martes, 12 de marzo de 2013

Esquema de la Teoría de Conjuntos Difusos de Sexogénero




Por Kim Pérez

Actualización: 21.II.2014


Licenciada en Historia con Grado, Univesidad de Granada
Profesor Encargado de Curso, Universidad de Granada (1969-1971), Profesor de Formación Humanística y Ética, en el Centro Ameinon, y también, como Profesora, de Filosofía, en el Centro Ramón y Cajal, de Granada (1976-2006)
Premio Pluma 2010, de la FELGTBI


Fundada en el concepto de “más o menos” aplicado a la feminidad (“¿Mujer o trans?”, ponencia de Kim Pérez en las Jornadas Feministas Estatales, Córdoba (España), 2000; inspirada en conceptos sexológicos (continuo homosexual/heterosexual de Kinsey), feministas (diferencia entre sexo y género, procedente de Robert  Stoller, 1960) y de la Teoría Queer (no cerramiento de las identidades de género);  luego formulada conforme a la Teoría de Conjuntos Difusos de Lotfi A. Zadeh, de 1963 y la noción de Atractor Extraño de Eduard Lorenz, 1965.

Dio lugar al grupo de Conjuntos Difusos de Granada, cofundado por Kim Pérez y Amets Suess, Granada, junio de 2009, con el apoyo de la Asamblea de Mujeres de Granada, incorporándose Pablo Vergara Pérez. Presentada públicamente en las Jornadas Feministas Estatales, Granada, diciembre de 2009. Inspira el Proyecto de Ley Integral de Transexualidad de Andalucía, presentado por Izquierda Unida al Parlamento de Andalucía, 19 de diciembre de 2012, consensuado por la Asociación Conjuntos Difusos y la Asociación de Transexuales de Andalucía y elaborado principalmente por Ángela Gutiérrez Hermoso y Pablo Vergara Pérez. Es por primera vez uno de los contenidos docentes del curso de la Escuela de Postgrado, en la Facultad de Educación de Granada, impartido por Stefano Barozzi y Kim Pérez desde el 12 de marzo de 2013.

Es la primera formulación teórica procedente del medio transexual,  que parte de la posición central de la transexualidad, no marginal, para el estudio de la sexuación humana. Robert Stoller, cisexual, formuló también su visión de la diferencia de sexo y género a partir de la existencia de las personas transexuales.

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Temas fundamentales: Matemáticas y materia; continuo difuso mujer-hombre; atractores y variaciones; identidad como forma de conciencia variable, afinidad; código de género cultural: discontinuo en dos conjuntos cerrados como forma de dominación.

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(Prólogo)


La sexuación humana, remotamente descendiente de una reproducción asexual, se hace a partir de una feminidad básica y común a todos, mediante la androgenación diferenciada en la edad prenatal.

La feminidad básica es en potencia bivalente: dos mamas en cada cual y un tubérculo clitorideo/peniano, que se desarrollarán como alternativas; cromosomas XX cuya mutación, prehumana, dio lugar al XY.

La androgenación consiste en flujos, o chorros, variables, difusos, un más o menos; las menores, determinan la permanencia en formas y conductas definidamente femeninas; las intermedias, formas o conductas intersexuales; las mayores, formas y conductas definidamente masculinas.

Por tanto, la feminidad es básica, lo fundamental en todas las criaturas humanas; la masculinización es emergente en más o menos.

La androgenación no sólo es diferente individualmente, sino en los planos de la sexualidad de cada individuo (fenotípica, cerebral…) Yendo más lejos, la cerebral aparece probablemente diferenciada en alguna forma en la que cuente la temporalidad de sus formaciones.

En general, la androgenación por planos es bastante coherente en cada individuo, haciéndole permanecer mayoritariamente o bien en la feminidad básica o masculinizándolo. Esta coherencia puede no darse en algunas  personas, que se aprecian más claramente, en anatomía o conducta, como intersexuales.

En los seres conscientes, las determinaciones biológicas se juntan con las innovaciones adquiridas, todo ello en forma difusa, abierta, no cerrada.

La biología se relaciona con la conducta sexual innata, o sexualidad, pero sólo predispone, no determina, unida con la biografía, a la conducta sexual aprendida, o género. La feminidad o masculinidad de género,  dependen por tanto de dos factores articulados, biología + biografía. 

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La  matemática es la infraestructura de la materia (Pitágoras, Platón, Galileo, Newton, Einstein, Planck, Heisenberg) Algo inteligible, intemporal, “lo que no cambia”, organiza lo sensible, temporal, “lo que cambia”. Números bióticos permiten la consciencia o, al variar,  la deshacen; o forman la sexuación, que depende de las cantidades de andrógenos.

Para hablar de ciencia es preciso hablar de matemáticas.

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Los conjuntos difusos de Lotfi A. Zadeh se definen porque sus elementos tienen un grado de pertenencia de +/- (mientras que los conjuntos cerrados se definen por sí/no {1, 0})

La matemática Teoría de Conjuntos Difusos sirve para hacer cálculos sobre flujos y otras realidades variantes en +/- (afluencia al metro, tallaje de prendas, etc) o para entender mejor ciertas realidades en la teoría y la práctica social.

La realidad del sexogénero se puede entender como un sistema de conjuntos difusos, ya que empíricamente sabemos que las personas somos +/- viriles, +/- femeniles. Todos encontramos un lugar dentro de un sistema de transiciones (+/-)

Hay también dos atractores estadísticos abstractos, F y M (femenino y masculino), a los que se acercan +/- todos los elementos. Este concepto se forma a partir del de “atractor extraño”, de Eduard Lorenz, que describe una serie de curvas espirales más o menos cercanas a un espacio vacío, que conforme se alejan comienzan a gravitar en otro igualmente vacío que forma un par con el primero. Los atractores F y M son espacios vacíos puesto que no existen hombres puros ni mujeres puras y las personas reales orbitan más o menos cerca (o más o menos lejos) de ambos, en un sistema único.

Puede entreverse  una estructura del sexogénero humano formada por una infraestructura biológica inconsciente y una superestructura biográfica (psicoafectiva, tecnoeconómica –sigo a V. Gordon Childe-, consciente)

La infraestructura biológica, natural, se puede hipotetizar así:

Sobre una morfología inicial asexuada (dos tetillas + tubérculo genital) la diferencia XX o XY (el cromosoma Y surgió de una mutación del X) puede determinar una androgenación menor o mayor (-/+) del humano en gestación. Si hay androgenación -/+ cercana a 0, evoluciona en forma -/+ cercana al atractor F; si es -/+ cercana al máximo conocido, evoluciona en forma -/+ cercana al atractor M (Existen también algunas personas XX que se desarrollan como hombres y personas XY como mujeres)

Los flujos +/- grandes de andrógenos llegan en distintos momentos: formación de los genitales (-/+ desarrollo del tubérculo genital), configuración del cerebro diferenciada en formas relacionadas con la temporalidad de los flujos: -/+ masculinización de cada una de ellas.

Tomemos como referencia de conducta sexual preconsciente, a los mandriles que, al trasladarse, trazan  dos círculos en torno a los hijos: uno externo, por los machos, de defensa indirecta, agresiva frente a ataques externos, y otro interno, por las hembras, de defensa protectora y directa de los hijos.
                                                                                               
Los flujos mayores y los menores en los humanos dan lugar a conductas de círculo externo en las personas definibles como varones y a conductas de círculo interno en personas definibles como mujeres.

Este esquema abstracto está fundado en las diferencias androgénicas. Como éstas forman un continuo, se puede pronosticar que en los dos círculos habrá líderes y seguidores jerarquizados, más o menos androgenizados o androgenizadas. Pero la observación real mostrará que hay también personas XX que se incorporan al círculo exterior, personas XY que se incorporan al círculo interior, otras personas XX o XY que se sitúan permanentemente entre ambos, y que las personas XXY, XXX, X0, etcétera, se sitúan bien en los círculos definidos, bien entre ambos.

La biología hipoandrogénica en personas XY o afines, y la hiperandrogénica en personas XX o afines, la biología en abstracto, son eficaces para condicionar conductas imprevisibles entre ambos círculos de manera algo indefinida; pero hace falta pensar en la biografía personal y la cultura ambiente para entender las identidades definidas resultantes. 

La complejidad de las diferencias interindividuales en la androgenación cerebral se hace mayor en el plano individual.

Los planos arcaico, medio y moderno (o reptiliano, paleomamiférico y neomamiférico) del cerebro pueden haberse androgenizado diferentemente durante la gestación, dando lugar a conductas sexuadas contradictorias que se sitúan en tres continuos.

Una nueva subhipótesis podría explicar por ejemplo que una situación de hipoandrogenia intensa en determinado momento fuera pasando con el tiempo a niveles mayores de androgenación,  generando un plano arcaico muy femenino (perceptible en las conductas de poder, o dominancia/sumisión) que fuera evolucionando a niveles intersexuales en el plano medio (orientación borrosa, poco definida en cualquier sentido) y masculinos en el plano moderno (amor personal  definido)

Estos tres planos aparecerían a su vez como cuantificables por un +/- dentro de un continuo. De hecho, cada persona los vería entrar en contraste en sí misma, aunque en la mayoría fueran más convergentes que divergentes y sólo en una minoría fueran claramente divergentes.

Las personas que se encontraren en esta situación de divergencia, dentro de una cultura como la nuestra que sólo entiende la convergencia y no tiene apenas conceptos (palabras) para explicar e integrar la divergencia, sentirían su naturaleza sexuada como fragmentada, mientras que podrían entenderla mejor como irisada.

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Los fenómenos biológicos, infraestructurales, y los epifenómenos psicoafectivos, socioeconómicos, biográficos, que son superestructurales, se hacen conscientes en las identidades, que son hechos de conocimiento de sí con valor afectivo, afirmativo o negativo.

Las identidades de sexogénero surgen como sentido interno del ser, irrefutable, como se comprobó en una dramática refutación de la hipótesis de John  Money de que todo el género fuera aprendido, imitado, inspirado desde fuera, externo. Pero también existen identidades confusas o intermedias o cruzadas, lo que muestra que se manifiestan como hechos del lenguaje simbólico y por tanto de consciencia, sujetos a los límites del vocabulario disponible y al error.

Como tales hechos de conocimiento consciente, las identidades evolucionan, se transforman; no son irreversibles a partir de los tres años, como suponía Kohlberg, aunque tienen un elemento de memoria de los afectos, sino que pueden desarrollarse y variar como todo conocimiento; como son conscientes, son históricas.

Las identidades, hechos de conocimiento, dependen en gran parte de intuiciones, más que de razonamientos, y las intuiciones son de por sí incomunicables; por eso es ilusorio e imposible que una persona ajena intente definir la “verdadera” identidad de otra persona.  La identidad, como intimidad, es inaccesible e incomunicable en su intensidad, connotaciones, etc

Las identidades personales se agrupan espontáneamente por afinidades. Recordando los atractores de Lorenz, la mayor parte de las personas se sitúan cerca de los atractores vacíos. Pero minorías importantes se sitúan más y más lejos de cada uno de ellos, pudiendo formar otros subconjuntos de afinidad.

En un continuo, todas las identidades que se den en él representan conceptos funcionales, prácticos, de una lógica informal o borrosa; esto se puede decir de las identidades de hombre, mujer, intersex, transexual, travesti, etc, todas las cuales se pueden entender como difusas dentro del mismo “más o menos”.

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La identidad es a la naturaleza como el  concepto a la realidad. “La adecuación de la inteligencia a la realidad”, definición de la verdad por Aristóteles, se puede dar más o menos plenamente. Hay un margen por tanto entre una y otra. 

Hay personas XY muy femeninas  o XX muy masculinas, que forman en edades muy tempranas una identidad cruzada de género (que corresponde a una naturaleza cerebral cruzada respecto a la del resto del organismo)

En otras personas, la identidad de género es vacilante,  quizá en relación con una naturaleza cruzada menos definida.

En otras personas más, la feminidad o masculinidad cerebral no se traduce en una identidad cruzada, de manera que asumen como identidad la naturaleza del resto del organismo.

Es decir, la naturaleza no se traduce necesariamente en identidad, como los conceptos, en general, no se forman directamente de la realidad; pueden darse o no.

En las personas de naturaleza cruzada, en culturas que la niegan, se suele dar un sentimiento de miedo cuando comprenden la presión social que pueden encontrar. Entonces suele darse una “fase larga de negación” que puede durar años, decenios o toda la vida. En ella, se niegan los sentimientos o experiencias cruzadas, bajo reflexiones como “esto son chiquilladas, que se me pasarán con el tiempo” que conducen a integrarse mejor en los estatutos socialmente admitidos de varón o mujer.

Esta fase larga es distinta sólo cuantitativamente de las fases cortas de negación, que han sido llamadas “purgaciones”, que suelen acompañar a los procesos transexuales y durar unas semanas o unos meses. En ellas se suele tirar todos los elementos de género que acompañan las afirmaciones de identidad cruzada (ropas, maquillajes, prótesis, etc), con grandes sentimientos de culpa familiar o religiosa, consecuencia de un código social de género muy interiorizado.

Suele seguir una conducta convencional, afectivamente gris, que parece masculina o femenina o incluso hipermasculina o hiperfemenina. Teniendo en cuenta que la orientación sexual es un hecho que también forma parte de un continuo (Kinsey), distinto de la identidad de género, en algunas personas conduce a enlaces heteros, y a la procreación,  en otras a una soltería práctica y en otras a enlaces homos.

La conducta homosexual puede surgir de motivaciones muy diversas y tener formas muy diferentes, desde una profunda camaradería hasta relaciones de dominancia/sumisión. Se encuentra en ella muy a menudo, no siempre, una naturaleza cruzada originaria, seguida de una fase larga de negación, para la que las relaciones externamente homosexuales pueden ser internamente, cerebralmente, heterosexuales.

Se puede expresar en frases como “yo me siento mujer, pero no necesito vestir de mujer” o recuerdos de una infancia muy femenina o masculina, en la que ya se sintieron enfrentamientos familiares o sociales, empezando a menudo por figuras tan significativas como la del padre o los hermanos y siguiendo por la escuela. El sufrimiento pudo ser tan intenso que en la edad de la adolescencia pudo surgir una fase larga de negación que ya duró toda la vida.                 

Aparece entonces con claridad que en muchas personas homosexuales, no en todas, se han dado experiencias afines a las de las personas transexuales, en cuanto a naturaleza, identidad y fases de negación. La diferencia entre unas y otras parece ser sólo cuantitativa, en cuanto a la intensidad de la naturaleza cruzada, de los conceptos de identidad y de las mismas experiencias sociales que han llegado a la fase larga de negación. Al ser cuestión de más o menos, se integran en un conjunto difuso o continuo. 

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Por naturaleza, la transexualidad es una de las numerosas formas de intersexualidad, puesto que corresponde a una diferencia entre el sexo cerebral y el del resto del organismo. Gilbert-Dreyfus recogía los numerosos planos en los que la intersexualidad es posible: el genético, cromosómico, de los conductos internos, de los conductos externos, el hormonal… Hay que añadir, a partir de lo que vamos sabiendo (Guillamón) esta intersexualidad en el plano cerebral o neurocentral.

Por identidad, la transexualidad puede entenderse por identidades femeninas o masculinas (“soy una mujer como otra cualquiera”, “soy un hombre como otro cualquiera”) o ambiguas (“no soy hombre ni mujer”)

Esta concepción resuelve la cuestión de la patología. La intersexualidad no es una patología sino una variante natural, dentro de la extrema variabilidad de la naturaleza, que interesa adaptativamente, es decir evolutivamente. Puesto que la transexualidad es una forma de intersexualidad, no es una patología, sino también una variante natural. No ha lugar a patologizarla ni, por consiguiente, a intentar curarla.

La variabilidad natural  no sucede teleológicamente, es decir, con un fin predeterminado, aparte de la misma variabilidad, que es buena y útil de por sí. Quiero decir que las variaciones surgen dentro de una plantilla de posibilidades y algunas pueden ser perjudiciales y otras beneficiosas, algunas no adaptativas y otras adaptativas.

En este punto debe mirarse cara a cara la realidad. Objetivamente, las intersexualidades dificultan la formación de pareja y la procreación. Puesto que pueden deberse a diferencias en la androgenación, ¿puede preverse que en un futuro inmediato, el análisis prenatal de la situación hormonal de la criatura en gestación dé lugar a un tratamiento médico con andrógenos o antiandrógenos?

Sí, es posible. En ese futuro eugenésico podría pensarse que se prevendrían y se corregirían, vía médica, la intersexualidad, la homosexualidad y la transexualidad. Pero este criterio humano limitaría la variabilidad natural, sería homogeneizador, no respetaría las posibilidades de desarrollo de cada individuo. La formación de parejas y la procreación son necesarias para la supervivencia de la especie, pero no para la de todos sus individuos, para cuyo desarrollo sólo es imprescindible la ayuda familiar y social, la alimentación y el cobijo. Las circunstancias reales son mucho más complejas y variables que las previsiones aparentemente racionales, si son unificadoras (no adaptativas) Entre las razones por las que los naturales de Juchitán, en México, se alegran de tener una hija muxe (transexual) figura el tener una ayuda para los padres en su vejez. Para otras personas, tener una pareja transexual significa la ventaja, en ciertas circunstancias, de no tener hijos. Todo ello es singular, puede darse o no, pero  es individualmente adaptativo. 

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El Código Penal de Género vigente en la civilización del Occidente es distinto de los vigentes en otras: la islámica, en especial, comparable en extensión y en fuerza de rivalidad, y otras formas más pequeñas, supervivientes, como la de Samoa o la de Juchitán, en México. Estas diferencias nos hacen percibir que el Código de Género no traduce directamente realidades biológicas (que son comunes a toda la especie humana), sino sus manifestaciones socioeconómicas, históricas, variables.

 Se entiende por Código de Género el de carácter  consuetudinario o escrito, que constituye la columna vertebral variable de cada sociedad, puesto que, después de la división biológica por edades, la división sexogenérica del trabajo, que procede no de la primitiva sociedad recolectora, sino de la siguiente cazadora, constituye la primera de las superestructuras históricas.

El  carácter penal básico del Código de Género se observa en que está constituído por una serie de transgresiones y sanciones muy graves, que pueden ir de la irrisión o burla social (como mínimo) a la expulsión de la familia o del trabajo, y en algunas épocas y culturas, a la cárcel o a la muerte.

Su carácter penal evidencia que es una forma de dominancia, de mandamiento/castigo: en la sociedad de cazadores organizados, la primera división social del trabajo fue sexual, entre cazadores/guerreros y recolectoras/cocineras: sociedad patriarcal, senatorial, en la que los varones dominantes, hiperandrogénicos, subordinaron a las mujeres, excluyeron a otros varones, hipoandrogénicos, y creó las costumbres y leyes superestructurales.

La prueba de que la división fundamental se hacía por las condiciones personales asociadas a la hiperandrogenia e hipoandrogenia, más que por la mera existencia de genitales masculinos o femeninos, está en que las sociedades cazadoras indoamericanas se aceptaba a petición propia a personas XX hiperandrogénicas como varones cazadores y guerreros y a personas XY hipoandrogénicas como mujeres.

Nuestro Código Penal de Género divide en consecuencia a las personas en conjuntos cerrados de sexo, definibles por sí/no: ¿Varón? Sí/no; ¿mujer? Sí/no; también en su conducta de género: ¿Masculino? Sí/no; ¿femenina? Sí/no.

Se supone que son alternativas perfectas: quien no es hombre será mujer; quien no es femenina, será masculino.

Sólo se admite socialmente esta alternativa perfecta. El Registro Civil, el Documento de Identidad, admiten sólo dos casillas: Hombre o Mujer.

Las personas intersex deben ajustar sus naturalezas y sus identidades a estas casillas, aunque no les correspondan. En general, los que viven diferencias intensas respecto a este sistema de sí/no son ignorados o tratados o marginados o negados o criminalizados; incluso aprisionados o ejecutados.

El Código Penal de Género habla por tanto de “mujeres” y “hombres” como  abstracciones que corresponderían a los espacios realmente vacíos del interior de los dos atractores. El carácter general, universalizador, de las normas del Código de Género, que son válidas para “todos”, muestra que está dirigido a estas abstracciones y no a personas concretas, en su inmensa variedad.

El análisis del  Código de Género muestra un núcleo fijo y una serie de consecuencias. La lógica del núcleo fijo se funda en las capacidades diferenciadas de “mujeres” y “hombres”, en abstracto, respecto a la procreación.

Se supone que las “mujeres” (palabra usada en general, abstracción) conciben y, dado que nuestra especie es mamífera, quedan preñadas, amamantan o cuidan; forman el círculo interior de defensa de los hijos (físico en los mandriles) Pero sería más concreto hablar de la función de madres y no de mujeres en abstracto.

Se observa como hecho real, al margen de abstracciones, que el círculo interior llega a ejercer un cuidado colectivo, pero directo, ejercido por mujeres o varones, que se suma al cuidado  personal de los propios hijos. Ese cuidado colectivo directo puede verse en la enseñanza; en la cocina colectiva;  en la pediatría; en la geriatría…

Los “hombres”(palabra usada en general, abstracción) engendran y quedan libres; forman el círculo exterior de defensa de los hijos (físico en los mandriles) Sería más concreto hablar de la función de padres, y no de hombres.

Se observa como hecho real, al margen de las abstracciones, que el círculo exterior incluye los trabajos duros y a distancia que pueden ser inviables para las madres, así como las actividades de defensa armada. De las sociedades primitivas, muy dependientes para su supervivencia de la fuerza física y personal, se pasa en las sociedades evolucionadas a que la supervivencia dependa del acceso a la cultura, compartible por todos, que se sitúan por tanto en el círculo exterior, cuyas relaciones con los niños son más lejanas.

Las personas reales nos integramos en órbitas espirales más o menos cercanas a esos espacios vacíos de Feminidad y Masculinidad abstractas, los dos Atractores Extraños. Los Códigos de Género represivos niegan o prohiben estas variaciones reales; los Códigos de Género permisivos pueden afirmar su legitimidad.

En la medida en que los Códigos de Género represivos niegan la realidad y obligan a reprimir a toda la sociedad para conformarse a ellos y a penalizar a una parte considerable de los componentes de esa sociedad, deben ser sustituídos por un sistema de Libertad de Género en el que cada persona se sitúe socialmente donde se sienta más adecuada.

Por tanto, los actuales Códigos de Género vigentes en cada sociedad, deberán ser sustituidos por una Carta de Derechos de Género, preparada por estudios de Libertad de Género.

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Utilidad objetiva de la realidad difusa del sexogénero: las variaciones mejoran la capacidad de adaptación social a un medio variable, y tienen por tanto valor evolutivo. En las condiciones históricas primitivas: utilidad prioritaria de los varones muy hiperandrogénicos o físicamente muy activos y las mujeres muy hipoandrogénicas o maternales o físicamente pasivas; en las condiciones contemporáneas: el primer lugar adaptativo corresponde a las personas –varones, mujeres, intersex- que sean mesoandrogénicas, reflexivas, analíticas, capaces de muchas horas de estudio sedentario y por tanto con mayor acceso a la cultura matemática, científica, humanística, de la que depende nuestra técnica, que requiere largos estudios; de manera complementaria para las necesidades sociales, las personas físicamente muy activas encuentran su lugar en actividades al aire libre, manuales, el ejército o los deportes; las personas muy cuidadoras, en actividades como las del hogar, relaciones interpersonales, comercio cara al público, enseñanza, pediatría, geriatría, etcétera.


Utilidad subjetiva de la Teoría de Conjuntos Difusos de Sexogénero: Mejor comprensión de la realidad sexogenérica humana; racionalización de las actitudes abiertas; aceptación de formas muy variadas de ser y de convivir; profundización en la autonomía personal, o autodeterminación de género (yo soy yo), no en la inclusión forzada en el modelo de conjuntos cerrados de sexogénero (M o F, sí/no)





jueves, 7 de marzo de 2013

Más allá de la primera identidad




Por Kim Pérez

¿Qué es la identidad? Un hecho de pensamiento, un concepto acerca de lo que somos cada cual. Puede ser de sexogénero, religiosa o filosófica, nacional, de clase, profesional, deportiva (“soy del…”)

Como todos los hechos de pensamiento y los conceptos, está sometida a revisión y cambio. La definición de sí se ve condicionada por la verdad (“adecuación del pensamiento a la cosa”, según  Aristóteles) y por la voluntad (“no quiero ser…, quiero ser…”)

Los conceptos se pueden formar sobre una realidad que con frecuencia se divide en dos partes, binariamente, también como hecho del pensamiento más que como correspondencia con la realidad, y que da un resultado de “yo soy… yo no soy…”)

La identidad de sexogénero es la primera y la más importante de las binarias, por corresponer a la primera división de trabajo de la Humanidad,un  pilar de la organización social hasta ahora,  e incluir dimensiones biológicas, sociales, afectivas…

Voy a hablar de ésta. Generalmente se define por la asignación en el nacimiento y por la educación; también, aunque no tan generalmente, se construye sobre el modelo materno o el paterno. Por la fuerza de estas impregnaciones y por su frecuente (pero no general) valor de verdad y de voluntad, suele ser irreversible. El concepto identitario suele estar acompañado por numerosos sentimientos convergentes que aseguran su estabilidad.  

John Money creyó que la asignación/educación serían decisivas para la formación de la identidad; si esto fuera verdad, no habría personas transexuales, pues todos hemos sido asignados y educados en el sexogénero opuesto; sin embargo, la experiencia transexual muestra que esa primera identidad inducida externamente es reversible desde la experiencia interna de verdad y voluntad.

O sea, lo decisivo para nuestra función sexuada no es la identidad, que se puede revisar, sino la naturaleza y los sentimientos que deciden nuestra voluntad.

Aunque se haya formado en la primera niñez, el concepto de identidad está, como todos, sujeto a revisión y corrección. Puede advertirse, o enseguida, primera niñez,  cuando desde siempre no corresponde al asignado, o poco a poco: no corresponde a la realidad (por tanto no es verdad) o a la voluntad de la persona.

La verdad alternativa, la falta de correspondencia con la realidad, se puede comprobar al observar que los distintos órganos no son como los de otras personas (intersexualidad) o que parece ser la propia conducta sexuada, regida por el órgano cerebral, la que no es parecida  a la de personas que han sido asignadas de la misma manera y sobre las que la comunidad tiene determinadas expectativas.

Pero la afirmación de identidad, negando la asignada, no se da si  no hay un factor de voluntad que acompañe a la falta de verdad. Tiene que haber un “me gusta, no me gusta”, acompañado de un “soy, no soy” y de un “quiero, no quiero”, para que surja una nueva identidad  (que finalmente se puede expresar socialmente o no, debido a muchos factores: inseguridad, miedo, obligaciones, etcétera)

Desde el primer momento, la identidad afirmada puede ser segurísima, inequívoca, o estar llena de incertidumbres y contradicciones. Esto segundo se puede deber a la misma complejidad del órgano cerebral, organizado, según la hipótesis de MacLean, en tres niveles, arcaico, medio y moderno, de manera que uno de los niveles puede ser más femenino que masculino, o más masculino que femenino, y otro o los otros al contrario; hace falta que cada cual decida  lo que es más decisivo en su personalidad.

También en su voluntad puede haber indecisiones o decisiones más seguras, debido a su relación más o menos definida con la verdad, o a los fuertes factores afectivos que contribuyen a formarla, que son muy variables, muy biográficos: relaciones con la madre y el padre, con otras figuras maternas o paternas, sentimientos culpoides (no de verdadera culpa), libertades ambientes, etc  

Los elementos inseguros de identidad pueden sentirse como culpoides cuando frente a ellos se alza el recuerdo de la identidad asignada, que suele persistir debido a que es la primera que se formó, a que corresponde mejor externamente con la asignada y a que está asociada con un gran número de factores afectivos (especialmente cuando hay graves fracasos familiares, laborales y   sociales) Sólo la fuerza de la verdad interna puede resistir:  el sentimiento de mejor adecuación, de mejor adaptación pese a todo.

martes, 29 de enero de 2013

Transexualidad ginèfila como feminofilia


Por Kim Pérez

Actualizado, 26.XI.2013


Hablo aquí de las transexuales femeninas ginéfilas (amantes de la mujer hasta el punto de querer ser mujer) y de los varones heterosexuales feminófilos (amantes de la mujer hasta el punto de vestir como mujer) 

También existen transexuales femeninas andrófilas (amantes del varón) 

Los términos ginefilia y feminofilia son distintos y significan lo mismo: amor a la mujer. 

Son distintos porque se emplean para designar de distinta manera las experiencias de transexuales femeninas y las de varones heterosexuales.

Las transexuales ginéfilas tienen identidad femenina, viven permanentemente como mujeres, se hormonan feminizándose y pueden llegar a operarse. 

Los varones heterosexuales feminófilos tienen identidad masculina, heterosexual, viven la mayor parte del tiempo como varones y con frecuencia desean travestirse, lo que hacen con tanta eficacia cosmética, que incluso pueden salir como mujeres; pero después desean también volver a su identidad masculina.

Se parecen por tanto en su impulso fundamental: el amor a la mujer, hasta el punto de querer ser mujeres; y se diferencian en que este sentimiento en las transexuales ginéfilas es permanente y llena toda la vida, mientras que en los feminófilos es temporal, periódica, porque llena sólo una parte de su vida.

La diferencia entre personas feminófilas y transexuales ginéfilas está probablemente en que las primeras han tenido una experiencia grata en su relación de filiación con su padre, afectuoso y admirado, y en la de compañerismo con otros adolescentes; tengo la impresión de que, con estas relaciones, se aprende a ser varón, se enorgullece el niño de parecerse a su padre y, ya adolescente de ser recibido como igual por otros varones, encuentra su sitio entre ellos.

Estos sentimientos, por estar arraigados en la niñez y la adolescencia, quedan ya firmes para toda la vida; son sentimientos gratos, cuyo solo recuerdo alegra y llena el corazón.

Su función es formar una barrera de amor a sí mismo como varón frente a los incontenibles deseos de fusión absoluta que surgen con el amor sexual. Es, justamente, la literatura mística, literatura del amor perfecto, la que mejor expresa este ansia de fusión.

Hay un apólogo indio que cuenta cómo el amante llega una vez y otra a la cabaña de su amada. Ésta le dice: "¿Quién es?", y él responde "Soy yo", pero ella replica: "Vete, no te conozco". Él medita, y por fin sabe expresar lo que siente.  Llega, llama, la mujer le dice: "¿Quién es?", y él responde: "Soy tú". "Pasa", dice ella.

O en España,  los versos de San Juan de la Cruz: "Oh noche que juntaste/ amado con amada/ amada en el amado transformada!" 

Este deseo de fusión es divino; pero en la vida corriente que tenemos que vivir es útil que amado y amada vuelvan a su ser, y esto lo consigue este sentimiento de afinidad con los semejantes, al que llamo homoafinidad.

Creo que en los feminófilos estos dos sentimientos complementarios se dan intensamente: el deseo de fusión con la mujer, apasionado, enloquecedor; y la vuelta a la tranquila, pero agradable identidad masculina.

En las transexuales, sin embargo, el sentimiento de homoafinidad no existe.

Pueden haber adorado a sus madres; y no es culpa de sus madres; el amor nace en cada persona a su manera; el modelo pueden haberlo tenido en ellas, sus gestos, sus palabras. Cuántas veces han tenido hermanos varones que las han querido de otra manera.

O pueden haberse criado en la ausencia, la lejanía o la hostilidad de su padre; no han sabido lo que es ser queridos ni cuidados por él; pueden hasta haberlo admirado, haber tenido nostalgia de él; pero no han recibido lo suficiente de él.

Con sus compañeros de clase las relaciones pueden haber sido normales, pero poco significativas, nada, en comparación con el amor vivido en sus casas, o decididamente malas, cuando han sido vistos como mimados, lloricas, etc

En resumen, ha faltado la experiencia de la homoafinidad. No han sentido la alegría ni el orgullo por ser de su género (que también pueden sentir las mujeres: "me gusta ser mujer") Entonces, no existe la barrera de homoafinidad para frenar el deseo de fusión. Y la fusión tiene lugar, permanente, estable, excitante o tranquila .

En las transexuales ginéfilas, la orientación es la identidad.

Lo que aman es lo que son.

Amor a la mujer hasta el punto de querer ser mujer; esto son; nada más que esto.

Puede parecer poca cosa; pero las edades no vuelven; tampoco vuelve lo que hemos podido vivir o no vivir en ellas. Si no hemos aprendido a ser varones, no lo seremos; si lo hemos aprendido, lo seremos. Muchas personas están en el límite del amor hasta la fusión con la mujer y el aprecio hacia sí mismos como hombres. Amor hasta la fusión: pocas personas tienen la ocasión de sentirlo.
  
Voy a estudiar aquí con detalle la vida de una mujer transexual ginéfila, cuya realidad sentimental puede servir para entender mejor la transexualidad ginéfila y la feminofilia.  

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Hablo con una mujer trans que ha tenido suficiente confianza en mí como para contarme su historia a lo largo de muchos años de amistad y como para decirme que puedo contarla.

El resumen de la historia sentimental de esta mujer se puede resumir en estas palabras: amor a la mujer. Se podría decir incluso devoción. He visto su expresión extática, su sonrisa abierta, incontenible, al conocer a muchas mujeres, no trans y trans.

Su primer recuerdo, que debió de ser de muy pequeña, alrededor de los tres años,  fue ver a un chiquillo hacer pis y a una niña; supo que no quería ser como el niño, aunque lo era, y que querría ser como la niña.

También recuerda que cuando unos y otras jugaban a novios y novias, o maridos y mujeres, ella se alejaba, lo que muestra que no quería participar en tal reparto de papeles.

Tuvo una madre a la que adoró, delicada, sensible, que “le enseñó todo lo bueno”, y un padre que fue todo lo contrario, temible; puede ser que la conciencia de su padre como antimodelo le produjera una imposibilidad de identificarse con él, un vacío de identidad, que necesitase ser colmado con la imagen materna, generalizada como imagen de la mujer.

Después vinieron muchos años en los que se formó una identidad externa aparentemente masculina, aunque él sabía que preferiría ser una mujer; pero no cabe duda de que un niño biológico amante de las mujeres reúne dos condiciones que hacen pensar que puede desarrollarse como varón heterosexual (puesto que es varón y ginéfilo); pero no es así.

En esos años creció en apariencia como un niño normal, quizá sensible y solitario; pero fue expresando su amor por las mujeres mediante la observación cuidadosa de su ropa, las que estaban bien arregladas y no arregladas, de su maquillaje, las que se pintaban bien o se pintaban mal, de sus peinados, de cómo lo conjuntaban todo o no sabían conjuntarlo…

Observación espontánea, natural, reverencial, que a lo largo de miles de datos reunidos toda su vida, le permitió formar un buen gusto exquisito acerca del arreglo de la mujer, que ahora aplica sobre sí misma y que, si su medio ambiente le hubiera sido favorable, le hubiera permitido llegar a ser una gran profesional de la moda.

Llegado el momento, fue hasta lógico que se pusiera novia, como única manera que conocía de cumplir su gran deseo de convivir con una mujer. Sin embargo, le habló con total seriedad, comunicándole dos realidades; primera, que no le gustaban los hombres; segunda, que se sentía más mujer que hombre. Ella, como suele suceder, quizá tendería a pensar que la vida en común barrería las dificultades poco a poco. Se casaron y fueron felices, aunque para mi amiga trans la sexualidad le era siempre difícil y trabajosa; pero le extasiaba la alegría de vivir con una mujer que le reconocía sus sentimientos como mujer, por lo menos en la intimidad familiar; mi amiga trans no necesitaba mucho más.

Llegaron dos hijas; la familia de mujeres llegaba a su plenitud; mi amiga reconoce que si hubiera llegado un varón, le habría sido más indiferente; pero sus sentimientos con relación a la diferencia de los sexos eran tan unilaterales, que me parece que hubiera sido feliz en un planeta en el que sólo hubiera mujeres. “¡Ojalá yo me hubiera criado en una familia con siete niñas!”

Las diferencias con la psicología masculina heterosexual ya están a la vista: un varón heterosexual desea un hijo varón en el que proyectarse y su relación con su hija se fundamenta en la ternura por su diferencia; por otra parte, necesita convivir con varones, sus semejantes, sus émulos, en un régimen de homoafectividad, de afecto por los compañeros, por los semejantes, en el que define el sentido de identidad y diferencia que le lleva a la heterosexualidad, el deseo de las personas distintas, la complementariedad.

En cambio, la psicología de mi amiga, mujer trans secreta, era en todo equiparable a la de las mujeres lesbianas, o por lo menos aquellas que viven emocionalmente en un medio de unisexualidad, en el que sólo las mujeres cuentan y los varones son rechazados e incluso se desearía que no existieran.

La situación de perfección en aquella forma de vida, terminó abruptamente cuando surgió el divorcio, por otros motivos sin relación directa con las emociones sexuales. 

Mi amiga sentiría que había sido expulsada del Paraíso. Tenía que rehacer su vida.

En la ducha, la visión de los genitales masculinos que rompían su ideal de feminidad, se le hizo insoportable. Se duchaba procurando no mirar hacia abajo y se tapaba con una toalla para no verse; cuando debía lavar sus partes, miraba para otro lado. Los elementos emocionales del cambio de sexo quirúrgico se estaban formando.

Pero todavía no se había formado en ella el concepto de que fuera posible para ella. Fue observando como siempre, atentamente, a una hermosa mujer transexual, a la que veía a menudo, cuando comprendió que “ella es como yo”.

A partir de entonces se inició su deseo y su voluntad de cambio, plenamente insertada en su adoración de la mujer, no ya simplemente compatible.

Ha sentido desde entonces un verdadero amor platónico hacia otra mujer trans; como ésta es heterosexual, amante de los varones, se ha limitado a la convivencia como hermanas, por separado. Sin embargo, la intensidad de sus sentimientos, la capacidad de darle sentido a su vida, hacen que no pueda haber duda de su dignidad de amor.

Por otra parte, el deseo que alimenta su corazón es mucho más afectivo que propiamente sexual. Su ideal, en su relación con una mujer, sería verse en la cama, acostadas juntas y tomadas de la mano. Eso sabe que la haría estallar de felicidad, el máximo que puede desear.

Por eso ha podido operarse con total coherencia. Su amor único con las mujeres no necesita consumación genital, necesita comunión. Y para poder comulgar en esa unión ha necesitado apartar de sí cualquier vestigio masculino.

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Esta mujer trans ha necesitado liberar su cuerpo de todo asomo de masculinidad. Lo ha necesitado, perdiendo toda capacidad de penetración, que no necesita e incluso arriesgándose a perder (no lo sabía) toda sensibilidad. Ella siente que dar ese paso hacia la plena feminidad “es lo mejor que he hecho en mi vida”. 

La experiencia de mi amiga es pura, por lo que vale la pena estudiarla y considerarla para entender el conjunto de la transexualidad. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Teoría de Conjuntos Difusos de Sexogénero

 
Por Kim Pérez

Actualización: 21.II.2014


Licenciada en Historia con Grado, Univesidad de Granada
Profesor Encargado de Curso, Universidad de Granada (1969-1971), Profesor de Formación Humanística y Ética, en el Centro Ameinon, y también, como Profesora, de Filosofía, en el Centro Ramón y Cajal, de Granada (1976-2006)
Premio Pluma 2010, de la FELGTBI


Fundada en el concepto de “más o menos” aplicado a la feminidad (“¿Mujer o trans?”, ponencia de Kim Pérez en las Jornadas Feministas Estatales, Córdoba (España), 2000; inspirada en conceptos sexológicos (continuo homosexual/heterosexual de Kinsey), feministas (diferencia entre sexo y género, procedente de Robert  Stoller, 1960) y de la Teoría Queer (no cerramiento de las identidades de género);  luego formulada conforme a la Teoría de Conjuntos Difusos de Lotfi A. Zadeh, de 1963 y la noción de Atractor Extraño de Eduard Lorenz, 1965.

Dio lugar al grupo de Conjuntos Difusos de Granada, cofundado por Kim Pérez y Amets Suess, Granada, junio de 2009, con el apoyo de la Asamblea de Mujeres de Granada, incorporándose Pablo Vergara Pérez. Presentada públicamente en las Jornadas Feministas Estatales, Granada, diciembre de 2009. Inspira el Proyecto de Ley Integral de Transexualidad de Andalucía, presentado por Izquierda Unida al Parlamento de Andalucía, 19 de diciembre de 2012, consensuado por la Asociación Conjuntos Difusos y la Asociación de Transexuales de Andalucía y elaborado principalmente por Ángela Gutiérrez Hermoso y Pablo Vergara Pérez. Es por primera vez uno de los contenidos docentes del curso de la Escuela de Postgrado, en la Facultad de Educación de Granada, impartido por Stefano Barozzi y Kim Pérez desde el 12 de marzo de 2013.

Es la primera formulación teórica procedente del medio transexual,  que parte de la posición central de la transexualidad, no marginal, para el estudio de la sexuación humana. Robert Stoller, cisexual, formuló también su visión de la diferencia de sexo y género a partir de la existencia de las personas transexuales.

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Temas fundamentales: Matemáticas y materia; continuo difuso mujer-hombre; atractores y variaciones; identidad como forma de conciencia variable, afinidad; código de género cultural: discontinuo en dos conjuntos cerrados como forma de dominación.

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(Prólogo)


La sexuación humana, remotamente descendiente de una reproducción asexual, se hace a partir de una feminidad básica y común a todos, mediante la androgenación diferenciada en la edad prenatal.

La feminidad básica es en potencia bivalente: dos mamas en cada cual y un tubérculo clitorideo/peniano, que se desarrollarán como alternativas; cromosomas XX cuya mutación, prehumana, dio lugar al XY.

La androgenación consiste en flujos, o chorros, variables, difusos, un más o menos; las menores, determinan la permanencia en formas y conductas definidamente femeninas; las intermedias, formas o conductas intersexuales; las mayores, formas y conductas definidamente masculinas.

Por tanto, la feminidad es básica, lo fundamental en todas las criaturas humanas; la masculinización es emergente en más o menos.

La androgenación no sólo es diferente individualmente, sino en los planos de la sexualidad de cada individuo (fenotípica, cerebral…) Yendo más lejos, la cerebral aparece probablemente diferenciada en alguna forma en la que cuente la temporalidad de sus formaciones.

En general, la androgenación por planos es bastante coherente en cada individuo, haciéndole permanecer mayoritariamente o bien en la feminidad básica o masculinizándolo. Esta coherencia puede no darse en algunas  personas, que se aprecian más claramente, en anatomía o conducta, como intersexuales.

En los seres conscientes, las determinaciones biológicas se juntan con las innovaciones adquiridas, todo ello en forma difusa, abierta, no cerrada.

La biología se relaciona con la conducta sexual innata, o sexualidad, pero sólo predispone, no determina, unida con la biografía, a la conducta sexual aprendida, o género. La feminidad o masculinidad de género,  dependen por tanto de dos factores articulados, biología + biografía. 

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La  matemática es la infraestructura de la materia (Pitágoras, Platón, Galileo, Newton, Einstein, Planck, Heisenberg) Algo inteligible, intemporal, “lo que no cambia”, organiza lo sensible, temporal, “lo que cambia”. Números bióticos permiten la consciencia o, al variar,  la deshacen; o forman la sexuación, que depende de las cantidades de andrógenos.

Para hablar de ciencia es preciso hablar de matemáticas.

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Los conjuntos difusos de Lotfi A. Zadeh se definen porque sus elementos tienen un grado de pertenencia de +/- (mientras que los conjuntos cerrados se definen por sí/no {1, 0})

La matemática Teoría de Conjuntos Difusos sirve para hacer cálculos sobre flujos y otras realidades variantes en +/- (afluencia al metro, tallaje de prendas, etc) o para entender mejor ciertas realidades en la teoría y la práctica social.

La realidad del sexogénero se puede entender como un sistema de conjuntos difusos, ya que empíricamente sabemos que las personas somos +/- viriles, +/- femeniles. Todos encontramos un lugar dentro de un sistema de transiciones (+/-)

Hay también dos atractores estadísticos abstractos, F y M (femenino y masculino), a los que se acercan +/- todos los elementos. Este concepto se forma a partir del de “atractor extraño”, de Eduard Lorenz, que describe una serie de curvas espirales más o menos cercanas a un espacio vacío, que conforme se alejan comienzan a gravitar en otro igualmente vacío que forma un par con el primero. Los atractores F y M son espacios vacíos puesto que no existen hombres puros ni mujeres puras y las personas reales orbitan más o menos cerca (o más o menos lejos) de ambos, en un sistema único.

Puede entreverse  una estructura del sexogénero humano formada por una infraestructura biológica inconsciente y una superestructura biográfica (psicoafectiva, tecnoeconómica –sigo a V. Gordon Childe-, consciente)

La infraestructura biológica, natural, se puede hipotetizar así:

Sobre una morfología inicial asexuada (dos tetillas + tubérculo genital) la diferencia XX o XY (el cromosoma Y surgió de una mutación del X) puede determinar una androgenación menor o mayor (-/+) del humano en gestación. Si hay androgenación -/+ cercana a 0, evoluciona en forma -/+ cercana al atractor F; si es -/+ cercana al máximo conocido, evoluciona en forma -/+ cercana al atractor M (Existen también algunas personas XX que se desarrollan como hombres y personas XY como mujeres)

Los flujos +/- grandes de andrógenos llegan en distintos momentos: formación de los genitales (-/+ desarrollo del tubérculo genital), configuración del cerebro diferenciada en formas relacionadas con la temporalidad de los flujos: -/+ masculinización de cada una de ellas.

Tomemos como referencia de conducta sexual preconsciente, a los mandriles que, al trasladarse, trazan  dos círculos en torno a los hijos: uno externo, por los machos, de defensa indirecta, agresiva frente a ataques externos, y otro interno, por las hembras, de defensa protectora y directa de los hijos.
                                                                                               
Los flujos mayores y los menores en los humanos dan lugar a conductas de círculo externo en las personas definibles como varones y a conductas de círculo interno en personas definibles como mujeres.

Este esquema abstracto está fundado en las diferencias androgénicas. Como éstas forman un continuo, se puede pronosticar que en los dos círculos habrá líderes y seguidores jerarquizados, más o menos androgenizados o androgenizadas. Pero la observación real mostrará que hay también personas XX que se incorporan al círculo exterior, personas XY que se incorporan al círculo interior, otras personas XX o XY que se sitúan permanentemente entre ambos, y que las personas XXY, XXX, X0, etcétera, se sitúan bien en los círculos definidos, bien entre ambos.

La biología hipoandrogénica en personas XY o afines, y la hiperandrogénica en personas XX o afines, la biología en abstracto, son eficaces para condicionar conductas imprevisibles entre ambos círculos de manera algo indefinida; pero hace falta pensar en la biografía personal y la cultura ambiente para entender las identidades definidas resultantes. 

La complejidad de las diferencias interindividuales en la androgenación cerebral se hace mayor en el plano individual.

Los planos arcaico, medio y moderno (o reptiliano, paleomamiférico y neomamiférico) del cerebro pueden haberse androgenizado diferentemente durante la gestación, dando lugar a conductas sexuadas contradictorias que se sitúan en tres continuos.

Una nueva subhipótesis podría explicar por ejemplo que una situación de hipoandrogenia intensa en determinado momento fuera pasando con el tiempo a niveles mayores de androgenación,  generando un plano arcaico muy femenino (perceptible en las conductas de poder, o dominancia/sumisión) que fuera evolucionando a niveles intersexuales en el plano medio (orientación borrosa, poco definida en cualquier sentido) y masculinos en el plano moderno (amor personal  definido)

Estos tres planos aparecerían a su vez como cuantificables por un +/- dentro de un continuo. De hecho, cada persona los vería entrar en contraste en sí misma, aunque en la mayoría fueran más convergentes que divergentes y sólo en una minoría fueran claramente divergentes.

Las personas que se encontraren en esta situación de divergencia, dentro de una cultura como la nuestra que sólo entiende la convergencia y no tiene apenas conceptos (palabras) para explicar e integrar la divergencia, sentirían su naturaleza sexuada como fragmentada, mientras que podrían entenderla mejor como irisada.

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Los fenómenos biológicos, infraestructurales, y los epifenómenos psicoafectivos, socioeconómicos, biográficos, que son superestructurales, se hacen conscientes en las identidades, que son hechos de conocimiento de sí con valor afectivo, afirmativo o negativo.

Las identidades de sexogénero surgen como sentido interno del ser, irrefutable, como se comprobó en una dramática refutación de la hipótesis de John  Money de que todo el género fuera aprendido, imitado, inspirado desde fuera, externo. Pero también existen identidades confusas o intermedias o cruzadas, lo que muestra que se manifiestan como hechos del lenguaje simbólico y por tanto de consciencia, sujetos a los límites del vocabulario disponible y al error.

Como tales hechos de conocimiento consciente, las identidades evolucionan, se transforman; no son irreversibles a partir de los tres años, como suponía Kohlberg, aunque tienen un elemento de memoria de los afectos, sino que pueden desarrollarse y variar como todo conocimiento; como son conscientes, son históricas.

Las identidades, hechos de conocimiento, dependen en gran parte de intuiciones, más que de razonamientos, y las intuiciones son de por sí incomunicables; por eso es ilusorio e imposible que una persona ajena intente definir la “verdadera” identidad de otra persona.  La identidad, como intimidad, es inaccesible e incomunicable en su intensidad, connotaciones, etc

Las identidades personales se agrupan espontáneamente por afinidades. Recordando los atractores de Lorenz, la mayor parte de las personas se sitúan cerca de los atractores vacíos. Pero minorías importantes se sitúan más y más lejos de cada uno de ellos, pudiendo formar otros subconjuntos de afinidad.

En un continuo, todas las identidades que se den en él representan conceptos funcionales, prácticos, de una lógica informal o borrosa; esto se puede decir de las identidades de hombre, mujer, intersex, transexual, travesti, etc, todas las cuales se pueden entender como difusas dentro del mismo “más o menos”.

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La identidad es a la naturaleza como el  concepto a la realidad. “La adecuación de la inteligencia a la realidad”, definición de la verdad por Aristóteles, se puede dar más o menos plenamente. Hay un margen por tanto entre una y otra. 

Hay personas XY muy femeninas  o XX muy masculinas, que forman en edades muy tempranas una identidad cruzada de género (que corresponde a una naturaleza cerebral cruzada respecto a la del resto del organismo)

En otras personas, la identidad de género es vacilante,  quizá en relación con una naturaleza cruzada menos definida.

En otras personas más, la feminidad o masculinidad cerebral no se traduce en una identidad cruzada, de manera que asumen como identidad la naturaleza del resto del organismo.

Es decir, la naturaleza no se traduce necesariamente en identidad, como los conceptos, en general, no se forman directamente de la realidad; pueden darse o no.

En las personas de naturaleza cruzada, en culturas que la niegan, se suele dar un sentimiento de miedo cuando comprenden la presión social que pueden encontrar. Entonces suele darse una “fase larga de negación” que puede durar años, decenios o toda la vida. En ella, se niegan los sentimientos o experiencias cruzadas, bajo reflexiones como “esto son chiquilladas, que se me pasarán con el tiempo” que conducen a integrarse mejor en los estatutos socialmente admitidos de varón o mujer.

Esta fase larga es distinta sólo cuantitativamente de las fases cortas de negación, que han sido llamadas “purgaciones”, que suelen acompañar a los procesos transexuales y durar unas semanas o unos meses. En ellas se suele tirar todos los elementos de género que acompañan las afirmaciones de identidad cruzada (ropas, maquillajes, prótesis, etc), con grandes sentimientos de culpa familiar o religiosa, consecuencia de un código social de género muy interiorizado.

Suele seguir una conducta convencional, afectivamente gris, que parece masculina o femenina o incluso hipermasculina o hiperfemenina. Teniendo en cuenta que la orientación sexual es un hecho que también forma parte de un continuo (Kinsey), distinto de la identidad de género, en algunas personas conduce a enlaces heteros, y a la procreación,  en otras a una soltería práctica y en otras a enlaces homos.

La conducta homosexual puede surgir de motivaciones muy diversas y tener formas muy diferentes, desde una profunda camaradería hasta relaciones de dominancia/sumisión. Se encuentra en ella muy a menudo, no siempre, una naturaleza cruzada originaria, seguida de una fase larga de negación, para la que las relaciones externamente homosexuales pueden ser internamente, cerebralmente, heterosexuales.

Se puede expresar en frases como “yo me siento mujer, pero no necesito vestir de mujer” o recuerdos de una infancia muy femenina o masculina, en la que ya se sintieron enfrentamientos familiares o sociales, empezando a menudo por figuras tan significativas como la del padre o los hermanos y siguiendo por la escuela. El sufrimiento pudo ser tan intenso que en la edad de la adolescencia pudo surgir una fase larga de negación que ya duró toda la vida.                 

Aparece entonces con claridad que en muchas personas homosexuales, no en todas, se han dado experiencias afines a las de las personas transexuales, en cuanto a naturaleza, identidad y fases de negación. La diferencia entre unas y otras parece ser sólo cuantitativa, en cuanto a la intensidad de la naturaleza cruzada, de los conceptos de identidad y de las mismas experiencias sociales que han llegado a la fase larga de negación. Al ser cuestión de más o menos, se integran en un conjunto difuso o continuo. 

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Por naturaleza, la transexualidad es una de las numerosas formas de intersexualidad, puesto que corresponde a una diferencia entre el sexo cerebral y el del resto del organismo. Gilbert-Dreyfus recogía los numerosos planos en los que la intersexualidad es posible: el genético, cromosómico, de los conductos internos, de los conductos externos, el hormonal… Hay que añadir, a partir de lo que vamos sabiendo (Guillamón) esta intersexualidad en el plano cerebral o neurocentral.

Por identidad, la transexualidad puede entenderse por identidades femeninas o masculinas (“soy una mujer como otra cualquiera”, “soy un hombre como otro cualquiera”) o ambiguas (“no soy hombre ni mujer”)

Esta concepción resuelve la cuestión de la patología. La intersexualidad no es una patología sino una variante natural, dentro de la extrema variabilidad de la naturaleza, que interesa adaptativamente, es decir evolutivamente. Puesto que la transexualidad es una forma de intersexualidad, no es una patología, sino también una variante natural. No ha lugar a patologizarla ni, por consiguiente, a intentar curarla.

La variabilidad natural  no sucede teleológicamente, es decir, con un fin predeterminado, aparte de la misma variabilidad, que es buena y útil de por sí. Quiero decir que las variaciones surgen dentro de una plantilla de posibilidades y algunas pueden ser perjudiciales y otras beneficiosas, algunas no adaptativas y otras adaptativas.

En este punto debe mirarse cara a cara la realidad. Objetivamente, las intersexualidades dificultan la formación de pareja y la procreación. Puesto que pueden deberse a diferencias en la androgenación, ¿puede preverse que en un futuro inmediato, el análisis prenatal de la situación hormonal de la criatura en gestación dé lugar a un tratamiento médico con andrógenos o antiandrógenos?

Sí, es posible. En ese futuro eugenésico podría pensarse que se prevendrían y se corregirían, vía médica, la intersexualidad, la homosexualidad y la transexualidad. Pero este criterio humano limitaría la variabilidad natural, sería homogeneizador, no respetaría las posibilidades de desarrollo de cada individuo. La formación de parejas y la procreación son necesarias para la supervivencia de la especie, pero no para la de todos sus individuos, para cuyo desarrollo sólo es imprescindible la ayuda familiar y social, la alimentación y el cobijo. Las circunstancias reales son mucho más complejas y variables que las previsiones aparentemente racionales, si son unificadoras (no adaptativas) Entre las razones por las que los naturales de Juchitán, en México, se alegran de tener una hija muxe (transexual) figura el tener una ayuda para los padres en su vejez. Para otras personas, tener una pareja transexual significa la ventaja, en ciertas circunstancias, de no tener hijos. Todo ello es singular, puede darse o no, pero  es individualmente adaptativo. 

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El Código Penal de Género vigente en la civilización del Occidente es distinto de los vigentes en otras: la islámica, en especial, comparable en extensión y en fuerza de rivalidad, y otras formas más pequeñas, supervivientes, como la de Samoa o la de Juchitán, en México. Estas diferencias nos hacen percibir que el Código de Género no traduce directamente realidades biológicas (que son comunes a toda la especie humana), sino sus manifestaciones socioeconómicas, históricas, variables.

 Se entiende por Código de Género el de carácter  consuetudinario o escrito, que constituye la columna vertebral variable de cada sociedad, puesto que, después de la división biológica por edades, la división sexogenérica del trabajo, que procede no de la primitiva sociedad recolectora, sino de la siguiente cazadora, constituye la primera de las superestructuras históricas.

El  carácter penal básico del Código de Género se observa en que está constituído por una serie de transgresiones y sanciones muy graves, que pueden ir de la irrisión o burla social (como mínimo) a la expulsión de la familia o del trabajo, y en algunas épocas y culturas, a la cárcel o a la muerte.

Su carácter penal evidencia que es una forma de dominancia, de mandamiento/castigo: en la sociedad de cazadores organizados, la primera división social del trabajo fue sexual, entre cazadores/guerreros y recolectoras/cocineras: sociedad patriarcal, senatorial, en la que los varones dominantes, hiperandrogénicos, subordinaron a las mujeres, excluyeron a otros varones, hipoandrogénicos, y creó las costumbres y leyes superestructurales.

La prueba de que la división fundamental se hacía por las condiciones personales asociadas a la hiperandrogenia e hipoandrogenia, más que por la mera existencia de genitales masculinos o femeninos, está en que las sociedades cazadoras indoamericanas se aceptaba a petición propia a personas XX hiperandrogénicas como varones cazadores y guerreros y a personas XY hipoandrogénicas como mujeres.

Nuestro Código Penal de Género divide en consecuencia a las personas en conjuntos cerrados de sexo, definibles por sí/no: ¿Varón? Sí/no; ¿mujer? Sí/no; también en su conducta de género: ¿Masculino? Sí/no; ¿femenina? Sí/no.

Se supone que son alternativas perfectas: quien no es hombre será mujer; quien no es femenina, será masculino.

Sólo se admite socialmente esta alternativa perfecta. El Registro Civil, el Documento de Identidad, admiten sólo dos casillas: Hombre o Mujer.

Las personas intersex deben ajustar sus naturalezas y sus identidades a estas casillas, aunque no les correspondan. En general, los que viven diferencias intensas respecto a este sistema de sí/no son ignorados o tratados o marginados o negados o criminalizados; incluso aprisionados o ejecutados.

El Código Penal de Género habla por tanto de “mujeres” y “hombres” como  abstracciones que corresponderían a los espacios realmente vacíos del interior de los dos atractores. El carácter general, universalizador, de las normas del Código de Género, que son válidas para “todos”, muestra que está dirigido a estas abstracciones y no a personas concretas, en su inmensa variedad.

El análisis del  Código de Género muestra un núcleo fijo y una serie de consecuencias. La lógica del núcleo fijo se funda en las capacidades diferenciadas de “mujeres” y “hombres”, en abstracto, respecto a la procreación.

Se supone que las “mujeres” (palabra usada en general, abstracción) conciben y, dado que nuestra especie es mamífera, quedan preñadas, amamantan o cuidan; forman el círculo interior de defensa de los hijos (físico en los mandriles) Pero sería más concreto hablar de la función de madres y no de mujeres en abstracto.

Se observa como hecho real, al margen de abstracciones, que el círculo interior llega a ejercer un cuidado colectivo, pero directo, ejercido por mujeres o varones, que se suma al cuidado  personal de los propios hijos. Ese cuidado colectivo directo puede verse en la enseñanza; en la cocina colectiva;  en la pediatría; en la geriatría…

Los “hombres”(palabra usada en general, abstracción) engendran y quedan libres; forman el círculo exterior de defensa de los hijos (físico en los mandriles) Sería más concreto hablar de la función de padres, y no de hombres.

Se observa como hecho real, al margen de las abstracciones, que el círculo exterior incluye los trabajos duros y a distancia que pueden ser inviables para las madres, así como las actividades de defensa armada. De las sociedades primitivas, muy dependientes para su supervivencia de la fuerza física y personal, se pasa en las sociedades evolucionadas a que la supervivencia dependa del acceso a la cultura, compartible por todos, que se sitúan por tanto en el círculo exterior, cuyas relaciones con los niños son más lejanas.

Las personas reales nos integramos en órbitas espirales más o menos cercanas a esos espacios vacíos de Feminidad y Masculinidad abstractas, los dos Atractores Extraños. Los Códigos de Género represivos niegan o prohiben estas variaciones reales; los Códigos de Género permisivos pueden afirmar su legitimidad.

En la medida en que los Códigos de Género represivos niegan la realidad y obligan a reprimir a toda la sociedad para conformarse a ellos y a penalizar a una parte considerable de los componentes de esa sociedad, deben ser sustituídos por un sistema de Libertad de Género en el que cada persona se sitúe socialmente donde se sienta más adecuada.

Por tanto, los actuales Códigos de Género vigentes en cada sociedad, deberán ser sustituidos por una Carta de Derechos de Género, preparada por estudios de Libertad de Género.

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Utilidad objetiva de la realidad difusa del sexogénero: las variaciones mejoran la capacidad de adaptación social a un medio variable, y tienen por tanto valor evolutivo. En las condiciones históricas primitivas: utilidad prioritaria de los varones muy hiperandrogénicos o físicamente muy activos y las mujeres muy hipoandrogénicas o maternales o físicamente pasivas; en las condiciones contemporáneas: el primer lugar adaptativo corresponde a las personas –varones, mujeres, intersex- que sean mesoandrogénicas, reflexivas, analíticas, capaces de muchas horas de estudio sedentario y por tanto con mayor acceso a la cultura matemática, científica, humanística, de la que depende nuestra técnica, que requiere largos estudios; de manera complementaria para las necesidades sociales, las personas físicamente muy activas encuentran su lugar en actividades al aire libre, manuales, el ejército o los deportes; las personas muy cuidadoras, en actividades como las del hogar, relaciones interpersonales, comercio cara al público, enseñanza, pediatría, geriatría, etcétera.


Utilidad subjetiva de la Teoría de Conjuntos Difusos de Sexogénero: Mejor comprensión de la realidad sexogenérica humana; racionalización de las actitudes abiertas; aceptación de formas muy variadas de ser y de convivir; profundización en la autonomía personal, o autodeterminación de género (yo soy yo), no en la inclusión forzada en el modelo de conjuntos cerrados de sexogénero (M o F, sí/no)

viernes, 23 de noviembre de 2012

Un nuevo feminismo, una nueva transexualidad


Publicado en DiagonalWeb
Número 125

Kim Pérez 

Jueves 29 de abril de 2010

El no-binarismo, cuya consecuencia es transformar los sistemas cerrados de sexogénero en conjuntos difusos, está teniendo una serie de efectos en todos los conjuntos identitarios y en sus políticas.
En el feminismo, ha transformado lo que ya se llama “feminismo clásico” en un “transfeminismo”, todavía incipiente, pero que manifiesta señales de representar el futuro.
En él, alentado también por la teoría de la decolonización, el feminismo supera cualquier riesgo de limitarse a ser un simple corporativismo o sindicalismo de las mujeres, que tutele sus intereses inmediatos en competencia con otros, para volver a su pleno entendimiento como liberacionismo de género, protagonizado por mujeres (difusas) y por cualquier otra persona con planteamientos afines.
Así se supera históricamente la paradoja de que, cautivado por el binarismo generalizado, el feminismo, el primero de los movimientos de liberación de género, haya caído hace ya tiempo en un binarismo radical, concebido biologistamente como lucha de “mujeres” contra “hombres”, o de “todas las mujeres” contra “todos los hombres”.
De hecho, apenas tomó fuerza el feminismo, y a imagen suya, surgió otro liberacionismo de género, el de los gays, que resultaban ser hombres que sufrían la opresión de otros hombres, en términos mucho más violentos e incluso letales que la que sufrían las mujeres. Esto visuabilizaba que la opresión de género no era sólo de los hombres contra las mujeres, sino de los hombres contra algunos hombres por lo menos; e incluso, hacía pensar que, si había algunos hombres víctimas de la opresión de género, también podía haber hombres que no quisieran funcionar como opresores, y que la línea de la opresión de género, aun siendo de género, no pasaba por la separación biológica entre “hombres” y “mujeres”, entendidos binaristamente.
Tiene gran interés a efectos dialécticos, es decir, a efectos de discusión histórica, y de clarificación de las ideas, un hecho que por tanto no considero negativo, sino la negación de una afirmación previa que eberá ir seguida por una nueva afirmación, a un nivel de comprensión mayor: me refiero a que, en las recientes e históricas Jornadas Feministas Estatales de Granada, al mismo tiempo que entraba en ellas en tromba el transfeminismo (nueva afirmación), se preparaba una fiesta de clausura reservada para mujeres, que se quiso cerrada para hombres (negación de la previa afirmación del dominio masculino), lo que despertó una fuerte contestación por los sectores más renovadores.
Si los efectos del no-binarismo en el feminismo son espectaculares (las consecuencias de todas estas aparentes minucias son inmensas), los que pueden tener en los colectivos trans son grandísimos en teoría, aunque en la práctica lo único que hacen es confirmar la validez de muchas prácticas personales.
Precisaré que, entre las personas trans, hay muchas que tienen una identidad definidamente femenina, otras muchas que tienen también una identidad definidamente masculina y otras muchas que tenemos una identidad o unas identidades que a falta de una mejor descripción definiremos como trans.
Pues bien, el no-binarismo y la teoría de los conjuntos difusos de género dan a cada una de esas identidades un sitio justificado lógicamente, a la vez que les permiten afirmar los puntos de contacto o intersección entre conjuntos.
Una vez afirmado y entendido que, más que mujeres, existe un conjunto difuso de mujeres, que abarca a una gran variedad de seres humanos, resulta natural que entre ellas estén las trans femeninas.
Lo mismo se puede decir frente al anteriormente entendido como conjunto cerrado de hombres, tan cerrado, que en definitiva dejaría fuera a numerosos varones. En cuanto vemos que en realidad es un conjunto difuso de hombres, resulta natural que entre ellos se considere a los trans masculinos.
Si, como efecto de todo ello, vemos que también existen conjuntos más difusos todavía, como el de los intersexuales o andróginos, que tengan identidad intersexual o andrógina (y no masculina o femenina), resulta también más natural que las personas trans con identidad intersex o neutra, o la que queramos decir, tengamos plenamente nuestro lugar en este conjunto difuso.
Por otra parte, por la manera de exponer lo que hasta ahora he dicho, se discierne claramente una de las intersecciones entre estos conjuntos difusos: la condición de trans, de personas que hemos hecho una transición de género, común a trans masculinos, trans femeninas y trans neutros, o ambiguos, o intersex, o como queramos decirlo.
El cambio de unos conceptos a otros es tan fuerte que, teóricamente, sería incluso conveniente ajustar con mayor precisión el mismo nombre de“trans-sexual”, entendido hasta ahora como persona que transita de un sexogénero (cerrado) al otro (no menos cerrado)
Se puede entender desde ahora como persona que transita externamente de uno de los conjuntos difusos a otro, bien sea de las formas más diferenciadas de uno a las formas más diferenciadas de otro, bien desde, o hacia las formas menos diferenciadas de uno u otro.
Es decir, se puede transitar hacia un modelo Stallone, con toda conciencia y voluntad, o hacia un modelo Jennifer López, con la misma conciencia y voluntad, y todo eso es legítimo, u optar por quedar en una zona menos diferenciada, y sin embargo difusamente masculina o femenina, y también es eso legítimo.
Si se piensa en esta segunda posibilidad, la transición resulta inmediatamente menos definida, e incluso se puede afirmar que a veces casi no hay transición, que la persona permanece simplemente donde está, en un lugar relativamente alejado de los centros más densos y definidos de esos conjuntos difusos.
Ni que decir tiene que las actuales "pruebas de la vida real", realizadas con presupuestos binaristas por las unidades de género, dejan de tener sentido. Yo (cualquiera) podría pretender una transición de hombre a mujer, y optar por vestir vaqueros y saquitos anchos.
Justamente, y ya históricamente, en su corta historia, el no-binarismo, o su consecuencia, la teoría de conjuntos difusos de género, lo que hace es darnos un lugar racional a las muchas personas trans, sea que entendamos nuestra identidad como cercana a los centros de los dos mayores conjuntos difusos, el de hombres y el de mujeres, sea que nos entendamos lejos de esos centros, en la periferia más difusa, es decir, que no queramos ser hombres (difusos) ni mujeres (difusas), sino simplemente nosotros mismos, asumir nuestra singularidad.
En los dos casos, la palabra transexual gana en agilidad o flexibilidad o comodidad al tratarse de la plena inserción en conjuntos difusos y no cerrados.
En los conjuntos cerrados, en efecto, era preciso afrontar su cerrazón; su definición cerrada, caracterizada por la lógica del sí o el no (XY sí o no; XX sí o no; o genitales de esta forma, sí o no; o de la otra, sí o no) podía siempre intentar cerrar el paso a quienes no coincidieran con ella.
En cambio, la definición difusa de hombres puede incluir por igual a varones XY o XX. La definición difusa de mujeres incluye por igual a mujeres XX y XY (y en los dos casos, a otras variantes cromosómicas) con las consecuencias revolucionarias que hemos visto para el feminismo.
Por otra parte, la persona transexual no tiene que preocuparse demasiado por no alcanzar una igualdad perfecta con las personas que están allí de nacimiento, pues en realidad, unas y otras pertenecemos al mismo conjunto difuso, en el que siempre hay un más y un menos. La lógica difusa es la del más o menos, no la del sí o no, y en esto consiste su adecuación a muchas de las realidades humanas.