viernes, 11 de abril de 2014

SENTIMIENTO DE FEMINOFILIA


Kim Pérez


Feminofilia es una palabra nueva que sustituye a travestismo. Me gusta la palabra travesti, con acento en la i, la primera que encontré, y sus connotaciones en América, como desafiante, valiente, insumisa a la opresión… pero habla sólo de transvestirse, lo que no da a entender la profundidad de lo que se puede sentir y por qué se decide. En francés, su origen, se travestir es disfrazarse. Se podría decir feminófilo o feminófila, y la primera forma, en masculino, se acepta hoy por muchos varones heteros que se definen como feminófilos heterosexuales. Es una palabra que significa más de lo que dice sólo en parte: amor tan apasionado a la mujer que se desea impersonarla.

La feminofilia entra plenamente dentro del conjunto trans, y es un sentimiento difuso cuyos límites son borrosos. A veces, algunas personas transexuales hemos hecho parte del camino feminófilo. Yo entre ellas, aunque con menos pasión constante; para mí, lo más importante ha sido el sentimiento de inadaptación a la sexualidad masculina y a gran parte del género masculino. Por eso hablo de mí en femenino. Por eso soy transexual. Y por eso hablo de los feminófilos en masculino. Porque desean impersonar a la mujer, y mientras lo están haciendo, hablan en femenino, pero pueden volver con gusto a la identidad masculina y hablar de sí en masculino. Se sienten adaptados a la sexualidad y al género masculinos.

A veces se llama esta actitud como de doble identidad, o identidad alternante, pero no es bueno llamarla así, porque sugiere algo esquizoide, mientras que las personalidades feminófilas son coherentes, sencillas, lineales. Nuestra cultura los entendería mejor usando el término que se emplea en inglés de impersonación. Es incluso mejor cuando se refieren a su impersonación femenina en tercera persona, dejando la primera para su identidad masculina, que es la de su subjetividad básica, la que construye esa impersonación y luego la vuelve a deshacer, como hace el artista en el teatro, cuando expresa una parte de su ser, que se deshará fugazmente y luego se reconstituirá.

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Feminofilia es mirar a una mujer y desear ser ella. Las barreras se desvanecen. Yo soy lo que deseo.

Quiero que su ropa sea la mía, para poder ser ella. La ropa es la persona.

Quiero ser esa persona. Tan hermosa como ella.

Quiero abandonar la grisedad de mi vida masculina. Quiero compartir esa vida de hermosura.

Es encantador vivir una existencia centrada en la belleza.

La miro durante horas. La admiro. Acepto cada molécula de su ser. Cada actitud, cada gesto. Quiero que sean los míos. La imito, sin darme cuenta. Y cuando me doy cuenta, sigo imitándola.

Puedo ser así desde que tenía dos años o tres. Entonces estaba centrada en la adoración de la belleza y la seguridad del cariño de mi madre; algo muy puro había llegado a mi existencia y yo lo sentía como siento la luz del sol de la mañana.

Su hipnotismo, sus ojos, su voz inolvidable que no volveré a oír en esta vida. Su compañía que me tranquilizaba. Me alegraba parecerme un poco a ella, me enorgullecía que mis gestos y mi manera de hablar y de moverme fueran como los de ella.

Casi éxtasis.

Otras personas trans, yo no tanto, en mi caso, hablarían también de esto:

Les atraía desde la niñez la vida de las niñas. Tener sus muñecas, su ropa, sus cabellos. Ser como ellas.

Yo sí quería ser vista como una de ellas, luego como una mujer. Saber que doy la imagen de mí que quiero dar.

Que todos puedan ver en mí lo que yo amo. Que me vean tal como quiero ser.

Que cada minuto de mi vida haya sido un minuto de una vida de niña, valorada, protegida, cuidada. .

Encantadora.

Una parte de esa maravilla que es la vida de mujer.

Si este sentimiento va acompañado por el desinterés por la vida masculina, si la vida masculina es para mí gris y fea, para mí, y triste, sin las ventajas que encuentran los hombres, ni sus alegrías, entonces puedo ser una transexual ginesexual o una transexual ambigua, para la que no hay sitio en la vida de varón.

Centrada únicamente en compartir la vida de las mujeres, aunque me pueden gustar también más o menos los hombres. Una cosa es ser y otra gustar. Sin desear llegar a una vida masculina, aunque pueden gustarme los hombres, incluso de hecho, sin pensarlo.

No será sólo que me impresionen más o menos las mujeres. Será también que no pueda adoptar una identidad masculina.

Puede ser incluso que sienta rechazo por los órganos masculinos. Que al tomar una ducha procure no mirarlos.

O no tocarlos. Puede ser que la intensidad del deseo me lleve a masturbarme, pero puede ser también que lo haga con amargura.

Comprendiendo que mi cuerpo no es del todo como el de una mujer, que será lo que más desee.

Ahora, la otra posibilidad. Si puedo volver a la vida masculina, si me es en conjunto agradable como tal forma de vida, entonces seré un varón feminófilo.

Que puede separar su vida profesional, familiar, social, de su pasión, como puede separarla de su amor a la música, por ejemplo.

Cinco días trabajando, en un trabajo muy masculino, que además, me guste, y el viernes, por ejemplo, tocando la batería.

Y el sábado por la tarde, ensayando.

¿No hay fans, fanáticos de la belleza, que idolatran la belleza?

Pues yo seré una fan, que tiene pósters de mis ídolos en mi cuarto.

¿No llega a ser la identidad de las fans la imagen de sus ídolos?

Pues mi identidad será la imagen de la mujer que vibra en mi imaginación en cada momento.

Mi identidad es mi deseo.

Cuando mi deseo cese yo puedo volver a mi identidad masculina, con la normalidad y lo corriente de cualquier vida masculina.

Otros pensamientos llenan mi imaginación.

Me interesan los deportes. Encuentro buena la afición por los deportes, porque descansa la imaginación.

Me compro un diario de deportes y encuentro conversación con los amigos.

Yo creo, yo, Kim, que la diferencia entre feminofilia y transexualidad ginéfila está en el margen que te deje de identidad masculina.

Si te deja un margen de masculinidad bastante amplio, placentero, serás feminófilo. Si no te lo deja, si el interés por la vida de mujer o la pasión por la mujer, según cada persona (interés o pasión) es lo único que te alegra y llena tu vida, serás transexual ginéfila (distinta de las andrófilas)

Kathy Dee cuenta que una amiga suya, transexual ginéfila, operada, se pasaba horas y horas bañándose, mirando su cuerpo de piel muy blanca, acariciando sus formas.

Pienso yo que la mujer con la que soñaba estaba ya allí, y no dejaba de estarlo, una vez que se levantaba y salía del baño, iba con ella, se vestía con ella, andaba con ella con sus movimientos conscientes de mujer.

La estructura de este sentimiento era dual: yo que miro y lo que miro, mi feminidad. En las mujeres heteras o lesbianas, este sentimiento es más sencillo, es sólo yo que miro.

Por eso, para los feminófilos que pueden salir del deseo y volver a su identidad masculina, todo equivale a una mujer con la que sueñan y que acercan a sí hasta el punto de expresarla con su cuerpo, que se convierte en la materia con la que un artista hace su arte.

Pueden tener incluso una identidad masculina heterosexual. Pueden hacer una vida masculina heterosexual, casarse con una mujer, amarla y desearla, tener hijos.

Sólo su sueño, su arte, es la feminofilia. Pueden dedicarle un tiempo y no otro, y en ambos se sienten a gusto. Pueden trabajar en la impersonación de mujeres y, al terminar, como vi una vez en un documental australiano, pueden volver a vestir de hombres con naturalidad. El artista de cabaret del que trataba el documental, a veces llegaba al cabaret con su hijo de unos diez años y, al terminar su actuación, con su camisa y su pantalón claros, volvía con él, andando por el paseo marítimo como cualquier padre con su hijo.

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