martes, 10 de febrero de 2015

MECANISMO DE LA IDENTIDAD TRANS



Kim Pérez

[He cambiado de paradigma en esta cuestión.  Mi primer esquema estaba basado en una causa mayoritaria, la diferencia en la androgenación prenatal del sistema nervioso central, que incluye el cerebro, con relación a las personas cisexuales, y en una causa minoritaria, los   hechos biográficos, tales como una relación conflictiva con el padre, que impidiera tomarlo como modelo. A partir de estas causas, comunes,  insistía en las diferencias, desde los primeros años,  entre las personas transexuales. En mis primeros intentos de comprensión hablaba de transexualidad por identificación y por  desidentificación. En los más recientes, insistía en las diferencias dentro de la hipo- o la hiperandrogenia, explicando así en gran parte la orientación, y a partir de ella las diferencias entre la manera de ser de unas y otras personas trans.

Este segundo esquema, en cambio, postula el parecido básico de la evolución transexual desde los primeros años, insistiendo en la adhesión inicial a la madre, común a todas o casi todas las personas, y las posteriores experiencias de enmadramiento o de adhesión a la figura androgénica del padre. Sigo pensando en la hipo- o hiperandrogenia cerebrales para explicar la base de la manera de ser y de las relaciones con la madre o el padre. Utilizo los términos de masculino o femenino, relacionados con la realidad sexuada dada, y de feminizante o masculinizante, relativos a su dinámica, de los que puede haber conciencia temprana o tardía, dependiendo, no tanto de la intensidad de la hipo- o hioerandrogenación, sino de las interrelaciones sociales]


La identidad es la conciencia del yo y del no yo. La conciencia siempre se forma por pares de sí y no, por oposiciones: algo que es de alguna manera frente a lo que no es de esa manera.

Dentro de la conciencia del yo y del no yo, hay varias formas de identidad, como la social o de grupo o la de las ideas; una de ellas es la identidad de génerosexo.

En ésta, en principio, lo que soy yo y lo que no soy yo, se establece en términos binarios: como es papá o como es mamá; hombre o mujer.

Pero es preciso tener en cuenta que en la realidad humana, en la que la consciencia es tan importante, hay un sexo fenotípico o aparente y un sexo no aparente, neurológico o cerebral, que puede estar alineado o cruzado con el fenotípico, lo que da un resultado nobinario.

En un primer momento (lactancia) hay una realidad de amor o adhesión a la madre nutricia o cuidadora, o una necesidad de ella, en caso de que falte, que es común a ambos sexos, y forma la base de la afectividad de uno y otro. En ese momento, se ignora al padre, que llegará después a la conciencia y a la vida afectiva.

Puede persistir con mucha fuerza la adhesión a la madre (niños o niñas enmadrados, que “se pegan a sus faldas”) , sintiendo al padre como un extraño, con hosquedad, o empezar la diversificación.

Este enmadramiento puede ser natural en niños fenotípicos más o menos femeninos, que no encuentran en sí la incitación androgénica para moverse enérgicamente, para salir del nido, de la vecindad de la madre.

Pueden empezar a imitarla, con toda naturalidad, como la referencia adulta más cercana y más segura, al mismo tiempo que la sensación de extrañeza frente al padre les dificulta tomarlo como modelo. Creo que son los andrógenos lo único que favorece en ellos saltar a la imitación de los hechos androgénicos del padre, salir de casa, interesarse por la vida del aire libre.

Supongo que, según avanza la reflexión sobre sí (el momento en que el niño deja de hablar de sí en tercera persona y empieza a usar la primera), aparece la conciencia de las afinidades/ desafinidades, como mayor detalle de la propia experiencia; entonces se empieza a tener conciencia de que yo me parezco a mi padre o mi madre, y no me parezco a una u otro; lo que lleva a que a mí me agrada parecerme a uno u otra.

Este “yo me parezco” tiene que ver sobre todo con cualidades de carácter, reflejadas sobre todo en actitudes, gestos, preferencias; si además existe cierto parecido físico, la identificación se intensifica.

Por tanto, puede ser lineal, cuando un niño se identifica con su padre o una niña con su madre, o cruzada, cuando sucede lo contrario.

Surge una imagen de sí, feminizante o masculinizante (esta desinencia en –ante indica una tendencia, no un ser: puede haber niños que se vean como masculinos feminizantes o niñas que se vean como femeninas masculinizantes; tampoco se requiere una conciencia precisa, basta una preconsciencia, un sentimiento difuso)

Esta conciencia de ser feminizante o masculinizante puede definirse más o menos pronto, y definir una imagen  más externa o  más interna, según los temperamentos. Se puede dar tanto en edades muy tempranas, al principio de la niñez, como más tardías, en el paso de la niñez a la preadolescencia; ser más externas, centradas en el uso de la ropa femenina o masculina de manera cruzada, o más internas, centradas en la consciencia de la manera propia de ser, que es un sentimiento más desvaído.

La conciencia de sí puede ser por tanto muy definida o muy indefinida, muy sencilla o  muy matizada; como hecho, la conciencia es relativamente independiente de la realidad biológica, porque puede darse o no, temprano o tarde, aunque tienda a darse por la presión de los hechos biológicos en su interrelación con la realidad social.

Cuando llega la adolescencia y la pubertad, se une casi de repente a la imagen formada de sí una reacción erótica, dependiente de la orientación ginesexual, androsexual o bisexual de cada cual.

Creo que en personas feminizantes androsexuales, la propia imagen femenina debe despertar un sentimiento de poder ser querida, admirada, valorada, amada, suavemente erotizado en esa forma gramatical pasiva que he usado. En personas feminizantes ginesexuales, surge en cambio una fuerte erotización por esa fusión con la imagen de la mujer, como joven y bella. En personas feminizantes bisexuales, se pueden dar ambas reacciones.


Supongo que en los masculinizantes ginesexuales, la propia imagen reforzará los sentimientos androgénicos activos, la conquista y protección de la mujer amada. En los masculinizantes androsexuales, se dan sentimientos de afinidad y compañerismo muy erotizados hacia otros varones, igual que en una de las homosexualidades masculinas. En los masculinizantes bisexuales pueden darse ambas reacciones.    

sábado, 31 de enero de 2015

Consecuencias de mi hipoandrogenia

Kim Pérez

Llamo hipoandrogenia a la menor impregnación de andrógenos en el cerebro durante la edad prenatal, tanto en personas XY como en personas XX (o sus variaciones)

La principal consecuencia de la hipoandrogenia en mi manera de ser ha sido hacerme capaz de una intensa vida interior y dificultarme mucho la vida exterior de las relaciones humanas.

He sido una persona muy solitaria y por tanto relativamente asexual; pero he tenido siempre el ansia de compañía y sólo la he conseguido a partir de mi transición, con cincuenta años, y no en el ámbito de la sexualidad, sino en el de la amistad.

Todo ello parece que viene favorecido por la falta de androgenación cerebral en el primer mes o los dos primeros meses de mi vida prenatal, causada por el estrógeno que tuvo que tomar mi madre para poder gestarme; luego se superpuso una androgenación suficiente, a medida que se fue diluyendo la presencia del estrógeno, pero deduzco que algunas estructuras fundamentales se quedaron en estado femenino y las posteriores, más superficiales, alcanzaron niveles masculinos pero  insuficientes.
     
En consecuencia, me parezco a “Jim”, el chico a que se refieren Moir y Jessel en su libro de divulgación, “El sexo en el cerebro”. Soy como él muy introvertido, hasta el punto de que la introversión es lo que caracteriza mi manera de ser; un rasgo tan definido, que si tuviera que definirme con una palabra, sería con ésta, introvertido. También he sido tímido,  torpe en el trato social, inseguro, gris, hasta que he ido conociendo las situaciones por experiencia.

Todo esto es anterior a mi sexuación mental, más básico, común a hombres y mujeres, pero más definidor, hasta el punto de que, antes de decir “soy hombre” o “soy mujer”, debería decirse “soy introvertido” o “soy extravertida”.

Los dos recuerdos que se me vienen a la cabeza, para mostrar mi manera de ser, son éstos:

Con unos diez años, mi hermana y yo solíamos visitar con Lein, nuestra “abuela” alemana, a sus amistades alemanas en Granada. Íbamos más frecuentemente a la casa de un ingeniero que tenía un carmen encantador en el Albaicín (en Granada, las villas tradicionales se llaman cármenes), en cuyo jardín había un espacio para gallinas, patos y quizá conejos.

La familia estaba compuesta por el matrimonio y tres hijas, de quienes la menor era de nuestra edad. Cuando pienso ahora en ella, creo que hubiéramos podido hacer fácilmente amistad, si hubiéramos compartido colegio (entonces, imposible) porque era también tímida, bien educada, agradable, con unas trenzas simpáticas, a la vez que alta como yo.

Sin embargo, mientras mi hermana y ella se quedaban en el jardín, yo me iba con Lein y la señora de la casa a la sala de estar, me dirigía inmediatamente a un anaquel que había en uno de los extremos, bajo unas estanterías, donde había libros, tomaba cualquiera, y me iba al confortable sofá del otro extremo, a leer, en tanto que Lein y la señora hablaban de sus cosas.

Mi vida era leer, hasta el punto que había agotado los numerosos libros que había en casa de mis abuelos, de cuando mi madre y mis tías y tíos eran niños, y ansiaba encontrar lecturas nuevas. Sé que mi principal sentimiento, ante ellas, era la curiosidad y también el sentirme imaginativamente en ambientes que me fascinaban.

Leía a todas horas, cuando tuviera tiempo. Cuando estaba en casa de mi abuela, leía también durante mis comidas en solitario, como único niño. En vacaciones, durante las mañanas, las tardes y las noches. Me iba a la cama con un libro sobre las sábanas. No tenía amigos y mis compañeros de juego eran casuales.

El otro recuerdo que quiero mencionar hace ver mi capacidad contemplativa.

En Almuñécar era el primero de la familia en levantarme, hacia las siete. Salía al porche para ver el mar.

Tengo en la memoria, enseguida, su horizontalidad azul y el sol sobre él, a la izquierda. Poco después, por ese lado, llegaba por la playa un tropel de cabras y el cabrero, que venía para ordeñar a una en cada casa. Las paredes blancas de éstas se alegraban con las altas matas de geranios rojos del Mediterráneo.

El mar era para mí la perfección. El rumor de las pequeñas olas me acompañaba,  como si fuera la naturaleza conversando conmigo. Y el particular aroma de su humedad en las casas.

Una tarde, echado para dormir la siesta, el juego de la luz tras los postigos metálicos medio cerrados, con sus ranuras geométricas, produjo de pronto un efecto de cámara oscura sobre la pared como pantalla, viéndose en color, como sombras claras, las figuras invertidas de algunas personas que pasaban por delante de la casa.

Con estos dos recuerdos quiero señalar algunos efectos beneficiosos que la hipoandrogenia puso en mí: el ansia de saber y la capacidad de contemplar.

Son la base de la ciencia y del arte. Por tanto, son evolutivamente interesantes en la medida en que aumentan la conciencia humana del sí interno y de la realidad externa.

En mí disminuyeron o anularon la capacidad de procreación; la relación con otras personas, mediante la extraversión, quedó precarizada; no he sabido suficientemente abrazar, ni besar, ni reír juntos; creo que doy la impresión de una persona amable, incluso cálida, pero en el fondo, bloqueada, incomunicada. Lo veo en otras personas, que dan y reciben cariño a cada momento, con toda naturalidad.

Hubiera querido compartir con alguien mis lecturas y mis imágenes, y que a la vez fuera más experto en la vida, más existencial que yo; creí hallarlo, pero se desvaneció. No he deseado tampoco corporalmente a nadie, de la manera estable, ansiándola obsesivamente, pensando a todas horas en ella o él, que es la pasión del amor.

He perdido mucho, sin duda, y lo que tengo, que es específicamente humano, el  pensamiento, es compatible en muchas personas con  la ex –istencia extra –vertida, que incluso lo alimenta con pasiones y experiencias.

Hay que aceptar la realidad de las privaciones. Hay quienes reciben un destino más pleno y quienes, hagamos lo que hagamos, lo recibimos más limitado. Pero puedo agradecer la intensidad de mi introversión, porque, naturalmente, está en relación inversa con la extraversión; más extraversión, menos introversión.


Hay personas incluso más introvertidas que yo, como los místicos, capaces de tal concentración, que llegan a un éxtasis, pero yo puedo agradecer mi manera de ser, a la vez que lamento mis carencias. Lo uno con lo otro.

jueves, 29 de enero de 2015

NOTAS SOBRE TRANSFILIA

Kim Pérez

¿Cómo es el amor a una persona trans? ¿En qué consiste desear, valorar, admirar, querer, unirse a una persona trans?

Estas palabras tan sencillas pueden hacernos llorar de emoción, porque es lo que más deseamos, y a la vez sabemos (bueno, como toda persona, pero más que otras personas) que no es fácil conseguirlo; pero no es imposible.

Diferenciaré primero entre trans femeninas y trans masculinos; para nosotras, la experiencia del amor y el afecto es más trabajosa; para ellos es más fácil.

Distinguiré también, entre ellas, entre hormonadas y operadas, (lo que es más frecuente que entre los trans masculinos); y por parte de sus amantes, entre hombres y mujeres nativos y hombres y mujeres trans; pero no llegaré a poder hablar de todos estos matices, sólo de algunos de ellos.

RELACIONES SEXUALES COMO ESTRATEGIA DE CONVIVENCIA

Voy a empezar por la forma quizá más simple de deseo entre un hombre hetero y una mujer trans. Los sentimientos de deseo sexual están muy vinculados evolutivamente a los de poder. La relación puede establecerse muchas veces en términos de poder, lo que es muy elemental, pero muy efectivo, muy arraigado en nuestra parte animal.

Voy a hablar primero de los humanos en general y de sus relaciones más primitivas.

El varón puede  sentir el placer de que domina y posee a la mujer; esto le hace ser condescendiente y protector hacia ella, excitarse sintiendo la diferencia de tamaño corporal y fuerza muscular con ella, oyendo los distintos timbres de voz.

Para ella, la relación es más compleja. Necesita obtener de él seguridad para criar a sus hijos . Valora su mayor tamaño, su fuerza muscular y su acometividad, todo dirigido hacia fuera y las amenazas exteriores y no contra ella, que no desea verse sometida a esa agresividad, sino exceptuada de ella.

Hay un decalaje entre las aspiraciones de él y las de ella, unas tendentes a la posesión y sumisión y otras a la seguridad, pero si funcionan como ella desea, son capaces de generar estabilidad, hábito de convivencia y afecto mutuo.

En esa fisura entre el deseo de dominación y el de seguridad se pueden crear sin embargo la dominancia real masculina, la batalla de los sexos, los malos tratos y los aborrecimientos.

Pues bien, este esquema de muchas relaciones intersexuales se puede repetir en las relaciones entre varones heteros y mujeres trans, aunque no cuajen siquiera en amores y queden en simple afecto. Se puede observar, por parte del varón, una tendencia a la condescendencia, y a tomar decisiones por ambos, que se inserta en la lógica de la dominancia. Por parte de ella, se puede observar también el deseo de ser exceptuada de la agresividad viril, así como la valoración de la diferencia de los tamaños corporales (y otras pruebas de una intensa androgenia, tales como la pilosidad del cuerpo o la musculatura férrea) que, como digo, no vaya dirigida contra ella, sino contra las amenazas exteriores.

Esta amabilidad viril hacia la mujer puede aparecer también por tanto hacia las mujeres trans, acentuada además por un hecho trans, que hay que considerar frecuente: un grado de humildad que deriva de la inseguridad en el propio atractivo y del agradecimiento al varón por haberla aceptado.

La mujer nativa, en cambio, cuando  constata la fuerza de su atractivo sobre el varón, puede deducir de ella una arrogancia y una polemicidad que puede no darse en la mujer trans.

RELACIONES SEXUALES COMO SIGNOS DE PODER

Otras dimensiones de estas relaciones pueden ser más oscuras, lo que significa primitivas. La traducción de la sexualidad a relaciones de poder, nos permite entender que la fantasía de él pueda incluir deseos de poder más intenso: serían menos sencillos de aceptar para la mujer trans, pero son igualmente eficaces para mantener la relación; pueden entenderla en principio como una relación de poder intermasculina que culmina en la sumisión/ feminización del rival. Ver a la mujer trans realizando labores femeninas para él puede ser por eso muy excitante.

En esta feminización no parece necesaria la operación; al contrario, muchas veces la presencia de unos genitales desvirilizados por la hormonación puede ser un símbolo de la victoria/   feminización.

El carácter natural, arcaico, de este proceso, se puede ver en las especies animales en las que la pelea intermasculina da lugar a un gesto feminizado por parte del derrotado, que inhibe la continuación de la agresión (en otras especies, el derrotado ofrece su garganta a los dientes del vencedor, lo que inhibe también la agresión)

Lo más negativo de estas relaciones demasiado centradas en el  poder y no en la convivencia, sería si se genera una adicción de tipo sadomaso, pues en todas las adicciones se da un  umbral de excitación que necesitan elevarse continuamente para alcanzar los mismos niveles que en la fase anterior, con lo que los símbolos de sumisión que inicialmente pueden integrarse en la vida normal, se vayan acentuando poco a poco hasta alcanzar grados angustiosos. 

La fantasía sadomaso nunca es buena consejera y es posible institucionarla como regla social generalizada, lo que sucede a menudo en nombre de la voluntad de Dios en la moral sexual con pretexto religioso.
  


miércoles, 21 de enero de 2015

AFIRMACIÓN DEL NEUTRO




AFIRMACIÓN DEL NEUTRO

Kim Pérez

Escribo esto para entenderme mejor, pero también para que sea útil para otras personas que sean como yo. Digo de entrada que no se dirige a las personas trans que se han sabido definidamente femeninas desde sus primeros años, sino a las personas trans que nos hemos sabido más o menos neutras.

Soy objetivamente ambiguo, más bien neutro de género, femenino de genitalidad. Hoy voy a usar el género gramatical masculino, que no corresponde del todo a mi naturaleza, pero sí a mi primera identidad.

Muchos varones, pero no todos, me han hecho sentir algo que en XY es hetero, una androfobia espontánea, antes  de haberme sentido también rechazado. Es decir, mi androfobia viene primero, y el rechazo hacia mí, después. Ningún victimismo en este primer análisis.

Pero es verdad que después me fui sintiendo rechazado, desde los cinco años. La sensación de rechazo la traduje sintiéndome tímido, soso, gris.

He sentido en cambio una simpatía espontánea hacia los varones más bien ambiguos. He llorado leyendo novelas gays, sobre todo en lo relativo a su niñez y adolescencia, identificándome con ellos al sentirlos parecidos a mí, salvo en su sexualidad. No he sentido nada parecido con las muchachas, porque no entiendo lo que pueden sentir.

Mi rechazo por la genitalidad masculina  es por sentirla medio tripa y medio palo, o también una cañería, es decir, fea, un juego de fontanería que es  parte de la estructura de una casa,  oculta en un sótano, incompatible con cualquier imagen grácil y delicada que pueda hacerme de mí.

No entiendo su funcionamiento, no deseo sentirlo. Sé que no tengo ese instinto de posesión, que se manifiesta en el deseo de penetración, que es por lo visto una urgencia. Tampoco he sentido el deseo de vaciarme, que debe de ser también profundo, de toda la personalidad, el ansia de fusión,  fuera de la necesidad física, superficial,  que podía sentir antes en la excitación.

Es decir, mi cerebro no estaba estructurado como los genitales que había en mi cuerpo. Él funcionaba de una manera y aquellos genitales, de otra.

Tampoco deseaba unos genitales propiamente femeninos. Más bien me interesaba el no tener que el tener.   Creo que la diferencia habría estado en sentir que mi cuerpo deseara abrirse o fuera suficiente para mí que fuera liso y suave, como lo es ahora.

Para hacer un balance de esta manera de ser,  ante el rechazo de la masculinidad, no queda a primera vista más que la feminidad, pero es una solución de emergencia, un refugio, que no surge desde dentro, sino ante la evidencia de que en el sistema social no cabe nada más que lo binario, la diferencia radical entre hombres y mujeres, entre lo masculino y lo femenino, sin que haya nada entre medio, lo ambiguo, lo neutro.  Te van a aceptar si eres masculino o femenina, y te van a rechazar si eres de otra manera.

En este sistema de arquetipos sin transiciones, la mujer aparece como bella, lo que la hace ser querida, valorada, protegida. En una persona XY, esto es en parte un sentimiento hetero, la conciencia de su atractivo, pero en otra parte, la de la afinidad con sus sentimientos, el deseo de ser bella para ser querida, valorada, protegida. La mujer es vista en parte desde fuera, en su apariencia atractiva, y también en parte, por dentro, como afinidad al compartir una parte de sus sentimientos.

Su apariencia es un refugio frente a la propia desvaloración.

Entonces, pidiendo atención a cada una de las palabras que voy a emplear, empieza un Deseo de Fusión con la Imagen de la Mujer en el Espejo.

Deseo:  es un sentimiento erótico. El erotismo acerca a la Fusión con el ser deseado. Que es una Imagen externa, más que una realidad interna. De la Mujer arquetípica, o más atractiva heterosexualmente, es decir joven y bella. En el Espejo, que es el lugar donde esa imagen valorada se superpone sobre la propia imagen devaluada.

Es muy fuerte; puede resolver muchas vacilaciones internas, siendo el centro de la feminofilia. Si se llega, mediante él, a la hormonación con antiandrógenos, puede perder gran parte de su fuerza, desconcertando a quien lo haya seguido.
  
Sirve como ese refugio mientras no se encuentra algo mejor, pero crea un amor fantasmático, hacia una Imagen de Mujer, vacía, que no existe.  Es preciso crear el conocimiento y amor de la propia realidad, y a partir de eso, poder amar a una persona real, de las mil formas que puede tomar el amor real, desde el cariño amistoso hasta la pasión.

Es un sueño,  porque impide ver la propia realidad y construir la personalidad sobre ella. Es preciso mirarse tenazmente, descubrir aquello sobre sí que no se ama, y necesita ser compensado mediante este deseo, y aquello que se ama, hasta el punto de poder establecer y amar la propia manera de ser.

Yo empecé a sentir este deseo con unos doce años, cuando empezó mi pubertad. Me di cuenta de que el deseo partía de mí y volvía a mí, sin encontrar a nadie en el camino.

Sin embargo, con unos quince años, fui capaz de intentar resolver mis contradicciones pensando que yo era ambiguo. Eso quería decir que me veía como un ser básicamente masculino, pero grácil, delicado, esbelto… Los movimientos de mis brazos, cuando los alzaba, como danzando en el aire, y mis manos jugaban como orquídeas, o los de mis piernas, una sobre otra y replegándose hacia dentro, como abrazándose, y encerrándome, me parecían la expresión de mi ambigüedad.

Más profundamente, mi rebeldía frente a la mayoría, mi independencia, mi energía en mantener aquello en lo que creo,  mi sensibilidad y mi vulnerabilidad, entraban también dentro del concepto de mi ambigüedad que ahora, cuando pienso en él, tiene para mí la fuerza de la verdad y me emociona y me conmueve con ella. Con este pensamiento, puedo presentarme ante Dios.

Pero, generalmente, prevalecían o la rutina impersonal de mi masculinidad social, durante los largos períodos en que podía acomodarme a ella, o la pasión de mis intentos de feminización, empujados por  la fuerza social de resolver mis conflictos mediante lo binario, y la erótica del Deseo de Fusión con la Imagen de la Mujer en el Espejo.

Siempre he sentido la falta de referencias estéticas externas para lo ambiguo en el sentido de lo masculino hacia lo femenino.

O se mimetiza lo femenino o se permanece en lo masculino. Ayer me acordé de una de las fórmulas que suelo emplear, y me fui de nuevo a la calle con una falda recta, negra, y un chaquetón que tengo, impermeable, casi militar, de grandes bolsillos visibles. Con el pelo grisáceo recogido en un moño, me daba cuenta de que daba tal sensación de energía (pese a mi enfermedad), que a mí me daba seguridad y a los otros les parecería que no debían llevarme la contraria.

Ésta es la ambigüedad masculinizante. Pero lo difícil, estéticamente, es encontrar modelos para una ambigüedad feminizante, que sea sin embargo ambigua.

Sí; encontré uno en un chico que vi hace muchos años,  con un rostro redondo y ovalado, un flequillo negro, jersey negro de cuello de cisne, unos brazos entrecruzados tan delicadamente, que era casi una mujer sin dejar de ser un muchacho, es decir, casi perfectamente ambiguo.


Esto nos lleva a definir la estética ambigua como aquélla que no es definidamente ni de varón ni de mujer, sino que toma los elementos que pueden ser comunes y que hoy día van siendo más, aunque seguimos pretendiendo dividir a los humanos en sólo dos géneros.  

viernes, 16 de enero de 2015

La unidad de la realidad humana



Kim Pérez

La experiencia transexual parte de la dualidad.
Es una experiencia mental, enfrentada a la orgánica.
Nos sentimos femeninas o masculinos por encima de cualquier experiencia del resto de un cuerpo que sexualmente nos es ajeno.
Muchas veces, la dualidad parece más profunda, puesto que en nuestra misma experiencia mental nos decimos que no somos femeninas o masculinos del todo, pero todo eso, incluso nuestra ambigüedad, forma parte de nuestra unidad mental, personal.
La dualidad entre mente y cuerpo es de momento la principal causa de dolor para las personas transexuales.
Ansiamos nuestra unidad.
La de nuestra realidad mental, siendo sólo una cosa, o femenina o masculino.
La de ser reconocidas o reconocidos por todos en esa unidad.
La de que no se nos vea como duales. O peor, que se nos vea dentro de una unidad corporal que no es la nuestra.
Por parte de quienes nos ven, a veces sería suficiente con que reconocieran del todo nuestra dualidad, nuestra naturaleza mental, la fuerza de esta naturaleza, porque muchas veces nos confinan en la unidad de la que huimos, la corporal u orgánica.
Hace falta mucha conciencia de la realidad para afirmar nuestra naturaleza mental por encima de la orgánica.
Cuando no consiguen verla todos o casi todos, y esto te lleva a temer que no consigas una parte de tus aspiraciones, el reconocimiento ajeno (si bien siempre habrás conseguido tu propia expresión, el decir "yo soy así")
Vergüenza, ira, angustia por lo de fuera, pero nuestra realidad mental, interior, es la que es, y no nos deja asentarnos en esa unidad exterior que no entendemos como nuestra, sea nuestra realidad interior más o menos definida.
Puede ser que éste sea el sentido de nuestra existencia: afirmar que nuestra unidad verdadera es la de nuestra realidad interior, mental.
Contrapuesta a la exterior, aparente, orgánica.
Con diez años justos, me quedé muy sorprendida cuando me dije “yo soy yo”, afirmación que sigo sintiendo como la más importante de mi vida.
Quería decir: yo, que me veo por dentro, esta mente o consciencia, estoy en esto que veo por fuera, mi cuerpo, mi apariencia. Y yo de verdad soy lo que soy por dentro, mi interior.
(O lo que veo cuando me veo pensar; o cuando cierro mis ojos; o en la oscuridad de la noche; el resto, es mi cuerpo)
Hasta hoy no había conectado esta frase con otra que me dije también alrededor de los diez años: “Yo hubiera sido más feliz si hubiera nacido niña”.
Veo que yo siento, con toda claridad, por ser transexual, algo que es común a muchos otros humanos, y que ellos quizá no ven con la misma nitidez. Por tanto, el sentido de nuestra vida es afirmar el dolor de nuestra dualidad y el deseo de que nuestra unidad se establezca sobre nuestra realidad mental, no sobre la corporal.
Sienten lo mismo que las personas trans
Las personas feas, que se miran en el espejo y sienten que no son lo que ven o no quieren serlo.
Las personas ancianas, que sentimos que nuestro cuerpo nos traiciona, porque querríamos salir corriendo, como antes, y no podemos, o que nuestra cara no se hubiera arrugado, y lo está.
Las personas enfermas, que ansían liberarse de la enfermedad. Mi tía Amalia, ante los sufrimientos del cáncer, deliraba con que salía volando por la ventana.
O las personas que se encuentran en el desierto y necesitan beber y no encuentran agua…
O los presos, confinados por unos barrotes que les impiden sacar su cuerpo de la prisión…
Por tanto, nuestra experiencia es una experiencia humana universal, la de la mente sometida al cuerpo, y somos quienes la sentimos de una manera más visible.
Pero los humanos nos hemos esforzado siempre contra ese sometimiento; nos esforzamos contra la fealdad de mil maneras; contra la ancianidad; contra la enfermedad; contra nuestros límites.
Un día será reconocido por todos el valor de nuestro esfuerzo transexual, como esfuerzo humano.
Siempre se ha dicho que las personas transexuales somos mente de mujer en un cuerpo de varón encerrada, o pensamiento como varón en un cuerpo de mujer encerrado.
Podríamos generalizar y decir que los humanos somos espíritu en un cuerpo encerrado. O voluntad en un cuerpo encerrada. O ángeles encerrades en la materia.

domingo, 11 de enero de 2015

LÓGICA



Kim Pérez

Todo lo relativo a la Lógica o Razón es mejor expresarlo en pocas palabras, para que resplandezca mejor lo que se diga.

(Definición)

La razón es la relación entre las realidades físicas.

Y la relación entre las relaciones.
Las realidades físicas son mutables; las relaciones entre ellas se establecen con patrones inmutables.

En el espaciotiempo, nuevas realidades mutables establecen nuevas relaciones inmutables entre ellas

Las relaciones forman redes estáticas, inmutables, eternas, entre las realidades mutables.

Hay relaciones de causa y efecto, de causa final o finalidad, de cantidad (igualdad o  desigualdad), de espaciotiempo, de atracción y rechazo…

La razón es propia del Universo del que formamos parte: físicamente funciona conforme a la Teoría de la Relatividad o a la Mecánica Cuántica y a sus relaciones  matemáticas o cuantitativas.

Un día tendremos la Teoría Unificada de la Física, de lo Observado; y entonces, tendremos también la Teoría de lo Observado y del Observador.

(Observación de las relaciones)

Los humanos podemos observar las relaciones con plena consciencia de lo que estamos observando.

Algunas especies no humanas pueden observar ciertas relaciones elementales.

Las relaciones son realidades imperceptibles, ajenas a los sentidos, mientras que las realidades físicas son perceptibles.

La razón por tanto sólo es pensable, no perceptible.

Es descubrible, no inventable.

Está por encima de la voluntad humana, que no puede cambiarla,  le guste o no, le convenga o no.

El descubrimiento de la razón por los humanos se llama razonamiento.

El razonamiento funciona por abstracción, al descubrir las relaciones de igualdad  entre varias realidades.

Entonces, elabora conceptos (lingüísticamente, un concepto es un nombre)

Relaciona estos conceptos en juicios o predicados y éstos en silogismos y éstos en discursos.

El razonamiento humano permite partir de lo conocido y llegar a lo desconocido.

Permite prever lo sensiblemente imprevisible.

Permite hacer lo que podía parecer infactible, antes de que se produjera este razonamiento.

El razonamiento humano está expuesto al error en el descubrimiento de las relaciones entre las realidades físicas.

Este error en el razonamiento se puede descubrir por sus consecuencias, a veces desastrosas respecto a los propósitos iniciales.

O mediante el diálogo entre los razonadores.

(Ética)

La cualidad más específicamente humana es el descubrimiento de las relaciones entre las realidades físicas.

Estos descubrimientos son nuestra principal fuerza: descubrir la relación entre la semilla y la planta crecida permitió desenvolver la Agricultura.

O conocer la relación entre la posición actual y la futura de una roca espacial nos permitirá evitar una catástrofe planetaria.

O descubrir la relación entre andrógenos y conducta nos permite comprender nuestra identidad sexogenérica.

Por tanto, hay un bien específicamente humano que es aumentar nuestra capacidad individual y colectiva de razonamiento.

Y hay un mal específicamente humano que es que alguien nos impida desenvolver esta capacidad o que cada cual la reduzca voluntariamente mediante la ofuscación por las diversas adicciones.

Los sentimientos no son específicamente humanos, puesto que los compartimos al menos con los otros mamíferos, con las aves cuando anidan o riñen... No podemos anularlos, pero podemos disciplinarlos mediante el razonamiento.

La distinción entre un bien y un mal relacionados con nuestra capacidad de razonamiento se convierte en la ley natural básica para lo individual y lo colectivo.

Es ley natural porque todos somos capaces de razonar; desde la edad infantil en que preguntamos a cada momento “¿por qué?”, el centro del razonamiento.

La ley de la razón forma un lenguaje que todos los humanos podemos comprender.

Deseamos que toda nuestra vida personal y comunitaria sea razonable.

La justicia es lo razonable en las relaciones interhumanas.


Por eso, la ley de la razón, anterior a los humanos, superior a los humanos,  legitima o deslegitima las leyes creadas por los humanos.

sábado, 27 de diciembre de 2014

LES NIÑES FEMENINES



Kim Pérez


Digo “niñes femenines” porque  la primera realidad asombrosa que se ve es ésta : son aparentemente  niños XY y son femeninos o muy femeninos de actitudes y conducta, desde los dos, tres o cuatro años.

Algunos son conscientes de esto, y dicen “soy una niña” y otros son inconscientes, y dicen “soy un niño”.

Unos procurarán vivir como niñas y otros procurarán vivir como niños, aunque poco a poco encontrarán dificultades que les harán replantearse la conciencia de sí.

En resumen, a partir de dos percepciones de partida, que aparentemente son niños y que son femeninos, se puede consolidar con los años una identidad plenamente femenina, o una identidad intersex o  ambigua, o un intento de adaptar esa feminidad natural a una aparente masculinidad.

Este último intento puede ser consciente e incluso voluntario, una vez que se sopesan pros y contras.

Por eso, en esa edad no es realista llamarles niños, y es prematuro llamarles niñas, antes de que se decidan las posibilidades que pueden tener abiertas.

Como principio pedagógico, planteo a las madres y padres lo siguiente: su función, como la de todo educador, es caminar detrás, y no delante de estas criaturas, como se hace con la que aprende a andar;

protegerlas como si fuera con los brazos abiertos en su cercanía, de todo daño;

enseñarles todas las puertas que haya a su paso, y dejarles que entren por ellas y vean las estancias a las que se abren;

aconsejarles todo lo que sea necesario cada vez que vuelvan sus miradas a sus padres;

y respaldarles en las decisiones que vayan tomando, sean cuales fueren y les gusten o no; los humanos tenemos el derecho de equivocarnos por nosotros mismos y de rectificar si es posible.

 = = = =

(¿Por qué?)

¿Por qué surgen en personas XY esas cualidades femeninas?

La duda principal ha sido entre naturaleza y educación, “nature or nurture”, como se dice en inglés.

¿Tiene un papel importante el medio en se haya criado  un niño?  ¿Que haya amado a su madre hasta el punto de identificarse con ella? ¿O que se haya criado entre mujeres?

Esto último no, pero la relación con su padre es vital. El ser humano está hecho de aprendizajes, y entre ellos está la identidad, que es la conciencia de sí como hombre o mujer, la aceptación gustosa de ser hombre o mujer.

Unas pocas veces, hablo de lo que sé, hay niños, que  han sido normalmente masculinos, en actitudes y preferencias,  pero que se han criado con un padre terrible, aterrador, duro, agresivo, ofensivo, incluso maltratador, aunque no es preciso llegar a tanto,  por lo que han tenido que refugiarse en su madre, detrás de las faldas de su madre, como se suele decir.

No han podido identificarse con su padre, en modo alguno. La masculinidad ha sido para ellos sinónimo de miedo y la feminidad de refugio. Han llegado a identificarse con su madre. Desear protegerla y desear ser como ella. La ropa de mujer ha llegado a ser para ellos el camino de salvación, y desean vestir y vivir como mujeres, aunque no sean muy femeninos en otros aspectos.

Otras veces, es una situación intermedia. No son muy masculinos y son un poco femeninos, y el padre no los acepta, sin ser agresivo. Cumple con sus obligaciones paternas y sólo se distancia afectivamente, pensando que el niño no se dará cuenta. Pero el niño lo necesita, y le falta un contacto con su padre que le permita identificarse con él. La consecuencia es que no llega nunca a una verdadera identificación con la masculinidad, cálida y jubilosa, llena de afectos, y de experiencias comunes, y si puede, no sólo quiere a su madre, sino que se identifica con ella, en mayor o menor medida.  

Llegando más lejos, nos encontramos con niñes que son ya femenines por temperamento, no sólo poco masculinos.  La relación con su padre puede ser afectuosa, pero es su naturaleza la que le empuja a identificarse con las niñas y con las mujeres. Prefiere jugar con niñas, antes que con niños y se imagina como una mujer en el futuro.

He estado hablando de niños masculinos, poco masculinos, femeninos, entre los que se puede distinguir entre algo femeninos y muy femeninos…

Esta gradación, en las naturalezas, es algo natural y beneficioso para la especie. Los hombres muy masculinos, acometedores, enérgicos, activos, son convenientes para todas las situaciones que requieren capacidad de defensa; suelen expresarse, mientras, en la pasión por el deporte.

Pero los hombres reflexivos, tranquilos, físicamente pasivos, masculinos, pero no tanto, suelen ser útiles para el estudio, para las ciencias y las artes…

Lo mismo sucede entre las mujeres, entre quienes las muy femeninas suelen ser muy maternales y volcadas afectivamente en  el cuidado de la familia, algo compatible por cierto con una dedicación laboral,  mientras que hay mujeres menos femeninas para las que es el estudio, la ciencia o el arte su vocación principal.

Es difícil poner un límite entre la masculinidad menor y la feminidad o la feminidad menor y la masculinidad.

 Al hablar de estas diferencias naturales, que las vemos a cada momento en la calle, estamos hablando de algo que tiene que ver con las diferencias y las gradaciones de la hormonación natural en la edad prenatal.

= = = =

(¿Cómo somos?)

¿Cómo son les niñes femenines?

Como se ha visto antes, también hay una gradación en su feminidad.

Algunos no son femeninos por naturaleza, sino por su medio ambiente, por razones de identificación, es decir, por adaptación, por supervivencia frente a la hostilidad paterna. Esto puede ser una voluntad secreta, íntima, que no necesite expresarse socialmente.

En la escolarización, pueden jugar con niños y a juegos de niños, pero sin que se puedan establecer ya lazos de compañerismo, de afecto mutuo entre ellos. Pueden ser niños solitarios, pero voluntariamente sin amigos. Las niñas en cambio les parecen su ideal de vida y pueden buscar su amistad y compañía. Son aceptados por los niños, no sufren acoso, puesto que no dan indicios de feminidad.

Pero quizá, en su secreto, alguna vez se confíen a sus madres, diciéndoles: “Mamá, quiero ser una niña”.

He hablado también de niños algo femeninos.
Pueden ser conscientes o inconscientes de su relativa feminidad.

En el primer caso, les resulta visible a quienes les rodean, menos a ellos mismos. Suele ser por indicios más o menos sutiles: son muy tranquilos, caseros, no les gusta jugar con los niños a sus juegos a menudo turbulentos.

Son introvertidos, pueden pasarse horas leyendo, muy sensibles, se pueden echar a llorar por cualquier cosa, sensitivos, porque son finos en sus percepciones de la vida natural o humana.

Como no hay nada muy femenino en su manera de ser, pueden no tener conciencia de ello, y formar una identidad masculina a su manera.

Pero para otros, esta relativa feminidad es evidente. Un padre muy masculino puede sentirlos extraños y rechazarlos, lo que con el tiempo puede tener hondas consecuencias. Al escolarizarse, los niños no suelen encontrar ocasiones de reírse de ellos, en su discreción, pero sí para que no les guste su manera de ser y para aislarlos.

Si, con el tiempo, alguno les llama “mariquita”, puede ser con gran sorpresa por su parte, porque nunca se hayan sentido así. Sin embargo, si no cuentan con el apoyo paterno, pueden sentirse gradualmente inadaptados a la masculinidad y conscientes de su propia relativa feminidad, desde los diez años aproximadamente.

En cambio, muchas veces la feminidad es tan visible, que son conscientes de ella desde sus primeros años, desde los dos o los tres.

Lo son, porque les encanta la ropa de niña y rechazan la de niño. Buscan incluso con pasión la ropa femenina para ponérsela, imitan a su madre pintándose la cara como pueden. Interiormente, saben que son niñas desde el primer momento y se dicen o dicen a su madre: “Soy una niña” (no “quiero ser una niña”, sino “soy”)

Juegan con las niñas, a juegos de niñas, tienen sueños de niñas como ser princesas, lo que les puede llevar a un acoso fortísimo por parte del padre y de los niños. La madre y las niñas pueden también ser su refugio.

= = =

(Represión o expresión)

Hasta ahora, la norma social ha sido la represión.

Ha podido tomar la forma de autorrepresión.

Simplemente, observar la realidad del acoso dirigido a otras víctimas, ha sido para muches niñes femenines la ocasión secreta de intentar masculinizarse, de endurecer la manera de hablar, de hipermasculinizarse incluso, copiando las conductas que podían parecer más masculinas, de rezar en silencio pidiendo que esa feminidad desapareciera.

Los resultados han podido parecer positivos, pero su costo ha sido enorme.

Puede haber producido una amnesia, que obliga años después a preguntar a la madre cuáles fueron las primeras señales de la propia feminidad.

Esta amnesia puede ser tan total, que ya en la adolescencia y la juventud, la consciencia sólo puede registrar una inquietud o un malestar que no se puede saber siquiera cuál es su causa.
Se vive a oscuras de la propia naturaleza, y hasta rechazando cualquier brizna de recuerdo que pueda volver a la mente.

Generalmente, la represión estalla, después de la pubertad, en forma de homosexualidad. Pero también es frecuente que se sienta que la homosexualidad no corresponde a la propia naturaleza, cuando el compañero homosexual insiste en valorar la que supone masculinidad propia.

Por eso, es tan fundamental que las madres y padres ahora estén dando el paso de evitar toda represión, la que ha existido hasta ahora como una atmósfera contaminada en la vida trans y nos ayuden en le expresión, que es como un chorro de aire fresco y natural.

En España esto ocurre quizá desde 2010 o 2011. Va cada vez a más, como un hecho de civilización, que va siendo comprendido y reconocido por todos.

Lo más sencillo que puede desear une niñe femenine es vivir como una niña en su familia y en su escuela, los dos medios en los que transcurre su vida.

Ya va empezando a haber en España disposiciones legales que le ayudan a ello, como conseguir la documentación necesaria y que se aseguren sus derechos escolares.

Se sabe que la niñez, la adolescencia y la juventud son edades de experimentación.  El respeto a la vida en formación exige que no se dé nada por decidido definitivamente, que se le deje pleno derecho a decidir sus ensayos, sus aciertos y sus errores.

Lo que he visto hasta ahora es que, dada la realidad de su naturaleza femenina, normalmente sienten una adaptación mucho mejor viviendo como niñas que como niños,  pero no se puede excluir una reflexión que voy a hacer más adelante y que puede hacerles sacrificar su identidad femenina para conseguir vivir más plenamente su orientación afectiva hacia los varones.  

= = =

(¿Genitalidad?)

Para muches, en esas primeras edades, no hay tampoco conciencia de la genitalidad.

Los sentimientos que he expresado son sobre todo sentimientos de género, relacionados con la identificación con las mujeres como conjunto social.

No se entiende el sentido de la genitalidad, puede parecer relacionada sólo con la manera de hacer pis, y por tanto, la evolución personal, la memoria, la identidad pueden desenvolverse mucho tiempo al margen de la genitalidad.

Eso explica que muches de estes niñes,  la mayoría,  si deciden vivir como mujeres, pueden decir que no necesitan operarse; la genitalidad no tiene que ver con sus sentimientos.

Sin embargo, algunes pueden haber formado una conciencia temprana.

Pueden haber constatado que hay una diferencia entre los cuerpos de los hombres y las mujeres, y si rechazan ser hombres, pueden también rechazar la masculinidad, o pensar que les gustaría ser como las mujeres.
           
Pueden esperar, durante esos años, que esos órganos se caerán solos con la edad. O rezar para que desaparezcan.

En ese caso, desearán operarse cuando sepan que es una posibilidad real.

Cuando no ha habido conciencia temprana de esto, y en medio ha habido preocupaciones de género, de adaptación o inadaptación, de identificación o no identificación, pero la genitalidad ha pasado inadvertida durante años, puede ser la pubertad lo que cambia los datos del planteamiento, obligando a una revisión.

Como hay adolescentes muy femeninas que les aceptan y adolescentes menos femeninas que les rechazan, tengo el sentimiento hondo de que esta aceptación o rechazo tienen que ver con estructuras cerebrales aparte de las que tienen que ver con la identidad de género.

El rechazo de los genitales puede tener que ver sólo con ellos, como órgano, no con su valoración sexual como símbolo de masculinidad o feminidad. Se rechazan por ellos mismos y ante la propia conciencia. Pueden sentirse como ajenos al propio cuerpo y saber por qué, sin necesidad de referirse a las presiones ajenas, sólo al sentimiento personal de desolación frente a esos genitales.

Si no hay un rechazo tan definido, conviene que cada cual decida, ante sí, y al margen de la presión social, cómo está formada su identidad, y concluir diciendo: “yo sé que soy una mujer y no necesito operarme”

= = = =

(Pubertad)

He empezado a hablar de la llegada de la pubertad masculina, como una ola por la que deben pasar esos niños femeninos, que va a ser nueva para ellos, y obligarles a plantear de una manera inesperada y mucho más matizada su futuro.

En primer lugar, la cuestión de la orientación, antes desvaída, va a adquirir una fuerza enorme y una sensación de apremio inmediato.

Voy a hablar, desde ahora, de orientación androsexual, hacia el varón, o ginesexual, hacia la mujer, para evitar las complicaciones que se producen, cuando se habla de adolescentes femeninos, con los términos homosexual o heterosexual.

Cuando se trata de niñes androsexuales, pueden sentir su orientación como un impulso clarísimo, que los ha llevado a enamorarse, generalmente en secreto de los niños y que no tiene equivalente en relación con las niñas.

Esto, en principio, puede consolidar su identidad femenina, pero si es muy fuerte, puede propiciar una elección entre identidad y orientación. En la adolescencia, ya se puede empezar a tener conciencia de las dificultades que pueden encontrar, como adolescentes transexuales, incluso por los homosexuales.

El conflicto entre su deseo de amor y compañía y su realidad personal, puede hacerles incluso sacrificar ésta. Cuando se pasa de la adolescencia a la juventud, pueden llegar a decirse: “Yo me siento mujer, pero no necesito vivir como mujer”. Esta frase puede significar que se sienten mujeres al ser amadas, en el centro de su vida que es el amor, y que todo lo demás puede pasar a segundo plano.

También los varones homosexuales que las aman pueden valorar su masculinidad corporal y su feminidad psicológica. Pueden vivirse unas complejas relaciones de género que quedan  sin embargo invisibles socialmente. En la pareja, se puede valorar que a uno le gusta el fútbol y que al otro le gusta leer.  Que uno prefiera conducir el auto, y al otro le guste ser llevado. Creo que en sociedad se valora demasiado el género visible (ropa, arreglo, nombre legal), mientras que en la pareja puede  valorarse sobre todo el género invisible.

Por eso, se puede explicar que haya un número alto de niñes femenines androsexuales que, de mayores, eligen una identidad aparentemente masculina, como gays, y no sólo por represión, sino como expresión de su afectividad.

A la vez, pueden ser muy conscientes de que no son como la mayoría de los gays, que valoran  exclusivamente la masculinidad y rechazan la feminidad, sino que en sus vidas debe valorarse siempre la feminidad que les es propia.

Esto que he explicado se refiere a las dificultades de la transexualidad androsexual.

Paradójicamente, en este ámbito, la transexualidad ginesexual encuentra menos dificultades. Es posible para las mujeres transexuales encontrar a veces un espacio de convivencia con las mujeres a las que aman.

= = = =

(Experiencias)

Por eso decía que es preciso que las madres y los padres vayan tras los hijos, abriendo sus brazos para protegerlos, pero sabiendo que las decisiones finales serán tomadas por los propios hijos y por razones cuyo peso sólo ellos sabrán.

En unos momentos en que ya las madres y los padres les están dando un apoyo que tanto hemos necesitado, se plantea una seria cuestión práctica.

Pongamos que la pubertad empieza. Los protocolos de The Endocrine Society, de los Estados Unidos, y de la Sociedad Europea de Endocrinología, prevén que se empiece a dar bloqueadores de la pubertad al primer signo de pubertad.

Sin embargo, como acabo de explicar, a veces la experiencia de la pubertad masculina es necesaria para entender los propios equilibrios y decidir el propio futuro.

Esos bloqueadores de la pubertad por definición impiden una experiencia de pubertad masculina.

Su intención es evitar un desarrollo masculino en términos que después puedan dificultar una integración social como mujer: estatura, forma ósea, forma del rostro, voz (sobre todo), barba…

Pero hay un lapso entre los primeros signos de pubertad y ese desarrollo. Quizá durante un año, el adolescente conserve su aspecto anterior a la vez que sus sentimientos, su imaginación, sus deseos, van creciendo, antes que todo lo otro y con gran fuerza.

Creo que hay que darle la oportunidad de vivir esa experiencia, de hablar de ella, y, llegado el momento, de decidir por sí y con conocimiento de causa.

Se trataría por tanto de aprovechar esa ventana que da la naturaleza entre los primeros signos de pubertad bioquímica y sus primeros efectos corporales visibles. Pasaría este lapso y sería la persona trans quien tomara la decisión de seguir adelante, con la ayuda de hondas conversaciones con sus padres y un psicólogo, si fuere necesario.