lunes, 17 de febrero de 2014

Recapitulación personal


Kim Pérez

Actualizado, 27.II.2014

Hay un hecho, anterior a mi gestación, que pudo ser decisivo para mi manera de ser. Mi madre me lo resumía en su extrema vejez: “Sí, pero te salvó la vida”.

Estaba perdiendo un hijo tras otro, por matriz infantil o útero hipoplásico, una afección muy rara, que produce muchos abortos, cinco desde que se casó con 19 años en 1938, a 1940, con 21, hasta que el Dr Gálvez Ginachero, de Málaga, muy respetado durante la guerra, primero por los rojos y luego por los nacionales, le prescribió Progynon, de Schering, “recién inventado”, me decía mi madre, en realidad desde 1928, doce años antes, valerato de estradiol, el primer estrógeno u hormona femenina en farmacia, inyecciones de 10 mg. En cuanto supo que estaba esperándome, a fines de junio de 1940, mi madre detuvo el tratamiento. Pero es posible que tuviera un efecto depot, de acción gradual, porque actualmente se llama Progynon Depot.

 Aún así, en diciembre, cuando nos veníamos de Palma de Mallorca a Granada, mi madre tuvo una gran hemorragia en Valencia, que le obligó a quedarse no sé si fue una semana o dos en casa de mis tíos, inmóvil en la cama; es decir, estuve a punto de irme yo también.

La eficacia desmasculinizadora del Progynon se comprueba por el hecho de que, ochenta años después, se sigue usando sobre todo para la feminización trans, parece que en países pobres, por ser quizá (no lo sé seguro) más contundente, relacionado con el estradiol,  el estrógeno más feminizador.

En efecto, entre 1930 y 1950, los estrógenos se usaban para evitar los abortos espontáneos, o conclusiones no deseadas de los embarazos, para “evitar los desenlaces adversos del embarazo” y en los “Annales D’Endocrinologie”, primer número, marzo de 1939, el Progynon se anuncia para problemas de la pubertad, entre otros (Dr. Alfredo Jácome Roca, “Aspectos Históricos de la Terapéutica con hormonas femeninas”), y la matriz infantil puede ser considerada un problema de pubertad.

La descripción de Progynon de una farmacia en la red aconseja una inyección cada cuatro semanas, lo que señala la duración del efecto depot. Pongamos que mi madre tardara casi un mes en constatar que estaba embarazada de mí,  por lo que pudo seguie el tratamiento hasta mediados de julio de 1940; el efecto duraría entonces casi ocho semanas, sin contar su caída final, quizá no repentina, sino gradual; por tanto, ese estado duraría entre unas seis semanas y nueve, lo suficiente para mantenerme durante ellas en estado femenino y para formar quizá femeninamente algunas estructuras cerebrales que ya lo seguirían siendo. Otra hormona, el acetato de leuprorelina, al ser inyectado, libera dosis diarias iguales durante 1, 3 o 4 meses. (Periti, P., Mazzei, T., Mini, E, “Clinical pharmacokinetics of depot leuprorelin”; Department of Preclinical and Clinical Pharmacology, Università di Firenze, Florence, Italy)

O sea, que si fuera éste el caso, mi cerebro en formación pudo estar sometido a la acción de un estrógeno, inhibidor de las hormonas masculinas, desde el mes de mi concepción, junio de 1940, hasta finales de julio (seis semanas) o mediados de agosto (ocho semanas; quizá nueve)

En 1991, compré un texto de divulgación, de Anne Moir y David Jessel, “El sexo en el cerebro”. En él se explica el mecanismo de androgenación prenatal, que sucede en dos fases. En la primera, puede haber bastantes andrógenos para configurar genitales masculinos pero, en la segunda, estos pueden no producir a su vez bastantes andrógenos para masculinizar el cerebro Entonces, puede haber un cuerpo masculino y un cerebro femenino (página 33)

Al final de ese primer trimestre (dato impreciso), entiendo que entre  la semana octava y la décimotercera,  hubo un nivel hormonal suficiente para masculizar mi cuerpo, como se comprueba incluso en la ratio de mis dedos índice y anular (2D-4D), que entra dentro de los parámetros  masculinos en ambas manos (John T. Manning, “Digit Ratio: A Pointer to Fertility, Behavior and Health”, Rutgers University Press, y Zhengui Zheng y Martin Cohn,  "Developmental basis of sexually dimorphic digit ratios" (Proceedings of the National Academy of Sciences), 2011.

Medidos desde el pliegue digital inferior, mis dedos van de 2D=7.2 a 4D=7’8 cm (ratio 0’92), los izquierdos y 2D=7.2 a 4D=8 cm (ratio 0’9), los derechos; media, 0’91 (muy baja); comparados con los datos publicados en un estudio sobre 136 varones y 137 mujeres, en los que el intervalo masculino iría de 0’889 a 1’005, media 0’947 frente a un intervalo femenino de 0’931 a 1’017, media 0’965 (Bailey AA, Hurd PL (March 2005). "Finger length ratio (2D:4D) correlates with physical aggression in men but not in women". Biological Psychology 68 (3): 215–22), mi ratio de los izquierdos y la de los derechos estarían dentro del intervalo y media masculinos y fuera de los femeninos.

Sin embargo, mi cerebro o era ya femenino, estructuralmente, desde el principio, o no se masculinizó lo bastante;  lo veo en la hipoandrogenia conductual en mi temperamento, definido en una importante tipología caracterológica (Heymann y Le Senne), como sentimental (emotivo, no activo, secundario), introvertido, tímido, conciliador; y más en concreto en que  mi grado en la escala dominancia/sumisión está muy decantado hacia la sumisión, y el fundamento de esto puesto estaría antes de ese final del primer trimestre de mi gestación, en el que se decidió la relación entre mis dedos.

Se puede unir al efecto bioquímico intenso del Progynon el stress de guerra que sufrió mi madre, que acentuaría el efecto depot de ese fármaco. Desde el 5 de junio de 1940, mi madre se reunió con mi padre, destinado en Son San Juan, en Mallorca, encargado de vigilar la neutralidad de las aguas españolas. Había peligro en esas salidas porque era posible perderse en el mar, sin instrumentos de navegación, o los ingleses podían disparar (de hecho, derribaron a un compañero de mi padre) Él le decía a mi madre, de 21 años: “Si han dado las doce de la noche y no he regresado, recoge tus cosas y llama a tu padre”. La situación duró de momento sólo hasta el 10 de julio, cuarta semana, pero el primer mes se habría cumplido o casi.

No han sido confirmados los resultados de Günther Dörner, en 1980, sobre un posible máximo de homosexuales nacidos en Alemania entre 1944 y 1945, momento crítico de la Guerra Mundial, según el intento de comprobación de Schmidt y Clement, en 1988. Sin embargo, la discusión sigue abierta: en 1993, Matt Ridley, en “The Red Queen”,  aludía al cortisol, hormona del stress, que nace de la misma base que la testosterona, dejándole quizás menos margen de formación; un estudio publicado en Archives of General Psychiatry señala que un stress emocional severo durante los primeros meses de embarazo puede aumentar  también el riesgo de esquizofrenia.  

A fines de la tercera semana se han formado ya las bases del cerebro anterior, medio y posterior. Son estructuras demasiado básicas para pensar que alguna función esté localizada, por lo que supongo que la feminidad básica de mi cerebro se vería en tendencias difusas, algo así como un material con determinadas propiedades, que se verían operativas en ciertas circunstancias.

Louis Gooren, primer profesor de Transexología, desde 1988, en la Universidad Libre de Amsterdam, dice en “The biology of the  human sexual differentiation”, Hormones and Behavior, noviembre, 2006,  que los efectos de los andrógenos prenatales prevalecen más en la conducta de rol de género que en la identidad de género; ese análisis confirma la posibilidad de que un cerebro femenino sea compatible con una identidad masculina, como lo fue en mi historia.

Hay pruebas, dicen Moir y Jessel, de que el sexo cerebral supone una gradación, un continuo; más andrógenos en la matriz, más masculina la conducta; menos andrógenos, más femenina (página 41) Por tanto, el volumen de la dosis administrada, al actuar sobre la primera formación del cerebro, determinaría el grado de feminidad permanecida. Yo supongo que en mí fue más que una difusa ambigüedad, como la que Moir y Jessel cuentan en  la historia de  Jim, cuya madre tuvo que tomar otra hormona femenina, el dietilestribestrol, porque su diabetes le provocaba también abortos espontáneos. Jim era un muchacho tímido, que no sabía defenderse, tratado como mariquita en clase y cuya heterosexualidad había quedado difuminada, a diferencia todo de su hermano mayor Larry, en cuyo embarazo no fue necesaria la hormonación (páginas 42 y 43) Todos los indicios que vivió Jim los viví también yo en mi adolescencia y más intensamente, porque la pubertad me hizo extrañarme por los órganos genitales masculinos, encontrarlo muy feos y rechazarlos, no pudiendo entenderlos como partes de mi cuerpo, y necesitando quitarlos, hasta que lo conseguí –el núcleo de mi transexualidad.

En mi historia, los efectos de la biología fueron sobre todo mi posición en el continuo dominancia/sumisión y  mi incompatibilidad con las funciones y los genitales masculinos.

Mi posición en el continuo dominancia/sumisión se define en una sensualidad sumisa, visible en los recuerdos de mis fantasías desde los cinco y los ocho años y que gravita siempre a lo largo de mi vida, aunque mi propia racionalidad la pone bajo control ern la vida real. Hacia 1946, con unos cinco años, fantaseé con ser un soldado raso a las órdenes de su superior y percibí un factor erótico, pues me avergoncé y reprimí la fantasía de inmediato; pero la recuerdo desde entonces. En el curso 1949/1950, con ocho/nueve años, vigilo una clase, con orgullo. Apunto por hablar a un niño. Al terminar, me dice con rabia “En la calle te espero”. Es un año mayor que yo, fuerte, enérgico. Gran pavor, que me dura semanas, a que me ataque en cualquier momento. No se me ocurre defenderme. Esa primavera, estando en el cuartillo del jardín de casa de mi abuela, con su celosía de madera, cerca de las tres de la tarde, se me ocurre de pronto una fantasía de sumisión, en la que yo soy un esclavo. Parece haber una función compensatoria, sustituir la angustia por placer. Desde 1954, trece años, mis fantasías transexuales se asocian con la idea de subordinación. Mediado junio 2010 (sesenta y nueve años), tengo una fantasía sexual que dura mes y medio, mañana y noche, en la que me veo, muy joven, dominada por un hombre enorme, grueso, amenazador, peligroso, calvo, velludo. Esta tendencia la asocio con papeles sociales voluntariamente humildes en Barcelona, Madrid (efímeros, hacia 1965) y Granada (más duradero, moral, 1972).  Toda mi erotización procede de esa sumisión o dependencia básica. No sé todavía si el deseo de lisura de mi cuerpo viene sobre todo de la incompatibilidad con los genitales masculinos, como expongo a continuación, o de ese deseo de sumisión, que me priva voluntariamente de su significado como arma.

No encuentro estadísticas de la posición de las mujeres en el continuo dominancia/sumisión;  pero entre las mujeres heteras que lo ponen en práctica como fantasía, un 89%  preferían un rol sumiso,  prefiriendo también un varón dominante, mientras que, de los varones heteros, un 71% preferían un rol dominante (Ernulf, Kurt E.; Innala, Sune M. (1995). "Sexual bondage: A review and unobtrusive investigation". Archives of Sexual Behavior 24 (6)”

Por tanto, este rasgo de mi temperamento lo puedo considerar  femenino,  procedente de una parte de mi cerebro formada femeninamente.

También puede ser biológica mi reacción ante la maduración genital. Mis genitales, antes, me había parecido insignificantes, graciosos, útiles para orinar, y por tanto limpios. Con nueve años, una circuncisión quirúrgica, me los hizo parecer, por primera vez, muy feos.

Mi pubertad fue difícil y fea. Empezó con una caída en bicicleta, con un rozamiento ventral, que me produjo una urticaria genital. El picor me llevó a mi primera eyaculación, con un sentido de culpa que me hizo pensar: “¡Pus!”  A la vez, mi profunda androfobia, o incompatibilidad con los varones, hace que los genitales madurados me parezcan muy feos y empiezo a sentirlos extraños o ajenos; no quiero que estén en mi cuerpo o por lo menos, que vuelvan al estado anterior.

Afortunadamente, documenté este sentimiento con precisión en una libretilla de mi diario sólo cinco o seis años después, el 12.IX.1960, yo con diecinueve años:

“Esta mañana, al ir a bajar a la playa, he vuelto a ver mi sexo en el espejo, mientras me ponía el bañador. Es una cosa fea; ajena a mí y a mi personalidad. Mi “yo” termina donde empiezan los genitales. De lo que se llama sexualidad, sólo me pertenece lo que más extendido y difuminado está en todo mi cuerpo: la voluptuosidad. El sexo es postizo, me avergüenzo de él, me disgusta, le aborrezco (…) Y este sexo ajeno es algo que repugna a mi voluptuosidad, al amor que siento por  mi cuerpo suave y mis facciones delicadas; y repugna de la misma manera con que me repugna el vello de mis axilas, la barba de mi cara, el vello de mis piernas. Por ello, estoy ansioso de someterme a un tratamiento de hormonas; deseo ver suavizarse mis piernas, redondearse mis senos, reducirse mi sexo (…)”

Este deseo es tan intenso y personal, que siempre he pensado que, si la condición para operarme, hubiera tenido que ser irme a vivir el resto de mi vida, a una isla desierta, yo sóla, hubiera aceptado. También he pensado, más realistamente, que si mis circunstancias profesionales me hubieran impedido esta emasculación, me hubiera sido suficiente operarme, sin cambiar de género.

Hubiera podido ser jesuita, consagrado a una causa mayor que yo, entre hombres que hubieran renunciado a su sexualidad como yo; el orgullo de esta pertenencia, de este prestigio, hubiera sostenido gran parte de mi vida, pero me habría faltado la alegría del cariño, la esperanza de la sexualidad, aunque ésta me resulte tan difícil; pero el cariño, lo puedo conseguir. 

Emasculado desde hace más de veinte años (5.I.1995), sé  que me tranquiliza, en el silencio de la noche, llevarme la mano a la ingle, para sentir cómo es. No se ha tratado de una mutilación, sino de una adecuación a mis sentimientos. ¿Me falta una imagen corporal masculina? He leído, en cambio, la historia de una persona XY trans que se operó y después sintió que no sabe por qué, pero necesita  en su cuerpo el genital masculino, y está pensando en diversas técnicas de reconstrucción quirúrgica, que no afecta sin embargo a su transexualidad. 

Al transvestirme ante el espejo, en mi adolescencia,  deseaba verme viviendo una vida tranquila como mujer, pero enseguida llegó un placer indeseado, que me avergonzaba y me hizo, después, arrodillarme llorando y rezando. Sé que mi transexualidad no era una parafilia (la noción de autoginefilia de Blanchard), porque quienes se encuentran en ellas, buscan el placer; yo no buscaba el placer por ese mecanismo, me lo encontraba y me entristecía..


lunes, 16 de diciembre de 2013

LIBERTAD DE GÉNERO


Kim Pérez

En la estructura de nuestra sociedad hay una ley ignorada, pero fundamental, que es el Código de Género. Todos, todas, todes la sabemos de memoria, y por eso no necesita ser escrita. Es penal, porque sanciona los incumplimientos con penas que van desde la irrisión o burla, a la culpa religiosa, expulsión de la familia, pérdida del empleo, desprestigio social y, en otros tiempos u ...otros lugares, hoy mismo, cárcel o muerte.

No tiene nada de extraño que lo tengamos grabado a fuego en nuestra mente, desde que somos pequeños. Manda en nuestro lenguaje. Manda en nuestras tiendas, dividiéndolas según sus preceptos. En nuestras compras. En nuestra ropa. En nuestros gestos. En nuestra manera de hablar o de reír.

Los Códigos de Género son variables, históricos, constituciones cuya duración se mide por decenas de milenios y no por siglos, regulan el corazón de las sociedades, mandando cómo deben ser sus familias y cómo debe ser la conducta de los sexos. 

El nuestro está en pleno cambio, se quiebra y grietea, pero sus penas aún nos hacen sufrir y nos marcan con largas cicatrices. Conviene conocerlo mejor. 

Está basado en un binarismo que excluye o condena todo lo que no es binario. Hay dos sexos biológicos, varón y mujer (por este orden), dos géneros conductuales, masculino y femenino, dos orientaciones sexuales, ginéfila y andrófila. Dos con dos y con dos. La Ley escrita incluso manda que todos los recién nacidos sean asignados como varones o mujeres. Quienes nacen intersex no pueden ser registrados como intersex. Quienes estemos al margen de este sistema, no podemos existir como marginales, y hemos de incluirnos en él.

Las personas intersex deben ser registradas como hombre o mujer, u operadas por decisión autoritaria, ajena, las transex son ignoradas o ridiculizadas (y se nos niega o regatea la operación), las homosex, condenadas. Chorros de sufrimiento humano hay tras estas palabras. 

El dos con dos y con dos oculta un significado. Estaba inventado para el poder. El poder no soporta terceros, que lo puedan debilitar. Obligaba a meter en el esquema de dominación a todas las personas. Decía que hay dominadores y dominados... Todavía lo dice, residualmente. Si has sido asignado como varón, te obliga a ser dominador, aunque no lo seas. Si has sido asignada como mujer, te obliga a ser dominada, aunque no lo quieras. Quienes estamos fuera del dos y dos y dos, seremos parias, más que dominados, sin derecho alguno, fuera de la ley binaria. 

La respuesta empezó por la lucha contra los dominadores (feminismo), que profundizó las libertades racionales, pero el clásico se quedó dentro de lo binario. Ahora ya podemos dar un paso más. La realidad no es binaria. 

El binarismo está fundado en un sí o un no. ¿Eres hombre? Sí – no; ¿eres mujer? Sí – no. ¿Eres masculino? Sí – no; ¿eres femenina? Sí – no; ¿Eres heterosexual? Sí – no. 

En cuanto te sales del binario, descubres que todas estas preguntas se pueden contestar con un más o menos. Y que ésa es la realidad, fuera de las abstracciones de los binaristas. Sales a la calle, y descubres que está llena de hombres más o menos masculinos y más o menos heteros, de mujeres más o menos femeninas y más o menos heteras, de personas más o menos intersex, más o menos homosexuales, más o menos trans… Lo corriente es la variedad, la variación que no se deja sujetar por esquemas… la vida.

Esta variedad es la de la natural libertad de género. La observación de la naturaleza nos conduce al deseo de liberación de nuestros esquemas sociales, para ajustarnos mejor a la naturaleza humana. 

La palabra género debe entenderse de otra manera. No puede ser ya una imposición, desde fuera. No puede ser ya la regla social, cuando descubrimos que ésta es abusiva, disparatada y generadora de mil sufrimientos. Serán las formas sociales que creemos por expresión, desde dentro de cada cual, por afinidades, por amistades, con libertad.

Seguirá habiendo mujeres u hombres más o menos femeninas, masculinos, más o menos heteros, heteras, más o menos homosexuales, libremente unidos, entre quienes se integrarán muchas personas intersex o trans (y dentro de poco, las células madres, generadoras de órganos propios, harán maravillas) Seguirá habiendo personas que prefieran definirse por la indefinición de sexogénero. Las personas homosexuales, bisexuales, transexuales, transvestistas, intersexuales, habremos sido el centro de esta transformación, y si en el siglo XX hemos necesitado etiquetas bien diferenciadas, ahora ya no las necesitaremos. 

El amable jardín de la Libertad de Género.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Libertad de Género como Derecho Humano



Kim Pérez

La transexualidad es una cuestión de libertad de género, un Derecho Humano, y por tanto tiene que ver con todos los seres humanos, no sólo con las personas transexuales.

El movimiento feminista ya ha trabajado y combatido por la libertad de género de las mujeres. No podía ser que hubiera sobre todes nosotres, todas nosotras, todos nosotros un Código de Género que ordenase que.las mujeres, por ejemplo, no pudieran entrar en el Ejército, lo que más ha visibilizado los nuevos tiempos, o en cualesquiera otras profesiones, antes varoniles, como la judicatura, en las que ahora tienden a ser mayoritarias.

El Código de Género es el fundamental y previo de nuestra sociedad, que no tiene que escribirse porque está grabado en nuestras mentes a sangre y fuego, aunque también está en parte en la ley escrita.

Prescribe cómo debe actuar cualquier persona, para ser llamada masculina o femenina, cómo debe vestir, cómo debe llamarse.

En la ley escrita, impone que todos los ciudadanos nos inscribamos como varones o mujeres, ignorando por ejemplo a les intersexuales.

Es un código penal, porque impone penas tan terribles como la burla o irrisión, el destierro familiar o extrañamiento, la enorme dificultad para el trabajo por cuenta ajena, etc, a quien decida pasar por encima de sus normas, ahora vigente para las personas transexuales, que no encontramos casi más salidas que el trabajo por cuenta propia... o el funcionariado.

En tiempos antiguos en España, en los contemporáneos en Rusia y muchos países islámicos o africanos, confirma lo que decía de sangre y fuego, porque condena a los disidentes de género, a hostigamiento legal o a prisión o a muerte, a quienes aspiran a la libertad ( Homosexuales, transexuales, informaos de vuestros derechos, de las normas vigentes y de la situación social de facto, antes de viajar a donde los ciudadanos son las primeras y constantes víctimas, o informaos de la dirección de vuestros Consulados)

Ahora falta por conseguir la libertad de género de los varones, mucho más aherrojados en este momento por las expectativas del Código de Género que las mujeres.

¿Por qué se puede observar una gran libertad de género ya entre las mujeres. y al mismo tiempo, los varones siguen tan rígidos, en parte por culpa de algunos -expectativas de poder- pero a fin de cuentas con una rigidez insertada en el vigente Código de Género? ¿Por qué tienen que parecer hoscos, temibles, serios, incomunicativos, aunque no lo sean?

¿Por qué temen la espontaneidad y tiene que ser convencionales?

¿Por qué para estas reglas arcaicas de masculinidad es mejor ser agresivo que haber cultivado la inteligencia?

¿Por qué un muchachillo no puede decir, por ejemplo, que quiere ser bailarín clasico, sin recibir un acoso de género inmediato en el aula? ¿Por qué, un paso más, no puede presentarse a los papeles femeninos escolares o en el teatro profesional o el cine, en los que podría brillar? ¿Por qué las ropas de varón, desde los chándales a los trajes tienen que ser tan uniformemente oscuros? (Menos mal que existe el chorro de luz de las corbatas!) ¿Por qué los varones tienen que ser tan ritualmente agresivos unos con otros, saludándose con puñetazicos de broma entre amigos, y no pudiendo casi acariciarse ni ponerse el brazo sobre los hombros, ni tomarse de las manos -regresión, antes se podía? ¿Por qué todo lo que estoy diciendo les parece a muchos de quienes lo leen un disparate imposible e improbable?

Que miren el creciente saludo entre jóvenes con dos besos. O el uso de uno o dos pendientes. O la reciente incorporación de varones como comadronas.

La transexualidad es sólo el caso extremo de la libertad de género requerida por todos los humanos, por quienes quieren ser libres en su masculinidad o en su feminidad o en su ambigüedad, mejor que seguir un Código con la cabeza agachada.

La transexualidad es el derecho a la libertad total frente a los requerimientos del Código de Género en cuanto a género o genitales.

Libertad de nombre, de vestidos, de registro del sexo en el estado civil, en los documentos oficiales, incluidos los pasaportes, de caracteres sexuales secundarios, de caracteres sexuales primarios… sin permisos ajenos, porque entonces ya no es libertad... autonomía, como la de toda persona para decidir sobre nuestra vida, sin dar explicaciones a nadie.

Libertad y respeto de personas libres en una sociedad libre.

Dentro de muy poco, dentro de este decenio, los genitales estarán abiertos a las transformaciones naturales gracias a las células madre…

Podrá parecer de ciencia-ficción, pero es que vivimos en el siglo XXI.

Y todo esto no será nada excepcional, nada patológico, nada tolerado, nada concedido, sino una parte de la libertad y de la igualdad de todas las personas, y del reconocimiento de los Derechos Humanos.

sábado, 26 de octubre de 2013

EXPRESIÓN EN MENORES VARIANTES DE GÉNERO



Kim Pérez

Actualizado 27.II.2014


 “Tendrás todo mi apoyo para hacer el camino que tú veas que debes hacer en tu vida, porque tú lo sabrás mejor que nadie. Tú vas a hacer las experiencias que necesites para encontrarlo. En algunas puedes acertar y en otras equivocarte, y eso es lo natural, cuando se hace una experiencia, que puede salir que sí como que no. Me vas a tener siempre a mi lado para preguntarme, y también tendrás que oírme cuando yo te diga algo que sea necesario porque tú no lo sepas. Te abriré siempre todas las puertas, tanto las masculinas como las femeninas o las ambiguas, para que tú elijas. Apartaré de ti los obstáculos que esté a mi alcance quitarte.  Educarte será prepararte para que tú tomes la mejor decisión”.

Es preciso dejar que se expresen los menores variantes de género, primero verbalmente, luego con hechos. Es preciso también aprender a oírlos. Saber oírlos consiste en dejarles hablar, sin interrumpirlos ni contradecirlos, dejarles la confianza de saber que van a tener ocasión y tiempo de decirlo todo, de desahogarse, en una palabra, y si lo necesitan, de experimentar con su género.

Entonces, con este criterio experimental, siendo muy consciente y haciendo muy  consciente al menor de que está haciendo una experiencia,  éste podrá experimentar todo cuanto necesite, porque la niñez, la adolescencia, la juventud son edades en las que el ser humano necesita sobre todo experimentar, como forma de definir su vida.

No hay una decisión todavía en cada paso, hay un ponerse a prueba. Puede ansiarse, por parte de la madre o el padre, menos incertidumbre, pero no son sus sentimientos lo que cuentan, sino los del menor.

Así, es experimental el cambio de ropa; el de género; el de nombre. Para todo eso hay que contar con el sistema escolar. Hoy, todavía, hay que explicarlo todo a todos. Dentro de unos años, no habrá que explicar nada, estará perfectamente entendido por todos.

Puede también experimentarse una ayuda médica. Bloqueadores de la pubertad en los primeros años, que son recursos puramente experimentales y reversibles en cuanto se deje de tomarlos. Conforme el o la menor va avanzando en edad y experiencia, puede empezar a probarse con fármacos cruzados, primero reversiblemente, luego irreversiblemente, con el acuerdo de madre y padre y oyendo siempre al o la menor.

En toda experimentación hay que enfrentarse con la incertidumbre. El resultado puede ser uno u otro, a veces sorprendentemente.

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Mantengo que no se puede hablar de menores transexuales ni homosexuales, dada la extrema plasticidad de esa edad, en la que algunas actitudes parecen ir madurando con el tiempo. Por tanto, hablaré de menores variantes de género, para no predeterminar el futuro.

Y por la misma razón, no les llamaré todavía masculinos ni femeninas, aunque parezca evidente que lo son, sino masculinizantes y feminizantes.

Hablando de orientación, tampoco hablaré de heterosexuales u homosexuales, para evitar las complicaciones que surgen al preguntarse si hablamos del género de origen o el de destino, sino que, más concretamente, hablaré de orientación ginesexual (que ama a las mujeres), androsexual (que ama a los hombres), personasexual (que ama a las personas, sea del sexo que sean), o asexual (cuyo amor no es sexual)

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CAUSAS DE LA TRANSEXUALIDAD

Puede haber causas biológicas, que consisten en las diferencias que puede haber en la androgenación del nuevo ser durante su gestación. Si un ser XY recibe menos andrógenos que la media masculina, o el ser XX recibe más andrógenos que la media femenina, habrá una desmasculinización mayor o menor, en el primer caso, o una masculinización mayor o menor en el segundo.  En la condición XY incluyo otras realidades cromosómicas, como XYY, y en la XX, otras como X0, para simplificar la realidad, que es muy compleja.

Ambas condiciones se verán después en la conducta de género, espontánea, instintiva, y en la orientación, androsexual en XY o ginesexual en XX, y darán lugar a una identidad o concepto de sí, femenino en XY o masculino en XX.

También puede haber causas biográficas, no biológicas, que se ven incluso en la mayoría de las  personas XY, que no parecen ser biológicamente femeninas, pero son transexuales porque no pueden identificarsae con los varones, por lo que llegan a una identidad feminizante.

 Es también útil, aunque requiere mayor trabajo de comprensión, la visión de Jacques Lacan, que se integra en la psicología profunda o psicoanálisis, aunque no es necesario aceptar todo el sistema psicoanalítico para aceptarla. Yo la transformo a mi manera. Partiendo de que todas las personas necesitamos sentirnos en una Unidad que nos dé el Ser y el Poder, se puede decir que la mayoría de las personas XY priorizan el Poder (lo que les da un interés por la dominancia y liderazgo, los motores, los juegos de guerra, etc), mientras que la mayoría de las personas XX priorizan el Ser (lo que les da un interés por su propia imagen y su proyección personal)

Según esta teorización, las personas XY transexuales femeninas seguirían un modelo femenino, priorizando su Ser, mientras que las personas XX transexuales masculinas seguirían un modelo masculino, priorizando su Poder.

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LA VARIEDAD NO-BINARIA DE LAS HISTORIAS PERSONALES DE VARIACIÓN DE GÉNERO

Lo que estamos pensando acerca de menores variantes de género requiere claras distinciones.  

La identidad es el concepto/sentimiento sobre sí que forma libremente cada persona, considerando su realidad corporal, sus afinidades, sus deseos, sus aspiraciones; es un “soy” + un “quiero”; puede haber por tanto un “soy” + un “no quiero”, realidad más juicio negativo sobre la realidad; se podría hablar de identidad/contraidentidad.

El estudio de Natacha Kennedy, de 2012, sobre 121 personas adultas (aunque sólo 11 FtM), muestra que los hechos trans suelen empezar desde la niñez. Sus tomas de conciencia se dieron  en una persona desde el primer año de vida, unas siete  veces más desde los tres, y veinte veces más a los cinco, edad que constituye la moda estadística; desde ahí descienden en una curva cóncava, con algunos altibajos, hasta los quince años, con frecuencia de una persona,  igual a la de un año; la media de edad se encontró en los casi ocho años; sólo tres personas empezaron a tomar conciencia desde más de dieciocho años.

A partir de este principio de análisis, es fácil distinguir enseguida algunas variantes de la experiencia trans, tales como las de identidades definidas personalmente como de hombre o mujer. e identidades indefinidas, como la de trans o la de persona ambigua, las de orientaciones androsexuales, ginesexuales, personasexuales o asexuales, las de propósitos operatorios o no operatorios…

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Expongo, más detalladamente, la variedad transexual, a través de cuatro esquemas simplificados, que en la realidad sería preciso completar con historias más o menos intermedias. Me resultan más conocidad las experiencias transexuales feminizantes, por lo que las detallaré mucho más que las masculinizantes, en la espera de recibir más información:

ESQUEMA

=Variantes de género XX masculinizantes, muy hiperandrogenizados, que siguen un modelo masculino de priorización del poder, ginesexuales.
Muestran desde su niñez una conducta de género muy masculina,  una identidad masculina muy temprana (“soy un niño”), prefieren en su niñez los juegos combativos, de equipo, y la compañía de los niños varones;  se sienten espontáneamente atraídos por las mujeres, con matices protectores, muy masculinos, por ejemplo en la forma del arquetipo de Tarzán y Jane.

DETALLES

La hormonación con andrógenos aumenta mucho su libido, acometividad y dominancia, obligándoles muchas veces a aprender a controlar racionalmente estas tendencias. El recurso a la cirugía es más frecuente para  conseguir la mastectomía, que es muy a menudo su primera urgencia, y la histerectomía, por razones prácticas, quedando la metaidoioplastia, o desarrollo del tubérculo genital, y la faloplastia, por sus todavía medianos resultados, a la espera de una mejora de las técnicas. 

Suelen formar parejas muy estables, incluso intertrans, en las que ejercen un papel dominante.

Catherine Millot ha creído ver en ellos una tendencia aparente a pasar inadvertidos y entenderse como “hombres grises”, encarnaciones del varón medio. Puede ser que esta tendencia provenga en realidad de la percepción del poder masculino como requiriendo ser indiscutible; su voluntad de poder les llevaría a evitar discusiones en las que pudieran encontrarse en una situación desventajosa. Sin embargo, la evidencia de que algunos trans masculinos no eluden el primer plano, muestra que esta tendencia es sólo cultural.

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ESQUEMA

=Variantes de género XX masculinizantes, algo hiperandrogenizados, que siguen un modelo masculino de priorización del poder,  androsexuales.  
Puede haber una admiración absorbente por los varones, que lleva a querer ser como ellos, a estar con ellos, en su dimensión de líderes o capitanes, y él a su lado, como un compañero,  audaz, compañero de audacias.
Desean hormonarse, formar barba, cambiar la voz, para ser reconocidos como varones sociales.
Su vida sexual resulta complicada, pero no imposible, precisamente con estos compañeros, heteros, pero ansiosos de sexo, que pueden valorar su aspecto masculino, dominable como masculino, y sus genitales femeninos.
Pueden entenderse a sí mismos como gays, pero encontrarán difícil relacionarse con ellos por la frecuente identidad fálica de éstos, en la que se hallan en desventaja.

DETALLES

Esta experiencia masculina no es del todo simétrica con su equivalente femenina, porque los trans androsexuales son una minoría dentro de los trans masculinos, en su mayoría ginesexuales, mientras que las trans ginesexuales son una mayoría entre las trans femeninas, de quienes las androsexuales están en minoría.

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ESQUEMA

=Variantes de género XY feminizantes, muy hipoandrogenizadas, que siguen un modelo femenino que prioriza el ser femenina, androsexuales.
“Soy una niña”, desde su primera niñez. Viven la feminidad desde dentro, sin pasión y con realismo. Pueden estar (o no), dentro del continuo dominancia/sumisión, en una situación más cercana a la sumisión. Puede haber (o no) un fuerte deseo de imitación de las funciones de la madre, incluso la maternidad, compatible con una tendencia a la rivalidad y la impaciencia.
 Su orientación es androsexual, muy intensa, con naturalidad. Piensan en los varones a menudo como en “el otro sexo”, muy diferentes, y hasta enigmáticos.
Su visible feminidad hace que sean acosadas desde el medio escolar. Con frecuencia, desde la niñez, según avanza su socialización, intentan corregir su naturaleza y su identidad, esforzándose en ser más viriles, incluso hipermasculinizándose; los impulsos de la pubertad, muy androsexuales, les ponen en el dilema práctico de cuál es su prioridad,  su identidad o su orientación.
Si el sentimiento de su identidad es prioritario, pueden llegar a una reasignación de género, mediante la simple hormonación cruzada o a una reasignación genital, mediante una cirugía decidida de manera reflexiva, no compulsiva.
Si es la orientación del deseo lo que se prioriza, incluso por razones prácticas, pueden intentar entenderse como homosexuales, aunque los elementos identitarios gravitan en su mente, como deseos de remodelación de su cuerpo o prácticas transvestistas.

DETALLES

Siguen un modelo femenino (ser),  que desde su niñez se traduce en  una conducta de género muy femenina y muy natural, a la que puede acompañar o una identidad femenina muy temprana (“soy una niña”), o una identidad neutra, o incluso una identidad masculina, algo desvaída, desde los dos-tres años.

Puede darse o bien la aceptación de los genitales, como no significativos (porque no afectan a su sentido de la identidad), o bien su negación, si les parecen significativos, porque quieren tener una vulva, e incluso esperan que con el tiempo se caigan.

Juegan sobre todo con niñas, a juegos apacibles, no combativos, frecuentemente con muñecas, de manera femenina, a peinarlas y vestirlas; no juegan mucho con niños; su feminidad es a menudo confirmada por el acoso escolar de género; su valoración de la ropa femenina está correlacionada reflexivamente con su identidad (“si soy niña, tengo que vestir así”); si su identidad es masculina, todas estas afinidades son expresiones de su naturaleza sin mayor reflexión sobre su significado (“soy así”)

Tienen una identidad femenina tan profunda, que si optan por una seudoidentidad masculina como soporte de su androsexualidad, no dejan de observar cierto distanciamiento respecto a ella, que puede llegar hasta un placer transvestista paradójico al llevar ropas masculinas, que ha sido llamado homovestismo.

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ESQUEMA

=Variantes de género XY feminizantes, algo hipoandrogenizadas, con falta o debilidad de la identificación de poder con los varones, ginesexuales.
Entonces, se da una fascinación o identificación extrema con la feminidad, apasionada. “Quiero ser mujer”. Puede ser muy temprana, con tres o cuatro años: “vi a una niña de mi edad y decidí que quería ser como ella”. Puede haber una adoración por la madre, admirándola, imitando sus gestos, sus palabras. La relación con el padre puede ser normal, pero menos absorbente. Parece una experiencia estética, en la que la orientación se convierte en identidad. Lo más parecido, fuera de la sexualidad, es la experiencia de Klimt: “Soy color… soy pintor”. 
En las personas XY heterosexuales, la identidad masculina, el amor de sí como varón, constituye una barrera que impide que la fascinación por la mujer pueda ser tan absoluta.  En estas personas XY transexuales esta barrera no existe y por tanto se da este amor absoluto, que a la vez depara una identidad.
  
DETALLES
                                           
La falta de identidad masculina se puede representar como el equivalente en lo mental a la ausencia de cualquier órgano anatómico necesario para configurar la masculinidad;  sería entonces también una intersexualidad neurocentral.

Sin embargo, por partir de una suficiente androgenia conductual, estas personas pueden integrarse con los varones en juegos de acción, de equipo y de combate, sintiendo interés por el juego pero no la afinidad de género con los compañeros; esto les permite no sufrir acoso escolar de género, porque cumplen con los estándares aparentes de masculinidad.

La absorción sin límites en la mujer significa que todas las cosas relacionadas con ella le parecen maravillosas y le deparan identidad. La ropa femenina no es una simple necesidad, sino un resplandor. Lo mismo que los juguetes de niña, vistos como encantadores, los únicos que se desea contemplar. El interés por la ropa, seguida con atención, puede llevar a descubrir sus mil matices, toda su expresividad.

Puede haber una verdadera adoración por la belleza de la madre, incondicional, más que un deseo intenso de imitar sus acciones, como se da en la otra forma de transexualidad. Y puede buscarse la compañía de las niñas por disfrutar de su presencia, más que por los intereses compartidos.

La intensidad de la identificación puede producir un deseo de fusión con la imagen de la mujer en el espejo; el verse como mujer suscita una contemplación tranquilizadora, y una necesidad de reflejarse en espejos, escaparates, fotografías, incluso en la sombra,  que es común también en la mujer, pero resulta particularmente frecuente. Puede parecer un narcisismo, una obsesión de la persona por sí misma, pero es un sentimiento más parecido al “yo soy tú”, del amor perfecto.

El espejo se convierte en el hogar natural de la persona feminizante, allí donde se ve como se quiere ver, y las fotografías son los equivalentes del espejo, más objetivables, que se pueden guardar, analizar, compartir y recordar; pero como esta pasión no exime de la soledad, puede llevar a un deseo de la mujer como compañera, que es relativamente fácil de conseguir y de conservar, superando la soledad.

(Es preciso explicar siempre lo que se siente, excluyendo el “esto son chiquilladas, me caso y se me acaban, no tengo ni que contarlo”,  y por parte de la pareja, excluyendo también el “conmigo se le pasará”; dos aspiraciones que no son realistas, porque es una realidad estructural, estable)

La feminidad como aspiración puede suscitar un alejamiento paterno, o la exclusión y acoso por parte de los compañeros varones; esto puede generar en estas personas también una reacción muy femenina: la necesidad de ser querida y valorada, el deseo de ser bella para ser aceptada.

Puede darse también (o no) una repulsa de los propios genitales, como en las historias anteriores, para materializar mejor la propia imagen como mujer. Tanto en la hormonación como en la operación no importa el descenso de la líbido, o la relativa escasez de los orgasmos, porque se trata de una cuestión de identidad, que es siempre prioritaria.

La hormonación/operación puede colmar su necesidad identitaria, pese al descenso de su libido (Anne Lawrence); lo puedo constatar en la historia de una amiga, operada, que sigue ansiando la felicidad en la compañía de una mujer, aunque su ideal es permanecer junto a ella, sólo tomada de las manos; pero otras veces, cuando se desea sobre todo llegar a la plenitud de la fusión mediante un orgasmo, se puede constatar que es menos fácil que antes, y lamentar profundamente haberse operado. 

Ray Blanchard, a quien se debe una útil distinción entre transexuales androsexuales y ginesexuales, que he seguido, llamó a esta manera de ser “autoginefilia”, palabra que no es adecuada, al insistir en “autós”, el sí propio, y considerándola como una parafilia; por eso me parece más adecuado hablar de ginesexualidad, que es una condición común a XY heteros y a XX lesbianas, y que además, permite dar por errónea la interpretación de la  condición transexual como parafilia.

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Estadísticamente, en mi grupo de amigas y conocidas más cercanas, en España, formado por 31 mujeres trans (4 de ellas extranjeras), 15 son androsexuales y 16 ginesexuales, casi mitad y mitad, a diferencia de los estudios anglosajones, que dan una gran mayoría a las ginesexuales. De las primeras, 10 son operatorias,  dos tercios, y de las segundas, 5, sólo un tercio. Con estos datos, ya empiezan a vislumbrarse por lo menos frecuencias y actitudes ante la operación.

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En una novela, de la que desgraciadamente no guardo en la memoria el título ni el nombre del autor, italiano, se manifiesta una parte de este sentimiento de una  manera muy bella. Un adolescente está enamorado de su prima. En un carnaval, buscando un disfraz, sube al cuarto de ella, busca en su armario, y encuentra uno de sus vestidos. Se lo pone y se mira en el espejo y en ese instante ve en él la imagen de su prima, pues se le parece mucho.

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Se trata por tanto de personalidades cercanas, pero distintas de las que actualmente se llaman feminófilas y antes transvestistas, que afirman su identidad masculina hetera y no piensan desde luego en hormonarse ni operarse, recurriendo sólo a técnicas cosméticas, de resultados a veces espectaculares pero voluntariamente efímeros, como figuras de arena en la playa.

La diferencia entre feminofilia y transexualidad ginesexual está en la presencia, en el primer conjunto de una suficiente identidad masculina o afinidad con los semejantes, en este caso los varones,  que forma una barrera identitaria que impide justo el deseo de fusión con la mujer; y en el segundo conjunto,  de un  vacío más o menos intenso de identidad masculina; tal barrera faltaría, la masculinidad no sería valorada, llegándose incluso a la androfobia.  

Son muy diferentes las perspectivas de feminofilia y transexualidad ginesexual; para la primera, las derivadas de una masculinidad hetera, que si realizara una operación de genitales se sentiría mutilada; la segunda pudiendo ver la operación de genitales como fusión deseada con la Imagen de la Mujer. Si en una persona concreta fuere difícil distinguir una de otra, sería necesario ser muy prudente en cuanto al paso quirúrgico, porque no se llegará más que efímeramente al éxtasis esperado.

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CERTEZAS Y DUDAS

En cuanto a la certeza de ser, o querer ser, o no ser, o no querer ser, la mayor duda puede darse cuando se observa que la orientación discrepa de la identidad, en un esquema binario. Se supone, dentro de este esquema, que si yo soy mujer tienen que atraerme los varones y si soy varón tienen que atraerme las mujeres. Pero si salimos de ese esquema y entramos en el terreno de lo no-binario constatamos que este esquema no es válido siquiera para los varones y mujeres por asignación, que pueden ser gays o lesbianas, y mucho menos para trans, cuya estructura afectiva es mucho más compleja.

Socialmente resulta más fácil explicarse a sí mismo como gay o lesbiana, pero yo prefiero decir, con mayor precisión, hombre XX androsexual o mujer XY ginesexual, porque las estructuras de los sentimientos son diferentes.

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Para menores XY variantes androsexuales y XX variantes ginesexuales puede no haber apenas dudas en el subperíodo de su niñez, sobre su identidad. Son tan femeninas o masculinos que para sí mismas o mismos o para sus familias o compañeros de colegio es evidente lo que sienten.
 
Sin embargo, la llegada a la pubertad suele producir dudas acerca de si es prioritaria  su orientación, y vivirán como gays (“yo me siento mujer, pero no necesito vivir como mujer”), o su identidad, viviendo como trans femeninas. Factores de esta duda pueden ser la conciencia de mayores dificultades para el amor de los hombres como trans que como gay, o la de las mayores complicaciones que se encuentran en la vida de trans.

Esta duda sólo se puede resolver mediante la práctica. Puede dar lugar a muchos aparentes desistimientos, como explico en el siguiente apartado, o fases de negación de la transexualidad, que me parece que irán, en su mayoría, seguidos por una negación de la negación, o retorno a la primera identidad.

Para la inmensa mayoría actual, que no hemos transitado en nuestra niñez, la duda está en cuándo salimos del armario. La respuesta empírica que puedo dar es la que dio un querido amigo a sus propias dudas sobre el armario homosexual: cuando la necesidad de salir te hace decir un “¡basta ya!”

Esta decisión es la única que puede poner audacia junto a la necesaria prudencia.  

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La hormonación también puede crear muchas dudas. Pero se pueden resolver si se la ve como un ensayo general, pero que durante mucho tiempo es reversible. Las dudas pueden darse en cuanto a la subsistencia de la libido y los orgasmos, que efectivamente disminuyen aunque no hasta cero. Experimentar con la hormonación supone la experiencia personal sobre si se acepta esta evolución de la sexualidad o se para o se modula (según técnicas selectivas sobre el tipo de hormonación que ya se emplean)

La hormonación debe hacerse siempre bajo supervisión médica. Es inútil y contraproducente la automedicación, sobre todo en grandes dosis, cuando el exceso de hormonas no es asimilado por el cuerpo, como el exceso de azúcar queda sin disolver en el té o el café; pero este exceso puede fatigar excesivamente al hígado. Por otra parte, el equilibrio endocrinológico de cada persona es sutil: una amiga desarrolló, en medio de su transición, un exceso de prolactina, una hiperprolactinemia, que tengo entendido que puede llegar a ser mortal; su médico interrumpió de momento la hormonación, corrigió la hiperprolactinemia, y siguió adelante.

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Las decisiones sobre la cirugía de genitales son las que deben meditarse más. Hablo de ella aquí, en la medida en que hay menores que la desean, aunque creo que, en general, deberían esperar hasta comprobar su necesidad.

Puede hacerse un experimento mental: Supongamos que puedo operarme, pero me ponen la condición de que tengo que irme después a vivir en una isla desierta el resto de mi vida. ¿Lo haría?

La respuesta “sí” indica que la primera motivación es completamente personal, de que “lo haría sobre todo por mí”, fuera de cualquier consideración social. Esto permite despejar dudas, pues se puede comprobar que la voluntad de operación es firme, entendida como una adecuación a los propios sentimientos, no como una mutilación.

La respuesta “no” en cambio aconseja no operarse, puesto que las consideraciones sociales pueden ser fluctuantes y, en cambio, se emprendería un cambio corporal no deseado por sí mismo, que podría  sentirse en el futuro como una mutilación.

La respuesta “sí” la dan también las personas que, no pudiendo permitirse el cambio de género por cualquier circunstancia social (hijos en la adolescencia, responsabilidades económicas, etcétera), emprenden sin embargo la operación, que será por tanto conocida sólo por ellas mismas, y entendida como el mínimo suficiente. Yo misma hubiera emprendido esta operación de no poder cambiar de género, como temía, y hubiera significado una profunda alegría para mí, muy equilibradora; esa circunstancia  permite comprobar además que para las personas que sentimos así, el cambio de genitales es mucho más importante que el cambio de género.

Equivale también a estas cuestiones otra, que corresponde a las dudas reales de muchas personas trans (aunque la realidad es más suave) : ¿Estarías dispuesta a operarte si supieras que perderías todas las posibilidades de orgasmo; o si supieras que ibas a perder la libido absolutamente?

La respuesta “sí” indicaría que la voluntad de ablación genital prepondera incluso sobre el deseo. Insiste en la idea de que, cuando se siente, esta voluntad está por encima de cualquier otra consideración, incluso sobre la propia vida, con frecuencia arriesgada mediante la mutilación (yijras de la India)

Cuando se insiste en las dudas sobre este punto, me parece que se está expresando una voluntad presionada socialmente y que no la desea por sí misma, personalmente. Que voluntad personal, sea cual sea, es lo más importante en las transiciones trans. Es la que puede permitir sentir que se está haciendo lo que se desea y la que puede dar esa sensación de paz y bienestar que produce la experiencia trans. Es estrictamente no-binaria, como toda la transexualidad es no-binaria, está fuera del Código de Género que manda que sólo se puede ser hombre o mujer por asignación externa, no por decisión interna.


PREDICTIBILIDAD DE LAS FASES DE NEGACIÓN Y DE LAS DE NEGACIÓN DE LA NEGACIÓN EN MENORES VARIANTES DE GÉNERO

En menores feminizantes androsexuales son frecuentes los desistimientos en la pubertad, para experimentar la homosexualidad.

En estas personas, pese a ser muy femeninas,  con una conciencia de feminidad notable hasta los once o doce años, no perturbada por ninguna inquietud,  al llegar a la pubertad, se encuentran con que su amor más o menos difuso por los varones se convierte en deseo, a la vez que se les hacen visibles las dificultades que pueden encontrar si, como muchachas trans, son rechazadas por muchos heteros y muchos homos.

Entonces pueden poner en una balanza lo uno y lo otro, y poner el deseo por delante de la identidad. El planteamiento de la fase de negación puede ser incluso  “Yo me siento mujer, pero no necesito vivir como mujer”, que he oído a un muchacho de apariencia masculina, gay.  Puede que también intente conseguir una hipermasculinización. Pero siempre subsistirá como nostalgia el paraíso en que vivió como mujer, y puede dejar más adelante la fase de negación y volver a su identidad primaria.

Mientras este momento llega, muchas personas XY feminizantes androsexuales vivirán muy cerca del intento de definirse como homosexuales, sintiendo incluso un placer libidinal al vivir como esos varones que no son ellas mismas y a quienes aman y desean, un travestimiento aparente u homeovestismo formal como varones.

El convencimiento de que muchos de los desistimientos son sólo temporales, anejos al proceso de experimentación, y que son seguidos más adelante por retornos a la identidad primera,  me lleva a sustituir el concepto de desistimiento por el de fase de negación, que puede ser definitiva o ir seguida por una fase de negación de la negación.

Tomo este nombre de la filosofía dialéctica, puesto que la persona trans dialoga de continuo consigo: a una fase de afirmación del sexogénero sentido (tesis) le puede (o no) suceder una fase de negación del mismo (antítesis), a la que puede (o no) seguir una fase de negación de la negación (síntesis), que permite la entrada en una expresión nueva y personal.

La fase de negación, para menores adolescentes, también puede entenderse como una necesidad de exploración de la realidad, no sólo la del sexogénero reasignado sino la del sexogénero asignado o quizá la de la negación de todo sexogénero.

Una vez producida, puede durar meses, años y aun decenios. Puede hacerse cierto balance de las preferencias, poniendo por ejemplo las posibilidades para encontrar compañía de sexogénero, por delante de cualquier cuestión identitaria. Es obvio que debe ser respetada la decisión de cualquier adolescente que desee explorar la realidad.

Pero  también puede (o no) ser seguida por una fase de negación de la negación, de retorno a la primera expresión de deseo de cambio de sexogénero o de búsqueda de una expresión no practicada, la de su masculinidad o feminidad de asignación.

En este sentido hay que decir que los estudios de seguimiento se han solido detener en la primera fase de negación, entendiéndola erróneamente como desistimiento. Hipotetizo que quizá por eso sea  baja, en las muestras de población estudiadas, algo menos de un  tercio, la persistencia en las actitudes anteriores, y alta, alrededor de dos tercios, la apariencia de desistimiento. A medida que se sigan realizando más estudios de seguimiento que lleguen más lejos, y puedan incluir las negaciones de la negación, entonces supongo que descenderá el número de los negadores.

En menores variantes XY feminizantes, ginesexuales, que llegan a una fusión con la Imagen de la mujer, puede ser que esta fusión sea fluctuante en intensidad.  Estas fluctuaciones entre el deseo de fusión y la atonía, toman la forma de fases cortas de afirmación y fases de negación, en las que se puede llegar a la purgación o arrepentimiento e intento de olvidarse de todo. Se llega a un vaivén continuo entre ambas fases, que hace muy probables los desistimientos y los retornos tras los desistimientos. Para evitar estos vaivenes sería mejor seguir un modelo no-binario de vida, que insista en la conciencia de ambigüedad personal.

Para tratar de los menores XX que pueden definirse como trans masculinos, tengo que advertir que mi condición de persona XY trans femenina me ha permitido tener sólo unas percepciones externas que me dejan llegar a reflexiones más generales, menos detalladas. Espero que este estudio se vea completado por otro procedente de trans masculinos, los únicos que pueden hablar de sí mismos y no necesitan preguntar a otros (como me sucede por ser trans femenina como  más en general, a otros profesionales y teóricos que sean cisexuales)

Los menores variantes XX masculinos ginesexuales pueden tener experiencias no exentas de orgullo por su integración natural entre los varones androgénicos, a los que con frecuencia superan en decisión, temperamento activo, deportes de equipo, etcétera. Al llegar la pubertad, pueden encontrar con facilidad a mujeres adolescentes heteras que se sienten atraídas por ellos, y a quienes desean proteger (fantasía de Tarzán y Jane) 

Esta experiencia de expresión de los propios sentimientos y profunda adecuación a la realidad puede ser tan grata y satisfactoria que no parece probable una fase de negación.

Los menores XX trans masculinos androsexuales o personasexuales, pueden encontrar en su expresión de sexogénero las muchas alegrías correspondientes a la perfecta evolución de sus caracteres masculinos secundarios, como en el caso anterior y a su perfecta inserción social. 



miércoles, 9 de octubre de 2013

Teoría de la Sexuación

TEORÍA DE LA SEXUACIÓN

Kim Pérez

Estoy deslumbrada por la visión pitagórica de la Realidad (“Todo es Número”), que lleva luego a  ver cómo las Matemáticas (la Lógica, las Relaciones), inmutables, son el Modelo de la Materia, mutable (“la materia es lo que cambia” – Mario Bunge)

Lo vemos en cómo la Materia se agrupa por la gravedad en un centro, agregándose en una forma que se parece a una esfera (los astros), pero que nunca llega a esa forma perfecta, matemática, quedándose en un esferoide.

Esto se parece a la distinción de Platón entre Idea inmutable o perfecta y Materia mutable o imperfecta, pero tendente a lo perfecto (idealismo) Y también a la de Aristóteles entre Forma y Materia, pero entendiendo por Forma algo que se parece al Proyecto de un Mecánico o un Ingeniero o Maestro de Obras o un Arquitecto o un Piloto que traza un  rumbo,  y  por Materia lo físico, lo que pesa, el material siempre variable que se trans-forma y se ajusta más o menos al Proyecto, realidad mental, no material, ni siquiera un Plano.

La Teoría, el Proyecto, escinde en el Número Dos la sexuación, y la materia viva sexuada intenta acercarse a ese Proyecto, no siendo dual, sino continua (el continuum de la sexuación), no siendo binaria, sino nobinaria, lo mismo que la superficie de los astros no es una pura esfera, sino esferoidal, y la belleza de los montes y las llanuras se ve siempre transformada por las elevaciones y las erosiones; o las erupciones de gas ardiente acaban por trazar una hermosa curva y volver a la superficie de las estrellas, tendiendo de nuevo a la forma esférica.

Materia y Forma las encontramos en la distinción entre a) la Masculinidad y la Feminidad teóricas, proyectadas para realizar un intercambio de  genes entre los seres vivos, una obra de ingeniería biológica, y b) la Materia viva, que se acomoda en parte a ellas, que la aprovecha además para estimular para la sociabilidad, la convivencia, el placer mutuo entre humanos, bonobos, lobos, tórtolas, etc  (pero no en otras especies)

Esta Materia viva en un principio no estaba sexuada, por lo que la realidad material es siempre un continuo, en el que no hay seres masculinos puros ni seres femeninos puros, sino seres que se masculinizan gradualmente o que se estabilizan en la feminidad primordial y general.


La Teoría es el Proyecto, abstracto, siempre igual, perfecto pero no vital, un Teorema, la Práctica es lo vital, lo singular, lo individual, lo concreto, lo real. Lo más o menos masculino, lo más o menos femenino, lo más o menos intermedio, lo más penetrante, lo más penetrable, lo más activo, lo más pasivo, lo más fecundador, lo más fecundable.

La Teoría es el Plan General, invisible pero pensable, la Práctica es la Materia, visible pero no pensable, sino perceptible, emocionante, como una Música concreta que suena asociada con ella.

Esta dualidad sexuada del estado vivo de la Materia parece una versión más compleja de la dualidad polar del estado físico, electromagnético, de la Materia, con su sistema de atracciones y repulsiones que se invierten en las distancias muy cortas, todo ello presidido  por la Unidad de los opuestos.

viernes, 21 de junio de 2013

Transexualidad arquetípica

Cambio el paradigma de análisis de la transexualidad, empezando por los hechos psicológicos, que son los que nos mueven directamente, y dejando en segundo lugar los condicionamientos biológicos.

En cuanto a los hechos psicológicos, me parece que los que tienen más valor explicativo son los arquetipos presentes en nuestras mentes. Tomo la palabra de Jung: se trata de formas fundamentales de la mente humana, simbólicas y universales; forman  un plano del lenguaje que es común a todos los humanos.

Aparecen en nuestros sueños, aunque es preciso traducirlos desde su forma simbólica hasta la explícita; la forma simbólica, incluso, puede permanecernos inexplicada, e incluso parecernos un disparate sin sentido; pero la visión del arquetipo suele permanecer en nuestra memoria, un sueño inolvidable, durante toda la vida, como pidiéndonos que hallemos su sentido (su traducción)

También aparecen, en la infancia, en los juguetes que deseamos, en los que pedimos a los Reyes Magos (por eso, llamo a su recuerdo “test de los Reyes Magos”), o en el uso que damos a los que podemos encontrar (una caja de zapatos que se transforma en camión, o un bolígrafo en metralleta; recuerdo, de mi niñez, que en el mísero campo andaluz, una niña acunaba a una piedra, envuelta en un pellejo de jineta, como si fuera una muñeca)

Como Jung descubrió, los arquetipos también se hallan en los mitos y las costumbres de pueblos enteros y hasta de culturas comunes a muchos pueblos. Por ejemplo, gran parte de los indios de Norteamérica, que aceptaban la elección de género, esperaban que los menores eligiesen entre un arco o un cesto, símbolos arquetípicos de la masculinidad y la feminidad.

Algunos de los arquetipos más importantes para los seres humanos tienen un valor general, indiferenciado, puesto que afecta a nuestras experiencias más básicas: el sueño de volar representa el deseo de una liberación, mientras que el de ser perseguido por un animal, que en España suele ser un toro negro, del que se puede huir con mucha dificultad, como a cámara lenta, o pegándose los pies al suelo, representa el agobio por fuerzas que nos superan.

Como corresponde a esos símbolos, el sueño de volar me suele pasar en un medio soleado y alegre, un cielo azul y nubecillas blancas, primaveral; la huida del toro negro, o de un enemigo sin rostro, en cambio, suele suceder en un ambiente oscuro y con luces siniestras.


(La capacidad humana de simbolización se renueva en las formas: desde que se inventaron los ferrocarriles, se puede soñar en perder un tren (y lo usamos en nuestro lenguaje), como perder una oportunidad)   

Muchos arquetipos tienen un valor sexual, puesto que la sexualidad es una de las experiencias fundamentales de la vida humana. Pondré primero los de ascender y descender, referidos a escaleras o montañas, que pueden ser símbolos del esfuerzo vital o de la rendición, pero también, en el terreno de lo sexuado, del esfuerzo masculino y la entrega femenina

El arquetipo del Falo no es sólo sexual. Emplea el símbolo del falo o genital erecto como símbolo de sentimientos tan abstractos como el de lo Uno, el Ser, el Poder… En forma de “lingam” o monolito, ha sido usado en el budismo, pero también son falicos los campanarios, los alminares, los rascacielos, los aviones, las locomotoras, los barcos y en especial los submarinos, los autos y camiones, las espadas, las lanzas…

Toda persona, hombre o mujer, puede sentir la fascinación del Falo, porque es un símbolo anterior a la sexuación. Lacan cree que las personas transgenitales feminizantes necesitamos suprimir nuestros genitales, que son como irregularidades en la línea pura del Falo; seríamos adoradores de él, entiendo yo.

El arquetipo correspondiente femenino es el Mar, inmenso y tranquilo. Indiferenciado. El Agua, en general, fluyente, adaptable. Luminoso si refleja el Sol (como la Luna, otro par de arquetipos de lo masculino o lo femenino) Representada también por los largos cabellos, que caen, sin fuerza propia, entregados a quien quiera acariciarlos.

O la cueva, acogedora, siempre igual de temperatura, fresca en verano y templada en invierno. Que da lugar a las casas, en las que nos encontramos protegidos entre cuatro paredes, viviendo en el mundo de los muebles, o de las cocinas. Casas que nos expresan, en las que nos reconocemos como formas creadas por nosotras, cuidadas por nosotras, limpiadas, también como el Nido primordial, la acogida, el cuidado, la protección.

Visualizadas a veces en forma de pequeñas cajitas que nos encantan, espacios cerrados entre cuatro paredes, un suelo y un techo. O en la de inmensas cavernas, temibles para muchos varones, devoradoras, o quizá comparables a grandes templos para nosotras, espacios penumbrosos y frescos en cuyo interior brilla una luz.

Puede ser que cada persona sienta en su mente determinados arquetipos con mucha intensidad y otros falten o estén difuminados (no lo sé seguro, pero trataré de averiguarlo; esto es el estudio y la investigación empírica que se requieren)

También puede ser que esta presencia/ausencia esté sexuada y que en las personas transexuales esta sexuación esté cruzada, pero puede ser asimismo que esta sexuación sea casi imperceptible a la conciencia, por lo que no produce una identidad (que es un hecho de conciencia)

Pero esta presencia/ausencia de algunos arquetipos puede ser fundamental en la estructura de la personalidad, y emerger de pronto, dando la impresión de una transición tardía.

Estos arquetipos sexuados que he descrito me parece que se dividen en dos clases.

Clase A. Unos arquetipos sólo constatan que la naturaleza humana está sexuada, y la describen usando un lenguaje simbólico. Son estáticos, descriptivos, pero pueden faltar o no, sexuadamente, o su carga afectiva puede ser sexuadamente distinta.

En una persona XY, por ejemplo, pueden faltar o ser borrosos los arquetipos relacionados con la persecución o conquista de la mujer, o con el combate intermasculino. Por tanto, este hecho está más o menos sexuado mentalmente.

Otras veces, el arquetipo está presente, como descripción de la realidad, pero cada cual, según su sexuación, lo verá de manera distinta, identificándose con el arquetipo o viéndolo como algo que está fuera, y que atrae o desagrada (me parece que los arquetipos del Falo o el Mar pueden despertar estos sentimientos)

Clase B. Otros arquetipos expresan nuestros deseos sexuados, los proyectan simbólicamente por ejemplo en los juguetes que hemos deseado o en las grandes elecciones que hacemos en la vida; podríamos llamarlos “arquetipos del arco y la cesta”, porque en nuestra niñez han estado tan claros, que hemos elegido para jugar los objetos de una de esas familias y no los de las otras. Hemos decidido, con la soberanía con que los niños saben lo que les gusta y lo que no. En nuestra edad adulta, si hemos podido también elegir nuestro modo de vida, veremos que coincide con lo que elegimos en la niñez como símbolo de nuestros deseos.

Memorizar en la edad adulta el test de los Reyes Magos que vivimos en nuestra niñez y repetirlo ahora, nos da un colorido mapa de nuestros sentimientos que nos permite entender mejor dónde estamos en relación con  otras fórmulas de género, con cuáles nos identificamos, con cuáles, no.

Más en general,  descubrir la estructura de nuestros arquetipos nos permite descubrir un plano de nuestro ser que solemos olvidar y que sin embargo es muy activo.

Para las personas transexuales, que en un momento u otro nos hemos preguntado con intensidad por quiénes somos, nos ofrece una perspectiva profunda de nuestro ser, no convencional, no superficial.

El único método que hemos tenido hasta ahora para responder a la pregunta sobre nuestra feminidad XY o nuestra masculinidad XX ha consistido en constatar hechos objetivos, fácilmente observables, tales como nuestras tempranas afirmaciones o denegaciones de identidad (“yo soy” o “yo no soy”), o nuestras conductas cruzadas, en más o menos. Este método trata, mediante la introspección o el diálogo, de descubrir hechos subjetivos, de sentimiento, muy personales e intensos.



Visto este principio de análisis arquetípico, bajaré ahora a la sala de máquinas de la biología, que lo condiciona desde luego; vemos tres instrumentos para entender cómo la transexualidad viene  de variaciones  posibles y naturales:

Primero. La sexuación va de un estado embrionario básico femenino a uno masculino, según los flujos de  andrógenos diferenciados durante la gestación, cuya cantidad en menos o más depende en general de los dos atractores XX y XY y en particular,en cadsa persona, puede ser también variable en “más o menos”. Esta estructura se formula matemátice como Conjuntos Difusos (Lotfi A. Zadeh) de Sexogénero, definidos no por un “sí, no”, sino por un “más, menos”

Segundo. La sexualidad está compuesta de distintos planos (genético, cromosómico, endocrino, gonadal, cerebral, de los conductos  internos, de los conductos internos, de los conductos externos, de la orientación, sociocultural, psicobiográfico), que suelen ser convergentes, pero entre los que puede haber divergencias o intersexualidades (Gilbert-Dreyfus), muchas de ellas debidas a la androgenación diferencial de cada plano en más o menos.

Tercero. La androgenación del cerebro puede configurar de manera diferenciada sus tres planos evolutivos (llamados reptiliano, paleomamiférico y neomamiférico/humano, o bien arcaico, medio y moderno - MacLean), determinando conductas diferentes  y aun contradictorias en cada uno de esos planos, que pueden ser difíciles de entender si no se considera esta posibilidad.


sábado, 15 de junio de 2013

Teorización y aplicación de la teoría en la transexualidad

Uso el siguiente cuadro teórico:

Primero. La sexuación va de un estado básico femenino a uno masculino, según los flujos de  andrógenos diferenciados durante la gestación, cuya cantidad en menos o más depende en general de los dos atractores XX y XY y en particular puede ser también variable en “más o menos”. Esta estructura se formula matemátice como Conjuntos Difusos (Lotfi A. Zadeh) de Sexogénero, definidos no por un “sí, no”, sino por un “más, menos”

Segundo. La sexualidad está compuesta de distintos planos (genético, cromosómico, endocrino, gonadal, cerebral, de los conductos  internos, de los conductos internos, de los conductos externos, sociocultural, psicobiográfico), que suelen ser convergentes, pero entre los que puede haber divergencias o intersexualidades (Gilbert-Dreyfus), muchas de ellas debidas a la androgenación diferencial en más o menos.

Tercero. La androgenación del cerebro puede configurar de manera diferenciada sus tres planos (reptiliano, paleomamiférico y neomamiférico/humano, o arcaico, medio y moderno - MacLean)

= = =

En mi caso, parto de las hipótesis de que o bien el Progynon que mi madre tomó para superar su matriz infantil y que dejó en cuanto supo que me estaba gestando, pudo tener un efecto  depot que fuera atenuándose de junio de 1940 a marzo de 1941, o bien el estrés de guerra que sufrió durante  esos meses, me desmasculinizaron gradualmente, más al principio, menos al final; el cerebro arcaico, permaneció femenino, con efectos conductuales muy elementales, automatismos, y los cerebros medio y moderno se masculinizaron más, pero no mucho, y sintiendo los efectos de la feminidad arcaica.

Si ha habido poca masculinización del cerebro arcaico, es lógica la inadecuación cerebro/genitalia, tanto anatómica como funcional; sentimientos de extrañeza y rechazo anatómico y funcional; deseo de sumisión sexual.                                                                                  

 Si ha habido suficiente masculinización de los cerebros medio y superior, la adoración hacia la madre/tensiones con el padre será un indicador de masculinidad hetera. Pero si, por no ser intensa, falta la homoafectividad masculina, se genera un vacío de identidad que se puede colmar mediante el deseo de fusión con una Imagen de Mujer en el Espejo, proyectada ginéfilamente.