometedora o ruda, dominadora, darwiniana, que nuestra cultura ha establecido como ideal, hasta normativo, castigando a quienes no lo quisieran o pudieran seguir.

O también, tristemente, porque a veces ha habido menores que, en una edad crucial, se han visto enfrentados con el modelo paterno, porque les haya negado su aprecio o incluso les haya maltratado. Encontrando siempre una precariedad en el sentimiento de su masculinidad, o incluso un rechazo muy profundo.

La identidad feminófila está encabezada por un “yo no quiero ser”. Lo masculino se rechaza como una parte de la realidad, que se descubre de pronto, que es muy desagradable, y que para colmo, está en la misma persona, pareciendo incluso que constituye su ser a los ojos ajenos.

Y sin embargo el indefinible olor de los andrógenos, las feromonas masculinas cuando llenan el aire, las bromas masculinas, los gestos masculinos, resultan profundamente repulsivos. Se siente que no deberían existir. No deberían estar incluidos en el Universo. La persona feminófila es lo contrario de un homosexual, aunque puede aceptarlo en la medida en que es menos masculino.

El yo profundo de la persona trans feminófila se siente ajeno a su propia naturaleza masculina, como si tuviera que navegar en una nave que rechaza. Es una experiencia profundamente humana. La puede entender sólo quien sepa que su yo que mira es distinto de su yo corporal, lo que su yo mira.

Es como una experiencia de sorpresa. Se ve con distanciamiento no sólo el propio cuerpo, sino los sentimientos que nacen de ese cuerpo, los rasgos temperamentales, por ejemplo, los instintos sexuales. Se ve que emerge de él una personalidad masculina, pero desde el centro del propio ser se rechaza esa personalidad.

Hay una realidad humana que es la distancia con los propios sentimientos. Muchas veces éstos nos sorprenden y nos extrañan. Nos vemos sintiendo lo que nunca podríamos haber pensado que sentiríamos y podemos juzgar esos sentimientos, como aceptables o como inaceptables.

Esta distancia es la que objetivamente separa el yo del cuerpo. Yo tengo plena conciencia de mi subjetividad, de mi pensamiento que ahora veo funcionando, pero no tengo plena conciencia de mi corporalidad, Siento sus efectos en un centro de percepciones que está cerca de este yo, que siente bienestar o malestar, placer o dolor, lo que se ha llamado el sentido interno, pero lo desconoce todo acerca de sus procesos propios.

El cuerpo es una máquina maravillosamente diseñada, que podemos llevar aquí o allá, de la que podemos servirnos, a la que podemos mandar dentro de ciertos límites, pero distinta de mí. En este momento estoy respirando, pero no sé qué estoy haciendo para respirar, desconozco los procesos químicos que se están produciendo y cómo se producen. He aprendido que tengo bazo, estará funcionando, supongo, pero no sé lo que hace. Veo aparecer en mí algunos sentimientos sexuados, no veo aparecer otros, y no sé por qué.

En este caso, como suponen una interrelación extensísima con otras personas, que constituye la base de mi ser social, puedo saber si me gusta o me disgusta lo que veo aparecer en mí. Veo sentimientos masculinos (como otras personas ven aparecer sentimientos femeninos) y los rechazo (como otros yoes pueden rechazar los femeninos)

Este rechazo surge de más hondo que la experiencia biográfica, con sus altos y bajos. Puede surgir en edades muy tempranas, cinco años, por ejemplo. Puede no haber factores previos, sucedidos que contar. De pronto, se mira hacia un niño de la misma edad, y resulta desagradable, repulsivo. Puede ser una experiencia intermasculina, básica, del equipamiento de fábrica con el que venimos, pero yo, quien miro, al conocerla, puedo decirme: “Yo no quiero ser así”. No es que el niño me haya hecho nada, no me ha pegado ni amenazado, es simplemente que no quiero ser como él, verme como él, que los demás me vean como él.

Es como si tuviera que reencarnarme, viera cómo puedo ser con un cuerpo determinado que todavía no tengo, y me dijera que no quiero tener ese cuerpo.

La palabra ser, en el sentido de verme con un cuerpo determinado, no se me aplica, porque yo no soy ese cuerpo, sino que tengo ese cuerpo. Las personas feas, tullidas, deformadas, saben de lo que estoy hablando. Son distintas de su cuerpo. Quienes las ven, a menudo se asombran: “¡Qué hermosa es por dentro!”

Por tanto, estamos hablando del centro de la condición humana y las personas trans feminófilas participan de él.
¿Por qué aceptamos o no aceptamos nuestro sexo? La mayor parte de las personas lo aceptan sin dificultad y hasta con gusto. Las personas feminófilas, no. Las personas feminófilas se sienten extrañas hasta con sus sentimientos. No es cuestión de afinidades o desafinidades entre sus sentimientos y los de otras personas, porque pueden tener sentimientos masculinos, pero no los aceptan. Puede ser que tengan también una diferencia entre sus sentimientos masculinos y los de otras personas, por ejemplo, la que nace de un sentimiento de ambigüedad, pero entonces ya no se trataría de un sentimiento de feminofilia pura, emparejado con otro de androfobia pura, sin paliativos.

Porque es verdad que en los hombres heteros suele haber un sentimiento de fuerte compañerismo con otros hombres, fundamento paradójico de su heterosexualidad porque se empareja con otro de extrañeza ante la mujer, de no compañerismo con ella, y de desearla justamente en su diferencia. Aprecian a los varones y desean a las mujeres. El primero de estos sentimientos no existe en las personas feminófilas.

No estoy hablando de que en ellas se intente dar la primacía a la voluntad sobre el ser, o pensar en lo que se quiere por encima de lo que se es, porque estoy hablando de dos niveles del ser, uno interior y otro exterior. Cada cual, entre los humanos, es algo y está en algo. Los humanos somos en el fondo seres sin circunstancias, conciencias puras, pero estamos en medio de  circunstancias espaciotemporales, biológicas o psicológicas.        

Puesta en lo que se es por dentro, la persona feminófila sabe que no quiere o no puede ser por fuera lo que es ni siquiera lo que siente. Mientras sólo puede decir “no quiero ser”, se encuentra sin consuelo, porque no podemos establecernos sólo en un no, y necesitamos encontrar un sí.

El recurso feminófilo consiste en la adopción del modelo femenino o materno, ya que el masculino o paterno está muy dificultado o imposibilitado en la práctica. Esta traslación del querer ser es en principio sólo la búsqueda de unas circunstancias en las que arraigarse.
 
Pero a continuación, o quizá inmediatamente, como consecuencia y no como causa, viene el placer. Éste puede venir por un automatismo biológico. En la mayoría de las personas XY la imagen de una mujer causa placer y cuando está más cerca, causa excitación. La fusión con la imagen de la mujer es una forma de cercanía imaginada, y por tanto, puede excitar. Pero el orden no es primero excitación y luego fusión, sino primero necesidad afectiva de fusión y luego excitación.

Por todo eso digo que la feminofilia tiene una función adaptativa; busca una adaptación mejor para sobrevivir ante estos conflictos, cuando llegan a ser graves. En este sentido, la feminofilia tiene un valor objetivo.

La intensa presencia del placer en la feminofilia puede preocupar en la medida en que fuera su principal contenido y por tanto pudiera atrapar a la voluntad como una adicción. De hecho, Ray Blanchard, psicólogo clínico pero no transexual ni feminófilo, ve este placer por fuera, en su sola apariencia, sin conocer por dentro las causas que llevo expuestas, y la considera una parafilia, es decir, un estímulo del placer sexual distinto del atractivo humano, como puede serlo el fetichismo (y de hecho, añado yo, las parafilias suelen ser adictivas) Y no es así, aunque en sus momentos iniciales y, sobre todo, en la soledad, puede serlo pasajeramente.

Hay placer en la feminofilia, pero no sólo placer. Hay también amor, deseo de la mujer, y ese verdadero amor puede estar lleno de ternura y de deseo de compañía mutua. Blanchard yerra cuando ve la feminofilia sólo como una parafilia, es decir como un estímulo erótico distinto del humano; yo creo que es un sentimiento unificado que puede empezar por ese automatismo que al establecerse como hábito lo refuerza y que culmina en el amor de compañía y de ternura mutua.

Pienso en personas a quienes conozco, con historias casi arquetípicas, pero reales. Una de ellas está permanentemente dolorida por el recuerdo de su padre, maltratador, muy refugiado en su madre, queriendo ser físicamente como las niñas desde los tres años, fascinado siempre por la ropa de mujer y muy amante de la mujer; este amor le permitió casarse, tuvo hijas, a las que quiso y no tuvo afortunadamente hijos, porque no hubiera podido quererlos; y su esposa le permitía el transvestismo en la casa; vivía equilibradamente y amantemente.

Pero el fin de su matrimonio, por otra razón, el apartamiento de sus hijas, le dejó a solas consigo misma, y en esta soledad la fascinación de la fusión con la imagen de la mujer actuó unilateralmente; decidió vivir como mujer y buscar así otra pareja, declarándose lesbiana, aunque su experiencia fuera tan distinta de las experiencias lésbicas; se operó, con esta esperanza, cuidó cuanto pudo su arreglo, su ropa, esperando que fuera fácil. Pero consiguió sólo frustración, a lo largo de diez años. Sin embargo, su historia es sencilla como historia de amor, porque desea sobre todo compañía, una plenitud casi extática en la que pueda gozar de un acompañamiento constante, la mano en la mano.

Esta historia no merece el nombre de parafilia. Hay más amor en ella que en muchas historias heteras. Y en los brillantes ojos de mi amiga, al ver a una mujer en la que ponga sus expectativas, entiendo ahora otros amores trans que he conocido, en los que una persona vive con tal amor la compañía de su mujer, que puede renunciar al deseo de hormonarse del todo, con tal de conservar la capacidad de unión corporal, que es lo único que ella le pide. O el de otra amiga, que después de su transición social, que fue demasiado para su esposa, sigue esperando pacientemente, año tras año, que su esposa vuelva a su lado, sin plantearse otra compañía.

En una forma que ha actuado como un mito colectivo, la historia de “La chica danesa”, Einar/ Lili, una historia feminófila, empieza por un momento de amor y termina en un momento de amor. El factor común de todas estas historias es un “quiero ser como tú”, que a veces, como en ésta última, puede ser aceptado.

Pero estamos hablando de un sentimiento de fusión que debe ser mantenido perfectamente lúcido para no ser contraproducente. Es verdad que su relación con el placer lo puede hacer literalmente enloquecedor, confinando a quien lo siente en su soledad.

Frente a la capacidad de amor que puede generar, amor de afinidad, no de complementariedad, puede quedar sólo en una experiencia personal. Un placer de sujeto, no de objeto. La dificultad de la relación XY y XX se ve minimizada en el plano de la fantasía sexual por una imagen de mujer que puede crearse inmediatamente, con sólo vestirse y arreglarse y aunque la persona permanece consciente de que es una imagen de sí misma y por tanto no la libera de la soledad, puede entretenerse con mecanismos narcisistas, tales como contemplar su cuerpo en el baño durante horas (lo cuenta Kathy Dee) o salir a la calle para ser mirada y admirada, cuando le es posible, o poner sus fotografías en las redes sociales o, más sencilla y mejor, compartir su nueva imagen en la compañía de amigos y amigas, riendo y charlando durante horas.

Vemos que en el proceso feminófilo se entra a menudo en un terreno imaginario, equivalente al de los mundos creados por la literatura y los juegos de rol.

En él, el impulso sexual, el deseo de gustar, el placer que produce, procura crear una imagen de mujer muy idealizada y a pretender que sea la imagen interior de quien la sueña. Lo primero se consigue con una práctica de arreglo, maquillaje, cambios en la corporalidad, cirugía genital o estética, lo segundo, afirmando una feminidad perfecta, que sólo haya tenido que liberarse para eclosionar. Pero ambos propósitos suponen una tensión continua, y una sensación de amargo fracaso en la medida en que no se consigan por el reconocimiento ajeno, sobre todo.

Puesto que la feminofilia es un intento de mejor adaptación, estos resultados serían deficientes a estos efectos. Pero es posible liberarse de esas angustias y mantener la esperanza buscando en todo momento una compañía real, una amistad por lo menos y un amor cuando sea posible, y en este caso, estar dispuesta a afrontar los sacrificios que el propio amor compense.

Por eso creo que limitar la experiencia feminófila a la sola racionalidad del análisis de Blanchard es poco. Vale la pena pensar que la lógica de un discurso puede limitar su alcance según su capacidad de expresión de la realidad.

Un discurso científico puede aportar determinadas informaciones, poner orden en ciertos hechos. Blanchard lo consigue, estableciendo, no sin un gran esfuerzo teóricopráctico, la primera clasificación de la experiencia trans de acuerdo con la orientación, y obteniendo dos categorías que, corrigiendo su vocabulario, son las de las personas MaF que aman a los hombres y las que aman a las mujeres. Pero estoy segura de que el lenguaje científico no puede dar cuenta de los matices de la realidad que he expuesto, y sin embargo son decisivos a la hora de valorar la experiencia feminófila en su conjunto.

El discurso de Blanchard es también matizado, en cuanto que distingue cuatro tipos de autoginefilia, la transvestista, la conductual, la fisiológica y la anatómica, según el énfasis que se adopte en la fusión con algunos u otros aspectos de la vida de la mujer, siendo la anatómica la que más lleva a la reasignación de sexo; por tanto, las diversas modalidades de la autoginefilia no corresponderían a una intensidad menor o mayor, cuantitativa, de la transvestista a la anatómica, por ejemplo, sino a la diferencia cualitativa del centro de la fantasía.

Es muy útil para valorar el punto de partida y cabe discutirlo racionalmente. Me parece que es posible introducir medidas cuantitativas en las diferencias cualitativas, de manera que se pueda distinguir el transgenerismo (transvestismo) ocasional del permanente, o las modificaciones corporales a las que se aspira, desde la hormonación menos o más extensa, a la orquidectomía, la emasculación o la reasignación genital.

Ha hecho suyo este discurso una persona transexual, la Doctora Anne Lawrence, que acaso lo valora precisamente por una crudeza que permite una claridad mayor sobre la propia experiencia y liberar los ojos de los sueños. Pero tengo que decir que, una vez despiertos, la realidad puede ser aceptable.

Sin embargo, volviendo a mis argumentos sobre la estructura del yo, dividido en yo interno y yo externo, puedo decir que una cosa es el “no quiero ser” y otra el “quiero ser”, y dentro de ésta segunda, una es el “puedo ser” y otra el “no puedo ser”; o una cosa es desear y otra que el deseo se haga realidad. Si yo me encuentro con la circunstancia de que soy fea, es natural que desee no ser fea, y puedo conseguirlo o más frecuentemente, no puedo conseguirlo.

Analizando la feminofilia en estos términos, una cosa es decirme “no quiero ser varón” y otra el “quiero ser mujer”, pero puesto que ser varón o mujer es una condición biológica que configura nuestro cuerpo y en él nuestro cerebro, sé que podré transformar mi apariencia corporal pero no mi condicionamiento cerebral. Mi misma feminofilia, mi deseo de ser mujer por mi amor por la mujer y mi repudio hacia el varón, es resultado de mi condicionamiento.

En este sentido, y mientras no sepamos cómo transformar el condicionamiento  cerebral, no sería posible pasar del “yo no quiero ser” al “yo quiero ser” y luego al “yo soy lo que quiero ser”.

Supongo que la solución que está al alcance de las personas feminófilas es tomar en cuenta todos los términos de esta secuencia.

Primero, “yo no quiero ser”, con plena conciencia del significado de este decir yo, sólo esa conciencia, distante de toda circunstancia, desnudo de cualquier adjetivo, casi como un asceta diciendo yo; y del significado de lo que no quiero, apareciendo a los propios ojos con toda nitidez como que es la masculinidad lo que no quiero ser y por qué no quiero serlo.

Segundo, “yo quiero ser”, mirando también con plena conciencia que quiero ser mujer, y del por qué, sabiendo que en primer lugar es lo que pretendo para encontrar un refugio a mi “no quiero ser” y en segundo lugar es un refugio en lo que amo.

Pero, paradójicamente, amo esto por lo que hay en mí o tengo de biológico, la masculinidad biológica atraída por la feminidad. Por tanto, debo asumir esta paradoja, por su valor de refugio.


Tercero, “yo soy lo que quiero ser”, equivalente a “yo quiero ser lo que soy”, asumiendo que en esta frase está contenido primero ese yo desencarnado y después, que ha llegado a ver lo que es, distinto de la masculinidad y no conseguirá ser una mujer como cualquiera sea, sino que acepta estar en una estructura sexual muy peculiar, que le concede justamente distanciarse de cualquier estructura sexual y ser humano e independiente, lo que, a mi entender, es dar un paso más en la condición humana. 

La feminofilia empieza por un sentimiento, que puede venir de causas menos o más fuertes y tener modulaciones de menor o mayor intensidad.

La menos intensa deja sitio para una identidad masculina, hetera, y para formas de expresión periódicas, que se entienden a veces como personalidades dobles y nombres dobles; lógicamente, creo que es mejor entenderse como una personalidad única, masculina, hetera y feminófila.

La feminofilia puede integrarse en esa única personalidad como un desahogo periódico de tensiones profundas que no son en su origen eróticas o sexuales, sino que guardan relación con ajustes o desajustes sociales, con rituales que simbolizan la voluntad de supervivencia en un medio hostil, incluso de fuertes traumas, y que sólo derivadamente tiene una función de estímulo sexual.    

No deja de ser hermosa la personalidad de un varón, expuesto en su niñez a fuertes sufrimientos, que los supera asumiendo la ropa de las mujeres, como seres también vulnerados. Quizá este significado esté latente en las mujeres que están dispuestas a amarlos, acaso a cuidarlos, acaso como representación humana de su propia voluntad de supervivencia.

El varón visto como compañero de experiencia humana, no como dominador en un plano todavía animal. Y ese compañerismo, representado por la falda.

Esa unión supone la sinceridad previa. A veces, por temor a perder a la mujer que ha llegado a la propia vida, o por la confianza en el propio amor, o por las dos cosas, quien tiene sentimientos feminófilos se ha dicho “Esto, me caso y se acaba”, y creo que no se acaba, porque forma parte de la estructura emocional de la persona; otras veces, se ha dicho, pero la mujer ha respondido: “Esto, con mi cariño se acaba”, lo que resulta también una confianza irreal.

Otras veces es verdad que la misma estructura de la personalidad de la pareja le hace no encontrar la manera de seguir adelante, y es frecuente que las parejas se deshagan, incluso habiendo un cariño real.

O puede ser que una negociación permita una convivencia (un poco triste), pero también es posible que la mujer encuentre razones emotivas e incluso de deseo para seguir adelante en esta relación.

Cuando los sentimientos feminófilos son más intensos, pueden dar lugar a un cambio permanente, y a una hormonación u operación (o varias formas de hormonación y varias formas de operación, como la estética de los caracteres secundarios, o la orquidectomía o la emasculación o la de reasignación genital)

Pero veo la feminofilia periódica y la permanente como dos variantes cuantitativas del mismo continuo, no como hechos cualitativamente distintos, no están separados de manera radical, no forman parte de conjuntos cerrados a los que se pertenezca “sí o no”, sino a un conjunto difuso, al que se pertenece “más o menos”.

Todo lo que he dicho de la relación con una mujer real, se aplica aquí, con mayor fuerza. Es una cuestión mayor, porque una persona feminófila se define por su amor a la mujer.

En éste, puede llegar a priorizar su orientación sobre su expresión; si hay un amor muy profundo, es posible sacrificar la expresión feminófila; incluso se puede decir que ésta es más necesaria cuando falta ese amor, aunque esa llama de los sentimientos puede velarse hasta sólo por la rutina, por lo es conveniente hablar siempre de la propia realidad.

La frustración de las experiencias reales de amor no sólo puede generar la expresión feminófila, sino darla por terminada, amargamente, entrando en una fase de asexualidad triste: “Ya no me interesa ser mujer”, ya no quiero seguir soñando con esa fusión con la mujer.


Al contrario, cuando la suerte es favorable en todo ello, la experiencia puede ser exultante, no sólo se ama a la mujer, sino que es posible fundirse con ella, en un “yo soy tú”, lleno de música y de campanadas, pues resuelve dos aspectos de la personalidad, el deseo de la mujer y la necesidad de una identidad. 

viernes, 22 de enero de 2016

TSX-F. ESQUEMA DE CLASIFICACIÓN DE LAS PERSONALIDADES TRANS FEMENINAS


Kim Pérez


(Hipótesis fundamental)

La clasificación de las personas transexuales feminizantes ha sido hecha hasta ahora con un criterio cualitativo, la  orientación (Blanchard), fácil de establecer muchas veces con una sola pregunta, que resulta en la práctica muy útil para entender la conducta de las mayorías y hacer previsiones, aunque da resultados binaristas de ginesexualidad y androsexualidad, que resultan cortos para las minorías. Lamento los calificativos inconsiderados usados por Blanchard y su escuela, porque no afectan a la utilidad de su sistema.
Este estudio pretende afinarlo aplicando un criterio cuantitativo previo, el grado de androgenia prenatal, todavía sólo observable indirectamente por medio de la conducta sexuada; es más complicado, pero permite comprender al menos tres variantes, relevantes en la práctica, que tipifico así: dos de ellas son de origen biológico y una de origen biográfico; las dos primeras se distinguen por una hipoandrogenia conductual más ligera y una hipoandrogenia conductual más intensa; la tercera,  por una mesoandrogenia conductual y un condicionamiento postnatal.
Se llama hipoandrogenia, término biológico todavía poco usado, a los niveles de andrógenos inferiores a los habituales en personas XY que generan una mayor indefinición de los caracteres masculinos y la consiguiente mayor definición de los caracteres femeninos. Este hecho produce conjuntos difusos de sexogénero, puesto que tiene que ver con un “más o menos”. Cuando se establece en la edad prenatal, puede ser la causa de situaciones corporales “más o menos” intermedias entre los parámetros más habituales de feminidad/ masculinidad, a veces en el cerebro, a veces en otros órganos. Cuando se trata de una hipoandrogenia cerebral puede generar conductas sexuadas hipoandrogénicas, referidas al género, y/ o la orientación, y/ o la identidad y/ o la genitalidad.
En la existencia humana, estas variantes de origen biótico se expresan “más o menos” según las experiencias biográficas, que pueden ser tan fuertes, que hay variantes conductuales externamente parecidas cuya génesis es sólo biográfica.
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U. Hartmann, H. Becker y C. Ruefer-Hesse, en 1997, aventuraron que la diferencia de orientación no fuera relevante, y que en cambio lo fuera la diferencia de respuesta narcisista a las cuatro dimensiones que establecía el “Inventario de Narcisismo”, de la Universidad de Hamburgo: “ego amenazado”, “ego narcisista clásico”, “ego idealista” y “ego hipocondriaco”. Aunque me parece que esta idea no es útil ni práctica para determinar la causalidad primaria, lo es para describir  importantes causas secundarias. Lo discuto al pie de este texto.
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Presento en este esquema tres abstracciones, formadas mediante la observación de elementos comunes en distintas personas, sobre una muestra de más de veinte personas, con quienes me une una buena amistad y conocimiento mutuo

(Conjunto I: Andróginas)

=Causas biológicas: Hipoandrogenia conductual moderada, con elementos suaves de ambos sexos. Puede haber alguna ligera intersexualidad fenotípica (hipospadias, gónadas no descendidas, etc) Se puede hallar reacciones defensivas narcisistas por “ego amenazado” y/o por “ego idealizado”. Como la neutralidad es no/masculina, puede haber dificultades con el modelo paterno y mayor afinidad con el materno.
=Identidad personal: Masculina ambigua o andrógina.
=Sentimiento identitario dominante: Desidentificación hacia varones heteros, androfobia (“yo no soy así” o “yo no quiero ser así”), más fuerte que la identificación o afinidad con la mujer.
=Homoafectividad: Hacia varones ambiguos, poco androgénicos.
=Preferencia de ropa: Masculina ambigua.
=Apreciación social externa: Algo femenina o ambigua.
=Test de los Reyes Magos: Juguetes y juegos tranquilos, masculinos pero no competititivos ni físicos, a menudo solitarios.
=Erotismo: Fantasías de autosumisión/ protección, que llevan a una feminización; o fantasía de “feminización forzada”, en la que otra persona induce una feminización que luego se acepta y se hace estable.
=Orientación: Ginesexual difusa, más estética que sexual. A veces, puede intentarse una androsexualidad performativa, no espontánea para confirmar la propia relativa feminidad.
=Sexualidad: Pasiva, de dejar hacer, amante de las caricias.
=Genitalidad: desajuste con la masculina, por extrañeza, inadecuación, androfobia, que lleva a la hormonación desactivadora, a veces suficiente, o a las operaciones (orquidectomía, emasculación, vaginoplastia), compulsivamente sentidas como adecuación, no como mutilación.

Desarrollo: Forman este conjunto quienes son conductualmente muy intersex o andróginos, estando por tanto más o menos lejos de los dos extremos del binario hombre/mujer. Su erotismo hacia la mujer o el varón es poco definido. Como nuestra cultura es binarista, intentan situarse dentro del conjunto mujer, pero encuentran que no pueden entenderse como hombres ni mujeres, lo que les causa incertidumbre y sufrimiento hasta que encuentran la manera de afirmar su naturaleza andrógina.

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(Conjunto II: Feminizantes)

=Causas biológicas: hipoandrogenia conductual intensa. No suele haber intersexualidad fenotípica.
=Identidad personal: femenina o feminizante; identificación con la mujer como constatación realista, reflexiva, no erótica, no compulsiva; se trata de una identidad de género más que de sexo.
=Sentimiento identitario dominante: “Soy femenino” o “soy una mujer” (hay una gradación entre ambas formas de identidad) Suele haber una fase de fuerte autorrepresión, conductas performativas hipermasculinas.
=Homoafectividad: Hacia mujeres; elección de mujeres como modelo de vida.  
=Preferencia de ropa: femenina.
=Apreciación social externa: muy femenina.
=Test de los Reyes Magos: juegos con niñas, con muñecas o cocinitas, etc
=Erotismo: Fantasías con varones.
=Orientación: Androsexual fuerte y definida; tras la pubertad, la orientación suele priorizarse sobre la identidad; el amor por el varón y el cuerpo masculino generan una autoandrofilia; “me siento mujer, pero no necesito vivir como mujer”; alta desistencia (+de un 80% ) de la identidad  femenina de género; son necesarios  estudios sobre “desistencia de la desistencia”.
=Sexualidad: Por ser el carácter feminizante más de género que de sexo, la sexualidad puede ser pasiva, versátil o activa, incluyendo la penetración.
=Genitalidad masculina frecuentemente aceptada sin problemas, porque la identidad infantil es anterior a la conciencia genital; cuando ésta es mayor,  se espera la desaparición de los genitales masculinos, por ejemplo, cayéndose de manera natural, por lo que se puede desear una operación.

 (Nota: Los estudios de la Cátedra de Transexología (fundada por Louis Gooren), de la Universidad Libre de Amsterdam, ya con unos treinta años de experiencia, con voluntad de apoyo a las personas variantes de género, muestran que la persistencia en la voluntad de cambio de sexogénero después de la niñez es sólo de alrededor del 17% (dato comunicado por RMW) lo que deja una fuerte tasa de desistencia en la primera juventud, en torno al 83%. Pero es cierto que cabe pensar en una reinsistencia más tardía,  por lo que deben completarse mediante un seguimiento del seguimiento)

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(Conjunto III: Feminófilas)

=Causas biográficas, no biológicas, porque la conducta de género está dentro de los parámetros masculinos o mesoandrogénicos habituales; puede darse a cualquier edad, incluso desde los tres años, por fascinación por la mujer o por fuerte desidentificación con el varón; si subsiste la identidad masculina, da lugar a una doble identidad, alternante, a un travestimiento periódico; si la identidad masculina falta o es precaria, puede dar lugar a una transexualidad estable
=Identidad personal: la orientación se convierte en identidad, muy deslumbrante.
=Sentimiento identitario dominante: “Quiero ser tú”  o “Quiero ser ella”, sentido muy eróticamente.
=Homoafectividad: Falta o precariedad del compañerismo intermasculino. 
=Preferencia de ropa: la que constituye la imagen femenina,  elegida muy apasionadamente.
=Apreciación social externa: masculina moderada.
=Test de los Reyes Magos: juegos y juguetes sexuados femeninamente, como representación performativa del “quiero ser así”, o sexuados masculinamente de forma espontánea.
=Erotismo: Fantasías con mujeres, deseo de fusión con la imagen de la mujer; centrada en la imagen externa de la mujer en el espejo, pero también en imágenes anatómicas o funcionales  (Blanchard)
=Orientación: Ginesexual intensa y exclusiva. Puede llegar al matrimonio con una mujer, soñado como una relación entre iguales. A veces, puede intentarse una androsexualidad como representación performativa, no fundada en el deseo espontáneo, por realizar la imagen ideal de la mujer.
=Sexualidad: Puede ser pasiva, muy contemplativa; aunque a veces, puede ser activa, posesiva.
=Genitalidad: se puede desear la operación de reasignación genital para ver esa figura deseada en el propio cuerpo, y la experiencia autoerótica puede ser casi extática. Al tratarse de una experiencia de estructura sentimental, persiste incluso después de que baje la libido con una hormonación con antiandrógenos.

Desarrollo: Este conjunto está formado por quienes sienten poco aprecio por la masculinidad, y a la vez un fuerte erotismo hacia la mujer, lo que corresponde a una estructura de la personalidad, consistente en “no quiero ser/ quiero ser”. Estos sentimientos pueden empezar en cualquier edad, desde la primera niñez (tres años) o la edad adulta.
La intensidad de ambos sentimientos puede estar graduada, determinando una feminofilia moderada, periódica, o una feminofilia acentuada, permanente. En la primera se conserva la identidad masculina, en la segunda, por la cultura binarista, se desea olvidarla. Se puede evolucionar de una a otra, según las variaciones de la actitud hacia la masculinidad y de la visión erotizada de la función “yo como mujer”.
Puede llegarse a un erotismo autocentrado, que puede encerrar a la persona feminófila en sí misma, o a un erotismo centrado en la relación real con mujeres reales, genéticas o transexuales. 

(Práctica)

Expuestas las diferencias entre las personalidades trans femeninas, la  expresión de su manera de ser es externamente muy parecida, aunque no idéntica.
Empieza en ellas en la intimidad de la niñez, viviéndola cada cual con naturalidad; pueden tener la suerte de ser observadas, entendidas y ayudadas por ejemplo por su madre y su padre, lo que puede permitirles una evolución segura y libre, o pueden encontrarse desde muy pronto con graves conflictos sociales, que les pueden producir, por orden, sorpresa, silencio, aislamiento, miedo o autorrepresión; cuando se produce ésta, suele generar amnesia selectiva y conductas seudomasculinas.
La diferencia entre la aceptación parental y el vacío o el acoso social está en que con la primera se crece  con la naturalidad que corresponde a la variabilidad de la naturaleza, mientras que con el segundo se dan toda clase de patologías cuya responsabilidad corresponde al contexto social y no a la persona que sufre esas agresiones.
Cuando llega el cambio social, se observa una distensión en todos los casos, que a su vez dará cauce a formas de expresión feminizantes, andróginas o feminófilas, por lo que puede ser gradual (casa y/o escuela), matizado (puede ser con un nombre ambiguo, blusas y vaqueros, cabello largo) y siempre reversible. También en todos los casos es el momento de la transición que requiere mayor esmero, porque es el que supone la socialización.
Una decisión crucial, en las personalidades feminizantes, es la prioridad entre identidad y orientación, que se da a partir de la pubertad. La tranquila y casi rutinaria conciencia de la propia feminidad, y el amor intenso por los varones, pueden crear una situación de amar la figura del varón en la misma persona trans, que se suele expresar como “yo me siento mujer, pero no necesito vivir como mujer”. Según estudios de la Cátedra de Transexología de la Universidad Libre de Amsterdam, una minoría decide priorizar su identidad y una mayoría la orientación.
En las personas feminófilas, que pueden serlo también desde la extrema niñez, la decisión crucial desde la pubertad depende del grado en que mantengan una identidad masculina, yendo desde una valoración positiva que les permita una impersonación temporal (el nombre de “feminofilia” procede de “femmiphilia”, creado por Charles Virginia Prince) a una falta de valoración que les lleve a una transexualidad estable.
En las personas andróginas o ambiguas, que suelen estar poco definidas en su orientación, siendo a la vez subheteras y subhomosexuales, en la pubertad puede haber un tiempo de confusión,  a no ser que hayan llegado a la noción clara de su androginia o ambigüedad y puedan amarla en sí mismas, y expresarla mediante un nombre ambiguo, etcétera.
En las edades adultas, el cambio integral puede ser imposible (responsabilidades familiares y/o laborales) o posible. En caso de que el cambio integral no sea posible, se puede optar también por soluciones ambiguas, temporales e incluso por la hormonación y/ u operación sin cambio social.
La detención de la pubertad, en su edad, y estas intervenciones médicas, a la vez muy variadas (hoy día se puede distinguir entre distintas medidas  endocrinas, y entre cirugías secundarias, como la facial o la mamoplastia, o primarias, tales como orquidectomía, emasculación o vaginoplastia) se pueden considerar todas optativas, sin necesidad de ajustarse a ningún modelo externo de feminidad, sólo al que la persona trans, gracias a una reflexión madura, descubra como personal.


domingo, 17 de enero de 2016

"LA CHICA DANESA", ¿IDENTIDAD Y FEMINOFILIA?

Kim Pérez

Al ver “La chica danesa” he analizado, por razones naturales, la vida de Lili Elbe, comparándola con mi propia experiencia.

Como supuesto básico para el método de este escrito, he supuesto que la película, más que  una reproducción casi exacta de sus diarios, porque no los tengo y no puedo comprobarlo, sea un relato coherente fundado desde luego en ellos pero convertido quizá libremente en guión, acaso  mediante un esfuerzo de comprensión y de fidelidad en lo fundamental.

Es decir, no hablo de la Lili Elbe real, sino de la versión cinematográfica. La razón de elegir este método es el poderoso efecto que la película está ejerciendo sobre los públicos de 2016. En España, un público general que sólo está empezando a comprender la transexualidad, ha reaccionado, según lo que me llega, pasando de risitas muy convencionales en los primeros momentos a las lágrimas al final, o a un aplauso de parte del público al terminar, o  a un callado respeto de principio a fin.

Entiendo que esta acogida está preparada por el ideario de liberación de la cultura española de los recientes decenios. Se aplaude la voluntad de muchas personas sometidas y marginadas a afirmarse liberándose de la opresión, y se genera una solidaridad con ellas. El tipo  ejemplar de esta actitud es el feminismo y , fundándose en él, el movimiento gaylesbitráns, de facto bajo el lema “Sé como eres”.

Lo que motiva este comentario, con sus limitaciones metodológicas, es cooperar con las personas trans, practicando un análisis pormenorizado de la comprensión que se ofrece, con el fin de que se entiendan mejor a sí mismas.

Al principio del relato cinematográfico, se ve un muchacho de tipo ambiguo, delicado, artista, muy introvertido. Ama profundamente a su esposa y es muy amado por ella; un amor muy comunicado entre ambes.

Su ambigüedad manifiesta una hipoandrogenia, o menor androgenación que la mayoría de los varones, pero no llega a cambiar su base de heterosexualidad o amor hacia la mujer, materializada en su esposa.

Esta ambigüedad debió de ser real en la Lili de verdad, porque su esposa también era artista y le pintó y retrató con ropa de mujer continuamente, aunque, según se dice en la película, mejorando su imagen en el sentido de feminizarla.

Esto nos sitúa en un proceso de origen biológico que lleva a la ambigüedad temperamental, conductual, la de la profesión contemplativa, la clase de la relación con su mujer, que dejaba sitio para una heterosexualidad intensa.

No parece haber una represión de un amor hacia los hombres, que se hubiera manifestado en la falta de definición de su heterosexualidad. Hay sencillamente amor hacia la mujer, deseo hacia la mujer.

Pero no se puede olvidar la ambigüedad de su aspecto físico. No es un hombre duro, es un hombre delicado, y hay que insistir en este dato de su realidad. Si se amaba a sí mismo, amaría esa delicadeza. Sería consciente de ella y querría potenciarla como afirmación del sí mismo.

En otros casos, si no se amara, sería o bien porque su visión del ideal de masculinidad no coincidiera con su realidad, lo que le llevaría a intentar masculinizarse, o bien porque no pudiera amar la masculinidad entera, lo que pudiera llevarle a intentar feminizarse.  En su biografía hay por lo menos un amigo querido de niñez, luego éste no parece ser su caso.

En estas historias en las que también se da un rechazo de la masculinidad propia y ajena, debido por ejemplo a los malos tratos, especialmente a los más severos, es como si faltara un órgano anatómico. Se puede decir con más precisión que es precaria o falta la homoafectividad, el afecto hacia los pares, que suele ser especialmente intenso en la preadolescencia (“los niños con los niños y las niñas con las niñas”)

Esta homoafectividad, cuando existe, crea una especie de barrera que impide que, en la subsiguiente adolescencia,  el deseo y el amor hacia la mujer, vuelto exclusivo de cualquier otro afecto, se convierta en deseo de fusión, de “ser como ella”. Pero la existencia de un afecto hacia un amigo, hace suponer que en Lili existiría homoafectividad masculina y excluye que se haya producido este rechazo de la masculinidad.

Queda que será el amor de sí como ambiguo lo que pueda desenvolverse en adelante en la busca de una imagen de sí más y más feminizante, pero justo por tratarse de lo ambiguo, no parece ser de por sí suficiente para llegar a una transexualidad. Debe haber habido algo más.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 Puede haber habido un “sueño de feminización alterodecidida”,  a veces de feminización forzada, que es uno de los más comunes y más fascinantes entre las personas feminófilas.

En él, quien lo sueña despierto, imagina que se ve llevado por otra persona a una feminización, que se supone que debe humillarlo, pero que se convierte en una forma de placer, y entonces es deseada establemente.

Es visible la lógica de placer de sumisión que aparece en este deseo; este deseo de sumisión entiendo que tiene raíces muy arcaicas, incluso animales, y que puede surgir en seres menos masculinos que otros, o vencidos en la competición intermasculina, como mecanismo de defensa; más profundamente, puede corresponder a una conducta feminizante, con la misma función defensiva.

Este sueño de feminización parece verse en Einar, en la película, cuando su esposa está pintando una bailarina, y le pide que pose con los zapatos y las medias, y luego con el vestido puesto por encima, para ver los efectos de la luz.

Puede ser una alusión a una costumbre ya establecida entre ambas y parece como si estas ocasiones le fueran sacudiendo en su más profundo interior.

Puede  pensarse también en que su esposa experimente una homosexualidad latente y que tienda a feminizar a Einar. O que, más en profundidad, sea expresión de una ira femenina ante los varones que propenda a feminizarlos, y se ciña a un Einar ya ambiguo o algo femenino; pero en este segundo caso no se darían las muestras continuas de ternura que siente hacia él.

He estado pensando hasta ahora en la posibilidad de que la ambigüedad biológica de Einar no haya tenido en él efectos identitarios y se haya extendido en el tiempo gracias a mecanismos no identitarios en principio, como el de sumisión/ supervivencia.

Pero hay alguna breve pincelada muy significativa que parece abrir el paso a otra interpretación; se ponía, de chico, el delantal de su abuela. ¿Se alude a un sentimiento identitario infantil,  que pudiera ser indicio de una conciencia de su hipoandrogenia en términos de transidentidad?

 Ya mayor, cuando se están despertando sus sentimientos de transición, pasa los dedos sobre los vestidos de un guardarropa teatral femenino al que tiene acceso.

¿Es esto feminofilia, es el placer transerótico de una imagen externa de la mujer, vista desde una perspectiva masculina heterosexual, que se simboliza como un revestimiento con su ropa, que es frecuente entre las trans feminófilas ginesexuales, o amantes de las mujeres?

¿O es una alusión a la fantasía de sumisión/ supervivencia?

¿O más allá, el símbolo de una identidad femenina profunda que está recuperando?

Tengo la impresión de que una ambigüedad biológica perceptible, de base hipoandrogénica, como la de Einar, puede dar lugar más o menos pronto a sentimientos identitarios, mientras que cuando la base biológica es mesoandrogénica, más o menos próxima a la media masculina, da lugar a mecanismos de feminofilia, amor o deseo transerótico por la mujer,  cuando no hay homoafectividad o no se puede aceptar la masculinidad, por razones no biológicas sino biográficas.

Sin embargo, por experiencia personal, porque en mí se dan juntas, sé que puede coexistir una ambigüedad que llega al límite de la intersexualidad fenotípica,  generadora de sentimientos identitarios, con una heterosexualidad atenuada, generadora de una feminofilia algo transerótica. Por tanto, no las considero como alternativas, sino como tendencias distintas, pero convergentes en la transexualidad.

En Einar/ Lili me parece que se dan también ambas tendencias.  La ambigüedad, con bastante evidencia, y la feminofilia, por el transerotismo implícito en el “sueño de feminización”.

Cuando ya hay plena conciencia de esta identidad transerótica, se produce  un torbellino de sentimientos.  Esto es signo de la feminofilia, puesto que la transexualidad amante de los hombres suele avanzar más reflexivamente. Y éste es el momento más peligroso de la feminofilia, porque se puede confundir el deseo con la realidad.

No se forma una visión realista de sí, consciente de los límites de la propia feminidad y la propia masculinidad, como creo que sucede entre las trans androsexuales, sino una idealización de la imagen de la propia feminidad, transerotizada; y esto suele ocurrir entre las personas feminófilas.
  
Además, en 1926, cuando empezaba su transición, la cultura europea era binarista: había hombres y mujeres, y si se buscaba vivir como mujer, se debía de ser completamente femenina y completamente amante de los hombres.

Lili participaba de esa visión idealizante de la imagen de la mujer y por eso pensó, en términos binaristas, que debía renunciar al amor de su esposa, digamos que para cumplir su deber como mujer, y cada una seguir su camino; sin embargo, su esposa, libre de binarismo,  no renuncia nunca a su amor, por encima de la sexualidad, tras la primera operación de Lili.

Más aún cuando en la vida de Lili, su esposa puede ver transparentarse la vida y las cualidades, la ambigüedad masculina, de la persona real a quien ama tanto.

Puede querer protegerle, pero esto también es un sentimiento de la madre que hay en el fondo de muchas mujeres, que cubre a su propio esposo en los momentos de debilidad.

También se debe anotar que, hecha la transición social, el cambio de identidad social, todo podía haberse dado por acabado ahí. Era cuestión de tiempo que Lili madurase sus sentimientos ante su genitalidad, que hasta entonces había vivido con naturalidad,  y encontrase la forma de compatibilizarla con su identidad social.

(No hace falta, realistamente, nobinaristamente, que una mujer trans sea “la mujer perfecta”. Es suficiente que sea cuanto mejor pueda ser)

Pero los acontecimientos se precipitaron. Encontraron a un médico , que en 1931, era el único al que conocieron, con una mentalidad abierta hacia el hecho de la transexualidad. Pero entonces nadie conocía las complejidades de la transexualidad, este médico, aislado, podía suponer que todas las personas transexuales necesitarían operarse. Le sugiere las dos operaciones. Hasta entonces, Lili no había mostrado un rechazo especial, consciente, por sus genitales, porque puede mantener una relación frecuente con su mujer. No le era necesario operarse al principio, lo es cuando le parece que tiene que hacerlo para ser mujer.

Es verdad que en la película, sólo se crispa cuando el joven homosexual quiere tocarle, y se niega,  lo que se puede leer como que rechaza los  genitales. Pero los acepta con naturalidad en la relación con su esposa.  O puede ser que la crispación fuera simplemente porque habría sido un contacto sexual con un varón, que no deseaba.

En todo caso, la sugerencia del médico despierta en Lili el torbellino de sus sentimientos, el ansia del cumplimiento inmediato de sus deseos, muy propio de la feminofilia, que es transerótica, y  le lleva a desear una fusión perfecta con la imagen de la Mujer, idealizada, olvidando en ese momento su manera de ser real, matizada y ambigua.





sábado, 16 de enero de 2016

METALÓGICA (PENSANDO EN LA LÓGICA)

Kim Pérez

Paseando por el camino recto y horizontal de nuestro antiguo Cortijo de Trabajaembalde, en los años ochenta. Entre campos de labor y grandes encinas, viendo al Norte unas sierras azules, camino de Madrid, donde estaba la libertad que me parecía inaccesible.

La Lógica. Me repito el antiguo silogismo:
Si A es B
Y B es C,
Entonces A es C.

Eso está por encima de mí, porque es verdad, lo quiera yo o no lo quiera, me convenga o no me convenga, al traducirlo a la materialidad.

Si yo he recibido 1000 pesetas
Y las deudas deben pagarse
Entonces yo tengo que pagarlas.

No me convendría la verdad del silogismo, pero ahí estaría esa verdad, aunque yo no quisiera, por encima de mí.

Por  tanto esa realidad invisible, inmaterial, e inmutable, existe, unas veces para mal y otras para bien. Está ahí, sobre mí.

Puedo tranquilizarme, pensando que hay algo mayor que yo, por  encima de mí.

Esa Lógica, o su hija, la Lógica Matemática, rige el universo material. Esto se sabe desde Pitágoras, confirmado por Galileo y comprobado por Newton y luego por Einstein, Planck y Heisenberg.

Esta Matemática se puede ver en la materia de forma tendencial. No es que las formas físicas sean exactamente matemáticas, sino que se acercan en lo posible a las formas matemáticas. En el ámbito astronómico, los astros tienden a ser esferoidales por la gravedad, en torno a su centro, a la vez que otras fuerzas centrífugas tienden a alterar la forma esférica. En el ámbito biológico, las abejas forman hexagonoides, porque es la forma en red con mejor relación entre capacidad y trabajo para hacerla, pero al ser materiales, no pueden ser hexágonos absolutamente regulares.

Esta función de la Lógica por encima del Universo y de la voluntad humana corresponde a lo que se ha llamado divino; su distancia de lo natural y físico la cualifica como una parte de lo sobrenatural.

¿Cómo se puede llegar de la Lógica física a la Lógica de un ser vivo y racional como es el humano?

Aún no hemos llegado a las ecuaciones necesarias para ello, por lo que sólo podemos hacer un razonamiento fragmentario. En algún aspecto, la Biología, es ya cuantitativo, por ejemplo en la hipo- o hiperandrogenia que fundamentan algunas formas de la transexualidad, pero en general, la condición humana, dependiente de la complejidad del cerebro, no es todavía cuantitativa, matemática, sino cualitativa.

Cualitativamente, se puede decir que los humanos somos animales y racionales, capaces de entender la Lógica del Universo y de tener conciencia de la existencia de este plano lógico, que está por encima de la materia.

Nuestra lógica para entender la Lógica es fragmentaria. Para llegar a entender la Razón de todas las cosas, usamos el razonamiento, que está expuesto al error y encuentra grandes límites personales.

La diferencia entre Lógica objetiva y lógica subjetiva o entre Razón y razonamiento es fundamental en una vida humana.

Porque de hecho avanzamos, aprendemos a hacer comprobaciones, partimos de lo conocido y llegamos a lo desconocido, chocamos con la práctica, la realidad y la naturaleza se resisten a muchas de nuestras abstracciones, rectificamos, tenemos que someternos a la crítica o criba de la verdad y el error, aumentamos gradualmente el cuerpo de nuestros conocimientos.

Podemos regular nuestra existencia personal y colectiva, mediante leyes morales y jurídicas. Nuestras leyes, partiendo de nuestros razonamientos, pueden ser lógicas, que correspondan a la verdad de las relaciones reales. La consecuencia práctica del acierto es el avance

O bien leyes ilógicas, que no correspondan a esa verdad de las relaciones existentes. La consecuencia práctica del error puede ser el caos, pero aun así permite avanzar en la masa del conocimiento.

Esa clasificación de las leyes morales y jurídicas estará por tanto por encima de nuestras voluntades. Sólo las leyes lógicas serán verdaderas leyes; las que no sean lógicas, no lo serán. Sólo parecerán leyes.

No podríamos hacer que una ley lógica, justa, no lo fuera, por más que nos empeñáramos, ni que hacer que una ley ilógica, injusta, fuera lógica y justa.

Todo eso está por encima de nosotros. Este criterio es el del iusnaturalismo clásico, precisando que la naturaleza humana en que se funda tiene que ver con la Lógica que rige el Universo y que los humanos podemos comprender gradualmente mediante el razonamiento.

La existencia de Dios es lógica, porque funda la existencia de la Lógica o Razón, que es relación, porque tiene que haber  una sola causa de todas las relaciones de causa y efecto, como lo demuestra el hecho de que todas las relaciones que existen obedecen a una sola Lógica.

Usamos por ejemplo la misma Lógica Matemática para entender la gravedad macroscópica o las partículas microscópicas, y la Lógica Matemática funciona, y usamos la Lógica Matemática de las cantidades bioquímicas para entender nuestra salud o nuestra enfermedad, y funciona también.

Usamos la Lógica, pensamos,  porque pensar tiene sentido, permite avanzar en el conocimiento y dominar la realidad.   

Si Dios existe, habla con la gramática de la Lógica. En las condiciones materiales, en nuestra naturaleza, la Lógica está por encima del Bien y del Mal. El nacimiento y la propagación de la vida ocurren con la lógica del medio ambiente y las extinciones masivas se deben a la lógica del magma y los volcanes, como la de los Campi Flegrei, que hace 39000 años casi extinguió a los Neanderthales, o a la de las órbitas de los asteroides, cuando impactan en la Tierra.


Los hechos lógicos de la Causa Primera permiten la contemplación, la admiración y la aceptación.

martes, 12 de enero de 2016

TRANSLATION

Novela de Ciencia-Ficción

Kim Pérez

(Pongamos que nací el 14 de marzo de 2041. Dedicada a la serie "Big Bang") 

CAPÍTULO I

Tengo que pensar en mí porque mi propia imagen se ha desvanecido  desde hace años, en medio de mi casi exclusiva dedicación a las cuestiones colectivas, muy absorbentes vocacional y profesionalmente, porque incluyen una experiencia del yo sujeto demasiado desvinculada de las dimensiones del yo como objeto corporal.

Me veo alta, de rasgos finos y sensibles. Mi cara es ovalada, mi cabello negro y ondulado, mis ojos muy grandes y oscuros, mi nariz firme, mis labios suaves. Mi torso es largo y delgado, como mis extremidades, que son delicadas y lánguidas en sus movimientos. Mi piel tiene la blancura española,  morena clara. Creo que soy agradable, pero no atractiva, porque mi afectividad es muy intensa, pero no sexualmente.

Me veo así y me reconozco. A partir de esta imagen puedo reconstruir el sentido de mi personalidad. Todo se vuelve propio y despierta incluso mi ternura por mí misma, que me es tan necesaria.

De estas facciones deduzco mi suavidad, como de mis grandes ojos deduzco mi tendencia contemplativa. Mis recuerdos vienen también y se ordenan. Sé que esta manera de ser va acompañada de sensibilidad, sentimentalidad, nostalgia, melancolía. Es curioso que mi melancolía sea sutil, grata, estable. De afinidad con los días nublados.

Desde luego, no soy explosivamente alegre, como pueden serlo los somatotónicos o los neurotónicos. No soy de sol radiante y cielos azules, que me parecen duros.  Pero soy graciosa, lo sé.
Las personas muy cerebrotónicas pagamos las ventajas de nuestra condición con una relativa indefinición sexual, que nos sitúa más en el espacio del pensamiento que en el de los sentidos, aunque es fácil reconocer en nosotras una belleza no poco transhumana, muy idealizable, demasiado idealizable.

Pero nuestra belleza es distante, la verdad, no atraemos mucho corporalmente ni somos atraídas; me doy cuenta de que la conciencia de estas categorías explica en gran parte mis tendencias, mis sufrimientos, mis alegrías, y me permite no extraviarme, sentirme en el terreno firme de mi mismidad.

Si he empezado este análisis por la sensación de haber perdido de vista lo que soy personalmente, así puedo recuperarme. Es que de pronto sentí que había perdido la conciencia de lo que soy yo, si era masculina o femenina, si tenía sentimientos personales, si podía tener perspectivas, y cuáles.

Ya digo que las personas como yo tendemos a vivir en la abstracción y a veces nos es necesario sentir el choque de la intuición, la entrada con sacudidas en otro mundo, que también entendemos, pero que subordinamos con frecuencia al primero, quizá porque el mundo de los sentidos es también más  doloroso.

Los análisis prenatales mostraron mi temperamento tónico cerebral muy acentuado, 10 en la escala de Roslyn [Nota: imaginaria] Esta condición es extremadamente determinante. Esta determinación, más fuerte que cualquier condicionamiento, permite entender con pocas palabras maneras de ser que, antes, desbordaban de complejidad y a veces de confusión.

Por eso, en mi escolaridad, se estudió curso tras curso el Quijote, desde las versiones infantiles al texto histórico. Don Quijote era cerebrotónico y si hubiera sido educado en estos términos, no hubiera llegado a hacer disparates, mientras que Sancho era viscerotónico y podía caer en ellos por un exceso de sentido común.

Me alegro de haber estado en un colegio para el temperamento cerebrotónico. Quienes hemos sido niños cerebrotónicos, seremos centrales en una sociedad racional, pero somos pocos y vulnerables, y el sistema escolar todavía no reformado, darwiniano, nos acosa y hasta nos destruye.

Los niños que somos así, en una sociedad que no haya asumido esta variabilidad humana, no somos comprendidos y somos víctimas de todos los impulsos gregarios arcaicos, empezando por la ira que suele suscitar la incomprensión, siguiendo por la envidia ante nuestras cualidades específicas, que son las humanamente más útiles, porque se resumen en la inteligencia abstracta, y llegando ante la misma agresividad primitiva despertada ante nuestras inferioridades corporales.

He oído después comentarios asombrados de que en mi colegio cerebtón los niños disfrutáramos aprendiendo, que nos mantuviésemos en orden y en perfecto silencio mientras los profesores hablaban y que luego discutiéramos con pasión en los tiempos de puesta en común.

Otra de las líneas estratégicas de nuestro sistema de enseñanza era tirar siempre hacia arriba en los contenidos, maximizarlos en lo posible, de manera que nuestras mentes estuvieran siempre disfrutando de una tensión creadora. Recuerdo el curso que dedicamos al análisis de “El Alcalde de Zalamea”, de Calderón, y la profundidad de nuestra inmersión adolescente en la Mecánica Cuántica, cuyas implicaciones filosóficas nos hacían llorar de emoción.

Estamos todavía sumidos en el debate de hasta qué punto la enseñanza dividida por tonicidades tiende a dividir a la humanidad según el modelo de “Un mundo feliz”, de Huxley, en grupos alfa, beta, gamma, etcétera, es decir, hasta qué punto este modelo es racista. No lo es, en cuanto que el cultivo de la inteligencia es el factor común de las diferentes tonicidades, que parten de puntos de partida distintos, más musculares, más viscerales, más neurales, aplicando en todas ellas métodos de estimulación precoz distintos, con el fin de conseguir niveles equiparables de inteligencia. No es igual el punto de partida de un bailarín que el de una física, pero deben llegar a un grado común de conversación no especializada. Y este propósito es para todos los integrantes de nuestras sociedades.

Igualdad en los máximos, no igualdad en los mínimos.

Yo soy una persona XY cerebrotónica y esto suele significar cierto grado de hipoandrogenia, es decir, de impregnación prenatal del cerebro inferior a la media masculina.

Desde los cinco años me di cuenta de que esto me suponía un fuerte rechazo de la masculinidad más androgénica, unido a la simpatía por la menos androgénica, sentimiento sin duda nacido de mi afinidad.

Ese sentimiento fue definiéndose más y más con los años. Cuando llegué a la pubertad, comprendí que mi hipoandrogenia era particularmente intensa, hasta el punto de que no comprendía o me desagradaban las funciones masculinas.

También fue haciéndose más intenso el sentimiento de que deseaba que mi cuerpo permaneciese impúber o que fuera liso, mi vientre redondo, con una forma adecuada a la falta de masculinidad activa que veía en mí. Tampoco deseaba que fuera específicamente femenino, no pensaba en la construcción quirúrgica de unos neogenitales feminizantes, sino simplemente que mi cuerpo dejase de ser masculino.

Como estas tendencias a la ambigüedad o indefinición sexual son frecuentes entre las personas cerebrotónicas, no sé si se dieron primero cuenta las orientadoras del colegio o yo misma. Tuvísimos largas conversaciones desde los doce hasta los diecisiete años, cuando salí.

Desde los trece o los catorce años mi angustia creció. Sentía mis genitales como algo superpuesto sobre mi cuerpo, postizo, extraño, ajeno. Me parecía como si existiera una fisura entre ellos y yo.

Me producían placer, biológicamente, como un automatismo, pero aquel placer era algo sobrevenido. Era placer físico, pero mentalmente era una ocasión de dolor. Quería renunciar a él.

“Hoy he intentado ver si puedo ser una mujer”, escribí en mi diario. “Me he puesto un vestidillo y me he mirado en el espejo. Me he excitado contra mi voluntad. Quería verme como una muchacha haciendo vida normal, apacible, incluso rutinaria. Pero no ha sido posible, me parece que todo eso era excitante para mi fantasía y mis genitales se han excitado y he eyaculado, Enseguida me he sentido muy avergozado, he caído de rodillas, he mirado con angustia el vaho de frío, la grisura que cubría el cristal de mi ventana, he llorado y llorado”.  

Rechazaba con tal intensidad los genitales masculinos, que pasé de rechazarlos en mí a rechazarlos en todos los varones. En cualquier reunión masculina, me obsesionaba su presencia, como si fuera algo postizo, superfluo, como en mí, como si estuviera mejor que no existieran. Llegué a fantasear con una humanidad de personas iguales, sin sexos diferenciados, hermafroditas, que se unieran por besos, y se pudieran quedar ambos embarazados. Es posible que en algún planeta sean así las cosas.


Hablando con la orientadora de aquel curso, me comunicó la existencia de bloqueadores de la pubertad, pero me dijo que le parecía que yo debía seguir experimentándola, apurar aquél càliz, por  si de pronto aparecía en mi conciencia una solución sentimental.

“Debes estar seguro de tus sentimientos, sean cuales fueren, porque debes estar seguro de tus motivaciones. Ahora mismo estás entrando en el mundo nuevo de la pubertad y no sabes lo que vas a encontrar. Ayer fue un momento de angustia, pero debes descubrir si se trata de una angustia estable o pasajera. Puede ser que dentro de un año se te haya olvidado, puede ser que dentro de cincuenta años lo recuerdes todavía.

“La respuesta, hoy por hoy, ni tú ni yo la sabemos. Quizá esta angustia te lleve a un mundo mejor. Lo que sí sabemos es que si bloqueas tu pubertad, te vas a quedar sin saber si hay salidas que te permitan aceptar tu cuerpo y disfrutarlo. Como solemos decir, ‘muerto el perro, se acabó la rabia’, pero es preciso saber si ese animal puede vivir y si está sano”.

Yo, es verdad, me sentía inseguro, y acepté la idea de esperar a cualquier tratamiento. Reconocí que me era preciso esperar algún tiempo a conocerme mejor. La orientadora entonces llamó la atención sobre un hecho que yo no había pensado. Mis problemas eran con mi genitalidad, no con el género, la parte conductual y social de la sexualidad.

“Me parece que la parte de género, que incluye tu presencia física, va en segundo lugar para ti. Eres lo suficientemente masculino; podías ser más femenino. Cuando hemos hablado de tu sexualidad en general, has estado de acuerdo con mis explicaciones de que eres hipoandrogénico, cerebrotónico, ambiguo. No es que quieras ser mujer, quieres ser tú, a tu manera, y esa manera incluye que aceptas unas cualidades masculinas no muy acentuadas, y que de momento por lo menos, eres incapaz de aceptar la genitalidad masculina.

“En clase de Género has aprendido y aceptado la existencia del nobinario. La mayoría de los humanos nos encontramos a gusto dentro de una clasificación como XX o XY, mujeres o varones, femeninas o masculinos, pero no es la única de la realidad; empecemos porque también existimos humanos X0 o XXY, y muchas otras formas de cariotipo; también hay hombres femeninos y mujeres masculinas, trans, etc; o sea, que la realidad es nobinaria, lo normal para seres que empezamos todos a existir con dos tetillas y un tubérculo genital.

“En realidad, es cuestión de estadísticas (de mayorías y de minorías) y de funcionalidad para la reproducción.  Las mayorías deben recordar que existen las minorías y en las distintas especies, no todos los individuos tienen que reproducirse; en las hormigas y las abejas, la inmensa mayoría son estériles.


“Me parece que tu realidad personal puede ser nobinaria en ti mismo. ¿Un varón XY ambiguo, sin genitales masculinos? Puede ser”. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

ORIENTACIÓN FEMINÓFILA Y HOMOAFINIDAD

Kim Pérez

(Me defino como ambiguo de género, aunque me alegro de haberme operado; sé que si el género hubiera sido lo primero para mí, me habría sentido mutilada. Describo aquí mi manera de sentir hacia mujeres y varones heteros o gays, que es distinta de la manera de ser de las mujeres transexuales que aman a los varones)

Homoafinidad no es homosexualidad. Homosexualidad es atractivo casi irresistible, voluptuosidad, excitación hacia el mismo sexo. Homoafinidad es un sentimiento de afecto a quienes se ven como semejantes a quien lo siente. Me emocionan y llego a llorar con las novelas gays, especialmente por las experiencias del despertar en la niñez y la adolescencia, sintiéndose preso en el silencio u objeto de las burlas.
Sentí  una fuerte sensación de afinidad o simpatía ante algunos varones y una intensa androfobia o antipatía hacia otros muchos, por primera vez hacia los cinco años:
En la playa, había dos hermanos que creí mellizos, de mi edad, muy rubios. Uno era guapo y prepotente, con una mandíbula poderosa, y me despertó enseguida una aversión casi insoportable; el otro era tímido, con gafitas, pelos tiesos y cara triangular, y me hizo sentir una fuerte simpatía, fundada en una afinidad inconsciente.
No tuve que razonar esas reacciones; las sentí intuitivamente, instintivamente, y sin que mediara ninguna experiencia previa. 
Había olvidado que divido a los varones, en realidad, en dos grupos como ellos. Los divido siempre, pero la mayoría hetera, que veía como prepotente, había ocultado esa otra realidad.
Pero también hay otros heteros que me llenan de admiración: los que corresponden a mi figura paterna. El que más, Gary Cooper en “Solo ante el peligro” (“High Noon”), alto, estilizado, defendiéndose en el cruce silencioso de las calles. Pero en general, admiro a los hombres capaces de autodominio y de la entrega de su vida a una causa superior: los que superan su propia sexualidad, puesto que la sexualidad masculina me resulta tan desagradable; los militares uniformados, cuya perfección veo en las ropas inmaculadas de la Marina o la Aviación, en verano, símbolo visible de lo que supongo que hay en sus almas, como lo había en mi padre. Igual en algunos sacerdotes, en religiosos, en monjes contemplativos buscando una realidad superior.
Y no me habría sido imposible sumarme a ellos, si de verdad fueran así. En mi adolescencia, me hizo llorar una novela antigua sobre unos guardiamarinas británicos, perfectamente uniformados de blanco, que hacían un viaje de prácticas en un bergantín por los Mares del Sur.
En todos estos supuestos, no es sexual este sentimiento, sino de una pureza muy intensa.
Mi heterosexualidad es segura pero está indefinida en cuanto a las personas concretas que pudieran atraerme; corresponde  a una naturaleza masculina. La puedo comprobar cuando tengo que preguntarme qué atractivo pueden encontrar las mujeres en algunos hombres a los que aman, o cómo puede ser un deseo obsesivo por los hombres; tampoco puedo entender cómo se puede  desear pasar la vida al lado de un hombre.
Es decir, me es más fácil definirla como fobia hacia la mayoría de los varones (y a su aire, su olor difuso, sus feromonas, supongo, que como filia hacia las mujeres o hacia una mujer determinada. En cuanto se acerca la posibilidad de un contacto, lo rechazo también nerviosamente. También rechazo el carácter femenino, que me parece demasiado previsible biológicamente, muy aburrido por tanto, poco libre e imprevisible, poco creador.
Mi definición de la belleza o el atractivo de una mujer, en cambio, es segura. Entiendo los matices de la belleza femenina y no entiendo los de los varones. No deseo a las mujeres, pero me resultan agradables mientras la mayoría de los hombres me son desagradables. No me encuentro nunca con deseos muy personalizados. En mis primeros años de universidad, primeros de convivencia con mujeres, me atraía una muchacha morena y de facciones suaves a la que nunca me atreví a acercarme, pero no era un sentimiento muy estable; con las otras más cercanas, pese a que algunas veces salimos juntos, no llegó a despertarse ningún sentimiento o surgieron pretextos muy absurdos para rechazarlas.
Sin embargo, mi orientación heterosexual pero indefinida es un sentimiento a veces trastornador, en su dimensión general, que para disminuir hasta límites soportables trato de expresar en forma de fusión; si soy “ella”, en seguida la tensión se convierte en posesión más tranquila, aunque tristemente consciente de su carácter ilusorio; la mujer comienza a existir en mí mismo. Su cercanía es máxima.
El deseo de fusión con la mujer (“la envidia de ser mujer”), tan frecuente en transexuales feminófilas, en mí tiene también un componente que tengo observado desde la niñez, que es un deseo de sumisión/ protección por parte de los hombres. Fundirme con la mujer significa someterme a un varón y por tanto la posibilidad de ser protegido y no atacado por él. No dejo de asociar este deseo con mis traumas fundamentales ante los varones, ni de ver en él un reflejo biológico muy primitivo, la feminización del vencido, puesto que no provoca verdadero amor por el vencedor, sino sólo una melancólica tranquilidad en la derrota.
Pero mi heterosexualidad fundamental la veo en que el atractivo de los hombres, se mantiene en límites controlables, racionales, y esto se debe a los elementos de repulsa que lo equilibran.
En este sentido, he desarrollado, desde los trece o catorce años, una seudoandrofilia secundaria, en función del deseo de identificarme con la mujer (“para ser mujer tengo que desear a los hombres”) La he formado con dos clases de elementos,
=primero, los  de la afectividad intermasculina, por ejemplo el deseo de un “hermano mayor” que me protegiera y me enseñara a vivir, o la valoración de la figura paterna, por ejempl o, en mi gran respeto y mi admiración verdaderamente filial por los militares, que se someten idealmente a una disciplina ascética para ofrecer sus vidas;  y
=segundo, con estímulos masculinos reales, pero de intensidad secundaria, descubiertos poco a poco, como la estatura alta o más alta que la mía, el volumen del cuerpo (pero me repele la silueta en uve, que suele atraer a las mujeres heteras), el vello en torso y piernas, y la barba, tanto a medio crecer (por pinchuda) como crecida (acogedora como un nido)
Pero quiero pensar en  toda mi afectividad. Llegué a creer que en mí sólo había androfobia y ningún sentimiento de homoafinidad hacia los varones.
Sin embargo, en el verano de 1991, recién cumplidos los cincuenta años, tuve una experiencia singular: Había ido, en Madrid, a Cogam, una asociación gay, para pedir apoyo para mi condición trans, que quería empezar a expresar.
En los pasillos y ventanas abiertas del atardecer, encontré a tres varones, dos jóvenes y uno muy maduro, de aureola capilar y barba grises canosas. Me acogieron amablemente, yo me encontré a gusto de manifestarme diferente como trans y no como gay, y según hablábamos, uno de los jóvenes empezó a despedirse, y afectuosamente pasó su mano en una caricia sobre el antebrazo del mayor y se despidieron con un ligero pico en la boca.
Yo me quedé tan asombrada ante aquel afecto masculino sin inhibiciones, como es frecuente en los medios heteros, que pensé que si lo hubiera visto en mi adolescencia, en vez de la forzada tensión entre unos y otros, a lo mejor yo no habría sido trans, sino gay.
Quiero decir que estaba experimentando una homoafinidad muy fuerte hacia los gays, que desde entonces ha sido un sentimiento mío muy estructurador, que me enseña un afecto posible entre varones, aun sintiéndolos distintos de mí. He mantenido mis amistades fundamentales con gays, no porque los desee, sino porque veo que los sentimientos son importantes para ellos, lo mismo que las conversaciones en que se analizan o se añoran o llenan de confianza; también tengo un amigo hetero, músico, a quien le interesan esos mismos temas.

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