jueves, 24 de abril de 2014

Androfobia y genitofobia



Al despertarme, tarde, poco después de las doce y cuarto, después de una noche desvelada, y un duermevela en el que pienso una y otra vez que, junto a la “a” y la “o”, la “e” es la mía, comprendo que los sentimientos que me definen sexualmente son, hacia los varones que no me quieren, la androfobia, y desde mi pubertad, la genitofobia, sin excepciones, incluso hacia las mujeres.

En una persona intersexual conductualmente, como soy yo, es natural una afectividad singular, que no se explique con arreglo a los modelos mayoritarios; sin embargo, educada en una cultura binarista, he querido entenderme binaristamente como varón hetero o como mujer hetera, por lo que he tardado hasta los 73 años en comprender que mi manera de ser no es de varón, ni de mujer, ni siquiera de persona ambigua o intermedia, sino completamente diferente.

Androfobia y genitofobia dan sentido a mis recuerdos. Debajo de ellas, que son sentimientos, efectos de algo más profundo, hay una naturaleza femenina conductual, derivada de que mi madre tuvo que tomar un estrógeno muy fuerte para que yo llegara y no me muriera.

De mi relativa feminidad no tuve conciencia en mis primeros años (llorica, lánguido, actitudes que eran mías, pero a las que no le di nombre), por tanto no generó una identidad femenina, pero me costó la desafección de los varones, a la vez que los rechazaba, mientras resplandecían como refugio afectivo la adoración hacia mi madre y la admiración incondicional hacia mi padre. Y el cariño hacia otros hombres que fueron buenos conmigo.

Tengo recuerdos de choques morales, una verdadera aversión hacia los varones desde los cuatro años, luego desde los siete, cuando salí del ámbito familiar y, sobre todo, desde los doce, cuando empecé a tener conciencia de la genitalidad masculina y a rechazarla en ellos y en mí; la extrañeza por mis genitales, el deseo de verme libre de ellos, empezaron a definirse en mi conciencia; no la formación de unos genitales femeninos, sino la pura emasculación.

Y en ese momento aparece ante mí la imagen de una mujer con pecho lleno, envuelta en una combinación somera, y me digo con ansia: “Quiero ser como ella”.

Y veo al hombre a quien ella mira y le fascina y a mí me gusta, pero no me fascina, y me digo: “Quisiera amarlo”.

Por tanto, no me ajusto a las formas mayoritarias de masculinidad ni de feminidad, ni a las homos, ni heteras, ni tampoco a las de las trans femeninas que han podido afirmar su naturaleza y su identidad desde pequeñas; soy trans porque he apartado mis genitales y porque anhelo una identidad femenina en la que pueda desear a los varones, aunque no lo consigo del todo.


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